“¿Tanto miedo le tienen a un muerto?” | Infoeme
Domingo 26 de Abril 2026 - 17:50hs
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Olavarría

“¿Tanto miedo le tienen a un muerto?”

Con esas palabras Susana Lofeudo pidió al militar de turno que le entregaran el cuerpo de su esposo, Carlos Alberto Moreno, de quien este miércoles se cumplen 49 años de su secuestro en Olavarría y posterior asesinato en Tandil. Una historia que atraviesa el pasado y el presente.

Fotos: Andrés Arouxet

 

Caía la tarde ese 29 de abril de 1977 y había terminado de dar sus clases de biología en el Colegio Estrada.  Llevaba desde hacía casi tres meses a Martín en sus entrañas, aunque no lo sabía (aún no habían llegado los ecógrafos) y Matías de un año y medio jugaba en su cunita.

 

Susana tenía apenas un par de horas, antes de ingresar al Comercial nocturno, para compartir algunos mates con el “Negro”. No se sentía bien. Su condición de diabética no le permitía descuidarse y además arrastraba las molestias de una pequeña intervención a la que se había sometido en el cuero cabelludo.

 

Le dijo entonces al “Negro” que fuera a avisar a la escuela que no iba a poder ir y -antes de despedirlo con un beso- le “prohibió” que volviera sin su chocolate Suflair preferido.

 

Salieron juntos hasta la vereda de la casa de la calle La Madrid, lo vio subir al Falcón gris modelo 72 y antes de partir lo saludó con la mano. “Cuidame a Guadalupe” le pidió el “Negro” desde adentro del auto -convencido de que en el vientre de Susana crecía una niña- y ella ingresó a la casa para terminar de preparar unas empanadas. 

 

Nunca más lo volvió a ver con vida.

 

Susana Lofeudo conoció al “Negro” Carlos Alberto Moreno en un baile en la sede del Club Universitario Olavarriense de la Plata, cobrando entradas en un descanso entre la planta baja y el primer piso. Miró a su amiga y le dijo: “Yo con este chico me voy a casar”.

 

Cuando el “Negro” le pasó la posta a otro estudiante y entró al baile Susana lo esperaba con una pregunta: “Vos no vas a bailar”. Más de 50 años después sigue sosteniendo que ella fue quien hizo la primera, quien lo sacó a bailar. 

 

Llegaron a Olavarría en el transcurso de 1974 , recién casados. Flamante abogado él y profesora de biología ella. La imaginaba como la ciudad donde iban a poder concretar sus sueños más bellos.

 

Terminó siendo el lugar donde vivió una pesadilla cruel, inexplicable, imperdonable.

 

De los sueños a la pesadilla

Tarde agobiante y como en todos los calores insoportables de finales de abril en Olavarría aquella noche se descargó un diluvio. Pasaban las horas y el “Negro” no volvía. 

 

“De pronto como que el cielo se enojó; había muchos refucilos y fue terrible la lluvia que empezó a caer.  Yo estaba en camisón y Matías Dormía, entonces sin pensarlo y en chinelas salí corriendo a preguntar por el ‘Negro’. El camisón se me pegaba el cuerpo” recuerda Susana.

 

En la estación de servicio de Moreno y Belgrano, donde Moreno guardaba el Falcón, Susana se encontró con el sereno. “El doctor tomó unos mates conmigo y se fue al kiosco de enfrente” le dijo. Se cruzó y la kiosquera le contó que el “Negro” había estado un rato antes, que compró sus Parliaments, el chocolate Suflair y se fue.

 

“Volví a casa por Moreno, ya que por La Madrid había ido hasta la calle Dorrego. Matías dormía y a mí me apremiaba la necesidad de saber dónde estaba Carlos” cuenta de corrido, casi sin pausas en su testimonio.

 

En el camino de regreso, en medio de las penumbras de la noche, Susana vio algo que la sacudió: el paquete de un chocolate Suflair intacto, tirado en la calle.

 

Pasando las hojas de su testimonio en el juicio que se hizo en Tandil, los recuerdos de aquella noche permanecen inalterables al detalle. Y los repasa con una firmeza y una entereza admirables: “Llegué a mi casa y así empapada como estaba llamé a la Nonna, mi suegra que vivía en la calle Collinet, en el barrio San Vicente, con la esperanza de que Carlos estuviera allí y cuando me respondió que allí no estaba le pedí si podía venir a mi casa para cuidar a Matías”.

 

Su suegra atinó a preguntarle dónde estaba su “Beto”. Susana contestó que no sabía, “pero ya va a venir le respondí”.

 

Apenas llegaron sus suegros recordó que pegado a su casa vivía el teniente Verdura, por entonces jefe del regimiento de Olavarría. No lo conocía, nunca habían cruzado una palabra; Verdura en cambio sí sabía de ella.

 

Dejó a Matías durmiendo entre sus nonnos y allí fue. “La verdad que no sé por qué me mandé a la casa de Verdura. Había un soldado en la puerta y le dije ‘voy a tocar el timbre, si querés matarme por la espalda matame’. Esperé tres o cuatro minutos y bajó una persona en bata. ‘Dónde está mi esposo’ le pregunté sin saber lo que estaba haciendo, porque me podría haber agarrado de las pestañas, y me respondió que no sabía. ‘No sea mentiroso’ fue lo primero que me salió de la boca” rescata de su memoria con esa firmeza con que debió afrontar la vida desde aquel día de abril.

 

Uno de los hijos del teniente Verdura era su alumno en Comercial. “Usted tiene 7 hijos, yo tengo dos. Le aseguro que la vida nos va a volver a encontrar” escuchó de su boca aquel poderoso militar de la más sangrienta dictadura militar de la historia argentina.

 

Susana volvió a la casa temblando, llamó a todos los abogados que encontró en la agenda del “Negro”, llamó al Hospital. Tenía la esperanza de que se lo hubieran llevado descompuesto. Durmió lo que pudo en un sillón y a las 7 de la mañana empezaron a llegar a su casa los colegas del “Negro”.

 

Cuando despertaron los nonnos preguntaron por el paradero de su hijo, Susana prometió: “No sé dónde está, pero lo vamos a encontrar”.

 

En las horas subsiguientes se enteró de que el “Negro” había recibido amenazas y de que en todas le decían “que se deje de joder” con el juicio a Loma Negra por la silicosis que sufrían los trabajadores de la embolsadora.

 

En esos años los obreros se jubilaban mucho antes de lo debido con las caras grisáceas, las manos como empanadas y los pulmones tersos a raíz esas partículas de cemento que aspiraban y endurecían los alvéolos pulmonares.  Un médico convirtió la sospecha en certeza y con los estudios en mano Carlos Alberto Moreno interpuso la demanda contra Loma Negra.

 

“Llegué a la conclusión de que era más barato matar al ‘Negro’ que arreglar el tema de la silicosis por la que él había denunciado la empresa” sostiene hoy Susana, como lo pensó siempre.

 

 

El ciclista y la radio

 

Antes de comenzar la charla Susana había pedido una “lágrima” y ya estaba helada en la taza. Apenas si atinó a darle un sorbo. “Estaba convencida de que Carlos iba a volver, de que era sólo una advertencia como le habían hecho algunas semanas antes al doctor (Mario) Gubitosi” confiesa.

 

Las primeras certezas se las dio un ciclista, cuyo nombre prefiere resguardar. Le dijo que había visto cuando al “Negro” lo levantaban dos hombres de civil que se bajaron de un Renault 12 color caramelo -con la patente que terminaba en 17- y lo metían en el baúl.

 

Más o menos al mismo tiempo recibía la visita de la por entonces rectora del Colegio Estrada, Neil Vázquez de Ippólito y no con buenas noticias: “Me dijo que estaba despedida, que era una vergüenza para la escuela”.

 

A la espera de más novedades, su padre en La Plata había interpuesto un recurso de habeas corpus. 

“Fui también a la Comisaría de la calle Belgrano a preguntar por el Negro y me trataron mal. Cuando salía les dije ‘ustedes se van a acordar de esta carita’. Yo no le tenía miedo a nada” suma.

 

Con el transcurrir de los días Susana volvió a golpear la puerta de la casa del teniente Verdura: “Le dije ‘ahora lo mató, dígame dónde está’, él me insistía que no sabía nada y volví a decirle que era un mentiroso”.

 

“Después me enteré de que, el día que secuestraron al ‘Negro’, Verdura recibió una llamada desde Tandil de (Ibérico Manuel) Saint Jean diciéndole que nadie salga a la calle, que iba a hacer una razzia” añade en un relato minucioso, que no deja espacio para las preguntas. Y casi que tampoco hacen falta.

 

Pasaron varios minutos imposible de precisar cuando Susana recuperó de su memoria con detalles la noticia que nunca hubiera querido escuchar.

 

Esa noche la acompañaba su amiga Alejandra -muy creyente-, Matías estaba sobre la mesa en un bebesit. Ambas rezaban el Rosario, con Radio Colonia en el transitor.

 

No tiene certeza del día exacto del mes de mayo que era, pero sí lo que escuchó: “Urgente - en un enfrentamiento armado en Tandil fue abatido el subversivo Carlos Alberto Moreno”.

 

“Me desmayé; casi se me cayó el nene de la mesa. Cuando volví a tomar conciencia el doctor me estaba atendiendo y yo me tocaba la panza. ¿Subversivo el ‘Negro’, que en su vida había cambiado una lámpara?” transmite con esa bronca que el tiempo nunca podrá borrar.

 

 “Empezaba a vivir otra vida a partir de los 27 años, se me había dado vuelta la vida. No lo podía entender tanta, tanta locura” confiesa en uno de los pocos momentos de la charla que se nota un cambio en su tono de voz tan firme.

 

Pasado aquel shock Susana se enteró de que el “Negro había estado secuestrado en Tandil, en la quinta de los hermanos Méndez, cerca del campo de golf.

 

Uno de los verdugos seguía a pocos metros: “Volví a la casa de Verdura. ‘Entrégueme el cuerpo’ le ordené y me respondió ‘no lo tengo señora’. Nadie puede imaginar las cosas que le dije a ese hombre. Podría haberme chupado tranquilamente, pero estaba jugada, no me importaba nada. ‘Tanto miedo le tiene a un muerto’ le grité en la cara y me fui”.

 

El juicio que cerró una odisea y abrió la puerta a la verdad

 

El 16 de marzo de 2012 se leyó en Tandil la sentencia en el juicio por el asesinato de Carlos Alberto Moreno. Los militares Julio Alberto Tomassi, Roque Italo Papalardo y José Luis Ojeda fueron condenados a prisión perpetua e inhibidos del goce de la jubilación; los civiles Emilio Méndez y Julio Méndez (dueños de la quinta donde fue asesinado) recibieron a 15 años y 11 años de prisión respectivamente.

 

Durante muchos días previos Susana estuvo cara a cara con los criminales que acabaron con la vida del “Negro” y escuchó cosas que sabía y otras que terminaron de reconstruir sus últimos días.

 

“El Negro logró escapar de la casa donde lo tenían secuestrado con una grilla en la pierna, con el torso desnudo, el saco raspado y los pantalones arremangados. No sé si en algún momento tuvo conciencia de que estaba en Tandil. A unos 800 metros llegó a lo de un señor Bulfoni, una casa muy humilde y a partir del testimonio de este señor se pudo reconstruir toda la historia, sino Carlos hubiese sido un desaparecido más” dice Susana convencida.

 

Su siguiente descripción de esta tragedia conmueve: “Uno imagina la escena, a las 11 de la mañana alguien golpea la puerta y dice ‘yo soy Carlos Alberto Moreno Bonino, abogado secuestrado en Olavarría’. El hombre después contó que el ‘Negro’ pidió agua, que se tomó una vasija llena y yo me preguntaba ‘por qué’. Y claro, porque lo habían torturado y yo no sabía que la picana da sed”.

 

Con una entereza admirable, Susana hurga de su memoria, extrae otro párrafo de la reconstrucción de los hechos y sabe que Carlos Moreno tuvo muy poco tiempo en libertad: “A los pocos minutos llegaron sus captores en una pick up, uno de ellos se presentó y le dijo a Bulfoni ‘soy el cabo Juan José Ojeda’, un tipo de 24 años y para que no escape lo golpeó con una pala y le lastimó un pie. Ojeda fue el ejecutor”.

 

Cuando se lo llevaban Moreno dejó su saco colgado en un alambrado y alcanzó a decir “búsquenme”. No pasó tanto tiempo que Bulfoni se presentó en la comisaría de Tandil para radicar la denuncia y quiso la casualidad que allí se encontrara con un abogado que luego terminaría siendo concejal por la Unión Cívica Radical.

 

“Con la bronca que tenían esos militares porque se les había escapado yo estoy convencida -siempre sospechó- de que a Carlos lo mataron ese mismo día, el 3 de mayo y a mí me dieron la partida de defunción el 10 de mayo”.

 

“Dicen que el Negro les gritaba ‘les voy a hacer pagar todo lo que les están haciendo pasar a mi mujer y a mis dos hijos’, porque el Negro en su cautiverio ya hablaba de dos hijos” añade emocionada.

 

“Si a Maradona le cortaron las piernas, a mí se me terminó la vida ese día que mataron a Carlos” confiesa. También comenzó una lucha por justicia de la que rescata al juez Pagliere de Azul: “A ese hombre le tengo que hacer la reverencia, porque se comportó muy bien”.

 

Pagliere viajó de noche a Tandil, llegó a una casa precaria, sin luz, con un sol de noche y una vieja máquina de escribir tomó una declaración que sería fundamental en el juicio que varias décadas después terminó condenando a los militares autores materiales del asesinato del “Negro” Moreno y a sus cómplices civiles. “Se jugó la vida esa noche en Tandil” agradece Susana.

 

Pagliere tuvo otro gesto con Susana que nunca podrá olvidar. La llamó a su despacho en Azul y le entregó el saco del “Negro”.

 

El relato de Susana respeta la línea de tiempo de su odisea con una exactitud asombrosa. Y vale la pena insistir en su entereza para repasar fechas, describir situaciones, marcar personajes macabros de la historia argentina a pesar ese dolor inextinguible, que llevará por siempre consigo.

 

“Tenía que encontrar el cuerpo, tenía que verlo, porque si no lo veía nunca iba a poder elaborar el duelo. Por eso entiendo a las abuelas y a las madres de la Plaza de Mayo. Volví a hablar con Verdura y me dijo que no lo tenía. ‘Otra vez me está mintiendo’ le respondí. Después me dijeron que me lo iban a entregar siempre y cuando  no lo trajera a Olavarría. ‘Tanto miedo le tiene a un muerto’ le reiteré. A todo esto entraron soldados a mi casa una noche -supongo que mandados por Verdura-, me sacaron a la fuerza y me hicieron de todo buscando no sé qué, porque sólo había expedientes judiciales y carpetas.  Necesitaban justificar de alguna manera lo que habían inventando, que era subversivo, que hacíamos bombas” especula Susana.

Como si no fueran suficientes tantas vejaciones, aún quedaban más. El 23 de mayo le entregaron en La Plata el cuerpo sin vida de Carlos Alberto Moreno, el gran amor de su vida.

 

Antes debió recorrer oscuros despachos, conocerle el rostro al comisario Echecolatz, uno de los más sangrientos represores de la última dictadura militar, visitar la Esma y otros centros clandestinos de detención. Y debía preservar la integridad de Martín, que aún llevaba en sus entrañas.

 

“Cuando le pregunté a Echecolatz por el cuerpo de Carlos, me dijo ‘andá a la morgue y agarrá cualquiera’. Sentí que me caía muerta en ese lugar” afirma no sin indignación.

 

Los cuerpos, como las razzias y los secuestros, siempre llegaban de noche a la morgue de La Plata y -haciendo guardia en la puerta- al esposo de su hermana se le congeló la sangre al constatar que los bajaban como quien baja cajones de manzana.

 

Hoy pasa muchas veces por ese edificio que ya no es sede de la morgue, donde Susana se presentó aquella madrugada. La dejaron sola, con una escalera de rueditas como la de los cementerios para que busque el cuerpo de “Negro” en una oferta macabra de abrir gabinete por gabinete hasta reunirse con él.

 

La narración transmite una nivel de crueldad que no puede dejar indiferente a nadie: “Busqué hasta que lo encontré envuelto en una frazada verde militar. ‘Acá estás, Negro’ dije yo. Tenía una trompada en el tabique nasal, perdigones en el pecho. Al ‘Negro’ lo mataron arrodillado, según la autopsia. Me lo entregaron congelado. Lo velamos un rato. No lo podíamos traer a Olavarría”.

 

“Lo enterré en La Plata. Lo cremé hace dos o tres años y lo tenía en un altar en mi casa; hace un tiempo traje sus cenizas para desparramarlas en su ciudad y así se terminó todo” revela en una especie de cierre de este relato tan conmovedor.

A Susana unos militares asesinos la lastimaron en lo más profundo de su ser con lo que más quería, pero no pudieron doblegarla. 

 

Dio a luz a Martín Alberto, crió sola a sus dos hijos -que le dieron 5 nietos-, volvió a la docencia hasta en tres colegios a la vez, fue inspectora del Ministerio de Salud y a los 48 años se recibió de abogada, como homenaje póstumo a su amado “Negro”.

 

Y, reconciliada con esta Olavarría donde trajo sus sueños más bellos y le devolvió la peor de las pesadillas, proyecta radicarse, repartir sus días con La Plata, caminar aquí las mismas calles y respirar el mismo aire, como lo hizo el “Negro” Carlos Alberto Moreno en sus apenas 29 años de vida.

 

 

 

 

 

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