Daniel Lovano / Infoeme.com
Fotos: gentileza Ismael Baudriz
Una niña de 15 años, Nada Malanima, irrumpió en el festival de la canción San Remo 1969 con un tema que se incrustó para siempre en la música pop italiana. “Ma che freddo fá†era el título de una canción que, pocos meses después, llegó a la Argentina pero a través de un cover que el grupo uruguayo “Los Iracundos†rebautizó “Hace frío yaâ€.
Como todo tema pegadizo, la melodía de inmediato se popularizó y subió por los escalones en las tribunas del fútbol argentino. El público olavarriense lo adoptó como “himno oficial†en aquella recordada participación de la selección en la Copa “Adrián Becar Varela†1970.
“I dale Ola, la, lá, y dale Ola, dale Ola, dale O…†ocupaba toda un estrofa que en la versión original decía “Cos’è la vita/senza l’amore/è solo un albero/ che foglie non ha più†para una campaña inolvidable desde el punto de vista deportivo y demasiado triste por un epílogo que se enmarcó dentro de las jornadas más violentas en la centenaria historia del fútbol argentino.
Olavarría llegó a esos cuartos de finales con Mar de Plata, luego de un extraordinario recorrido y con un apoyo popular sólo comparable con la campaña de Estudiantes en el Regional de Clubes Campeones 1980 o el ascenso de Racing al Argentino “Aâ€, en la temporada 2004/2005, por citar las máximas expresiones del genuino fútbol olavarriense en el último medio siglo.
El 8 de noviembre de 1970 en el ya demolido estadio “General San Martín†jugaron el partido de ida, con una masiva presencia del público olavarriense en las tribunas.
Fue derrota de Olavarría 3 a 1, en un trámite que dejó varias decisiones para la polémica del muy cuestionado arbitraje de Roberto Broghini; una muy protestada en la semana que corrió entre lo dos enfrentamientos: un supuesto penal del arquero Videla a “Tito†Alonso cuando Olavarría perdía 2 a 1 y en la derivación de la jugada anuló el gol de Juan Carlos Montanaro por presunta posición adelantada del “Gringoâ€.
Al regreso todo Olavarría se enteró de “las cobarde agresiones a mujeres y niños, ante la mirada indolente de la policía†y del “cielo negro, barro negro y un personaje de negro (por Broghini) que se sumaron para consumar un triunfo que de por sí no tiene ningún valorâ€, según apareció en el primer número de “El Sideralâ€, que también denunció los “gestos obscenos del arquero Videla a la parcialidad visitanteâ€.
“En realidad la pasamos muy mal, porque la policía no nos protegió. Los hinchas de Olavarría estábamos en una de las tribunas laterales, pero cuando comenzó a llover nos permitieron ingresar a la techada, donde también estaba la gente de Mar del Plata. ¡Y para qué!. Nos tiraron con botellas, ladrillos, nos quemaron una bandera y nos golpearon con brutalidad. Creo que no mataron a nadie de casualidad†recordó Edith, la esposa del notable Rubén Darío Alfonzo, arquero y capitán de aquella selección, quien asistió al partido con la familia del desaparecido Juan Carlos Montanaro.
Cuentan las crónicas que los más violentos de la hinchada local respondían a las órdenes de un calvo boxeador -famoso peso pesado de aquella época-, con noches de Luna Park, llamado José Luis Páez.
La semana posterior al partido de ida de los cuartos de final del Campeonato Argentino Copa “Adrián Béccar Varela†apareció el primer número del semanario deportivo olavarriense “El Sideral†con una desafortunada metáfora en su tapa: “Perdimos una batalla, pero podemos ganar la guerra - Domingo 15, fecha claveâ€. Nafta sobre el fuego.
Llegó el día y muy temprano se colmaron las gradas del estadio de Estudiantes, en medio de un inquietante clima belicoso.
Ni siquiera tuvo un efecto disuasivo la ostentosa disposición en el terreno de juego del Cuerpo de Infantería de la Policía de la provincia de Buenos Aires: un carro de asalto, un equipo de uniformados provistos con pistolas lanzagases, cascos de acero, bastones largos y perros adiestrados.
El partido no tardó en tornarse violento. No faltaron los tumultos, ni las entradas fuertes (una de ellas le costó la expulsión al “Chango†Bernal, quien cuando salió del terreno le lanzó un golpe al capitán visitante Mosconi) y las sucesivas teatralizaciones del arquero marplatense Jorge Videla.
En el plano futbolístico, la reacción de la selección local quedó rápidamente desactivada, a partir de la presencia goleadora de Loyala. Aunque alguna esperanza provocó el empate transitorio logrado por Juan Carlos Montanaro, la selección de Olavarría no pudo evitar un primer tiempo favorable a los visitantes por 2 a 1.
Durante el descanso el público se agolpó sobre el puesto de venta de bebidas, que se agotaron en pocos minutos, pero miles de envases no fueron devueltos.
Apenas se reanudó el juego, volvió a desplomarse de bruces sobre el pasto el arquero Videla, por un proyectil que le dio en la espalda y provocó la detención del cotejo por casi un cuarto de hora, en los que se registraron varios conatos de agresión entre los jugadores.
En el tumulto el árbitro Roberto Maino recibió un puntapié y se desató una lluvia de botellas sobre el terreno, una de ellas golpeó al capitán olavarriense, el “Tony†Pelliccioni.
Durante la escalada de violencia Maino amenazó con suspender el partido, entonces Pelliccioni tomó el micrófono de la voz del estadio de hizo un último dramático llamado al público local, al que le pidió que “no debía caer en el salvajismo con el que fuimos tratados en Mar del Plataâ€.
El partido logró reanudarse, pero cuando Loyola estiró el resultado hasta 4 a 1 volvieron a caer los proyectiles, y se generalizaron los tumultos y las agresiones entre jugadores y dirigentes de ambos bandos.
Cuando el descontrol amagaba con generalizarse en medio de un diluvio de proyectiles, el cuerpo de infantería apuntó con sus equipos lanzagases hacia la tribuna local. A las 17.55 un apresurado uniformado apretó el gatillo y lanzó una granada sobre los espectadores, entre los que se encontraban las autoridades de la época y un juez de Azul.
Decenas de granadas con gases lacrimógenes fueron lanzados en todas las direcciones y se produjo una estampida de público. Atemorizado, un oficial de policía exhibió al lado de una Estanciera su pistola calibre 45 y la reacción fue tan brutal como la actitud del uniformado: los espectadores, enardecidos, al grito de “asesinos†y “torturadoresâ€, le destrozaron el vehículo.
Entonces la locura: los disparos de armas de fuego sobre la multitud. Los hinchas más descontrolados cargaron contra los vestuarios, mientras la policía intentaba evitar una maniobra de linchamiento contra los jugadores marplatenses, que desde adentro contemplaban como caían los cristales de las ventanas y arremetían contra la puerta de chapa con los tablones de madera de los kioscos.
Más gases lacrimógenos, más disparos de armas de fuego. Mientras el sonido de las ambulancias con los heridos en su interior (debieron realizar no menos de seis viajes), se perdía en un extremo del Parque, en el otro (entre el Mini Gimnasio y la cancha de golf), un desprendimiento de los más violentos atacaba con piedras al micro marplatense y luego le prendía fuego.
Los bomberos tardaron unos segundos en llegar, al tratar de controlar un incendio de asientos de plástico en el sector de plateas. A las 18.20, cuando llegaron, poco pudieron hacer para salvar aquella unidad de “El Rápidoâ€, donde estaban todas las pertenencias de la delegación visitante.
La población se terminó de convencer que algo muy grave estaba sucediendo a metros de un estadio de fútbol al apreciar desde todos los barrios aquella alta, espesa y negra humareda.
Alrededor de las 18.40 sólo había focos de resistencia, pero la violencia se reactivó cuando corrió la versión de que un niño había muerto en los incidentes.
El equipo de Mar del Plata. Parados: Jorge Videla, Picabea, Soler, Carlos Moreno, Mosconi y Montero; hincados: Miccio, Ripke, Loyola, Parodi y Miori.
Cinco minutos más tarde, un ruido castrense sorprendió a quienes aún permanecían en las adyacencias del estadio. Era una columna del Regimiento local al frente de su jefe, el entonces teniente coronel Daniel García, que ingresaba al Parque con cinco vehículos de transporte blindados, equipados con ametralladoras, morteros y medio centenar de soldados equipados con fusiles FAL.
Los efectivos militares, algunos de ellos vestidos con ropa de polo (estaban jugando un partido cuando en el Regimiento recibieron el pedido) se desplegaron en los alrededores del estadio y permitieron la salida de los jugadores y dirigentes marplatenses, que se habían refugiado dentro de los devastados vestuarios.
En medio de una calma ficticia, el espectacular operativo intento salir del Parque, pero chocó con la reacción agresiva de los 3000 espectadores que seguían en el predio. En primera instancia, un grupo lo detuvo entonando la marcha peronista.
Junto a los blindados intentó “huir†un carro de asalto de la policía bonaerense, transportando a los lanzadores de gases y a los perros. Cuando la multitud se percató de ello recrudeció la violencia.
Piedras, palos y botellas se estrellaron contra el vehículo policial, entonces partieron disparos hacia los pinos desde la columna militar para amedrentar a los más revoltosos.
Las unidades lograron al fin el paso que antes le habían negado, y transportaron a toda la delegación visitante hasta el Regimiento.
Lentamente Olavarría empezaba a recuperar su habitual calma pueblerina, pero nunca iba a olvidar la jornada más violenta desde su fundación, en 1867.
Cuatro décadas después, como si se tratara de una premonición de la adolescente Nada Malanina, el desenlace de aquella jornada del 15 de noviembre de 1970 en el Parque Carlos Guerrero sigue produciendo escalofrío cada vez que el relato o sus imágenes retornan a la memoria.
