El “aquí” y el “allá” en la historia de Teresa

Una vecina del barrio Matadero nos abrió la puerta de su casa para contar la difícil situación que atraviesa su familia. La rotación dentro de dos habitaciones para escapar a la humedad y al frío. Los sueños y los deseos de quienes habitan una casa que se derrumba todos los días un poco más.

Domingo, 07 de julio de 2019 a las 13:44
Fotos: Andrés Arouxet
Fotos: Andrés Arouxet
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Fotos: Andrés Arouxet
Fotos: Andrés Arouxet
Fotos: Andrés Arouxet
Fotos: Andrés Arouxet

Por Redacción

Yesica Guevara

@yesicaguevara29

 

 

- ¿Te gustan las plantas?

- Sí, mucho. Ahora hay que cuidarlas por las heladas.

 

Fue la única vez en toda la charla que Teresa sonrió. Su mano acarició las hojas de una de las tres plantas apoyadas sobre un tambor de aceite.  Creo que era una “Monedita”. Ese fue el final del encuentro.

 

Antes, habíamos charlado en el interior de su casa. Las dos sentadas alrededor de una mesa de madera. Teresa Ignacio tiene 55 años y vive con dos hijas y dos nietos pequeños -uno de dos años y otro de cuatro meses- en una vivienda ubicada sobre Calle 142 a metros de Moreno, en el barrio Matadero. 

 

 

Las paredes tienen las huellas de humedades viejas y nuevas. Los cables cruzan la habitación e improvisan un recorrido caprichoso. Me detengo en fotos pegadas al lado de la puerta que muestran a un niño y a una mujer riendo a carcajadas.

 

“La asistente social dijo que había que esperar unos días pero nosotras tenemos mucho frío”, contó Teresa. Su casa necesita materiales para combatir la humedad y el aire helado que ingresa por el hueco en la pared que alguna vez se pensó como ventana y que hoy apenas cubre un nylon.

 

La charla se produce en una habitación que actualmente oficia de cocina. Antes había sido dormitorio pero como el agua comenzó a brotar de las paredes, mudaron las camas hacia otra parte de la casa: la anterior cocina.

 

 

“Con sacrificio entre las tres levantamos esa otra parte”. Señaló otra habitación que supo funcionar como cocina. Sin embargo, Teresa contó que “ahora pasamos la pieza a la cocina, amontonamos todas las camas porque acá está todo húmedo”.

 

En la otra habitación, sus nietos juegan con otros niños. Los bloques a la vista, las cortinas amarradas para que la luz entre y la ropa en bolsas de consorcio para que no se mojen.

 

“Uno no pide ayuda para tener, pero vean en las condiciones en las que estamos”, murmuró.

 

 

La voz de Teresa se aviva cuando habla de sus sueños. Los de ahora y los de siempre. “Quiero que se resuelva esto y poder tener una pieza abrigadita para estar con los nenes y tener un piso como tiene que ser una casa. Eso es lo que deseo”.

 

Los padres de Teresa fueron los primeros habitantes de ese sector de la ciudad. “Cuando mi mamá murió, mi papá me cedió esta parte en la que vivimos. En un principio estábamos todas acá. Con sacrificio y esfuerzo hicimos allá. Esto lo estábamos usando como pieza pero se nos mojaba la ropa y la cama, entonces tuvimos que amontonarnos allá. Estamos apretados allá”.

 

El acá y el allá están presentes en todo momento. No hay mucho más allá.

 

 

Las mujeres de la casa se pusieron la construcción al hombro pero hace unos años “el techo del baño se cayó”. Teresa contó que en esa oportunidad “me ayudó Bienestar Social”.

 

En la actualidad, también las visitó una asistente social y un arquitecto para solucionar los problemas de infraestructura. “Dijeron que iban a poner membranas y en donde antes era la cocina van a cambiar el techo porque las chapas están mal. Nos falta la carga y el revoque, por eso brota la humedad”, intervino Verónica, una de sus hijas.

 

“La casa fue un sueño, pero cuesta mantenerla. Tengo un solo trabajo, antes trabajaba mucho. Mi hija también trabaja. Y así vamos viviendo al día. Es complicado porque cuando compramos una cosa, al otro día nos falta otra”, relató y agregó consciente de la mirada ajena: “Porque tenemos una tele a veces la gente piensa que uno es rica. Comemos al día, a las doce y a la noche. Lo que queremos es tener la casa mejor, más abrigada, no pasar frío.

 

 

“Lo principal de todo es el tema de los materiales. La mano de obra es complicada también, pero se hará lo que se puede. Algo de experiencia tenemos para hacer las cosas de la casa”, dijo Verónica.

 

El resto de la charla giró en torno a los malabares cotidianos para no mojarse y para calefaccionar los dos ambientes con una sola salamandra. Lamentaron la pérdida de prácticamente todos los muebles: “Están todos húmedos, los vamos a agarrar para el fuego”.

 

 

Cuando nos vamos, Teresa me dice que no le gusta pedir. Le digo que la entiendo, que tal vez haya gente que ayuda de corazón. Nos acompañó hasta la puerta, los perros nos siguieron.