El final de la carrera y una “alegre amargura” | Infoeme
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El final de la carrera y una “alegre amargura”

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Walter Minor / Especial para Infoeme

walterhistorias@gmail.com

Y llegamos al final. Las cinco etapas corridas de este Gran Premio habían mostrado a los Emiliozzi en la cima de su rendimiento. En cuatro de ellas aplastaron a los rivales para batir todos los records. La quinta fue en la montaña y.... tal vez para no avergonzar los cóndores, “La Galera” voló un poco más bajo, como vigilando el terreno que le permitiera mantener las distancias, sin exigirse al máximo. Así y todo, le sobró paño para un segundo puesto y distanciarse a casi una hora del tercero.

El último tramo parecía sólo un trámite. Hasta el mismo Torcuato se confió y no metió mano en las vísceras de la Cupé Ford, total, si ya había andado tanto a fondo sin romperse, ¿que le podía pasar ahora que iría a una velocidad de paseo?...

Pero el diablo, que no sabe de pronósticos, metió la cola y La Galera fue víctima de un pistón traicionero que le perforó el sistema motriz. Ese día, un auto inmovilizado al borde del camino, regó con miles de lágrimas los ojos de los olavarrienses.

Esa misma herida se multiplicó en el pecho de cada fanático y la agonía se proyectó hasta nuestro comentarista a través de la radio. La localidad de Sampacho, dónde “los Gringos” se detuvieron, llegó a ser una filosa espina que laceró durante años su corazón “Emiliozzista”

Una fantástica y conmovedora descripción de Jorge Luis Briozzo para explicar la “alegre amargura” que sintió con aquel cuarto Campeonato Argentino de los hermanos de Olavarría y el injusto final que les escatimó la más que merecida victoria en el Gran Premio de 1965: la carrera más excitante en la trayectoria de los Emiliozzi.

(Un pequeño audio de aquella carrera podrán escucharlo en: www.historiasdeolavarria.blogspot.com )

Un hincha completamente fanático vuelve a “tocar” aquella incompleta sinfonía

Por Jorge Luis Briozzo - jlbriozzo@hotmail.com

SEXTA ETAPA – 1.042 km

La Escudería Emiliozzi trabajó a pleno realizando una revisión total del auto, reponiendo fundamentalmente frenos y transmisión completa; lógicamente fue una tarea mucho más intensa que en las etapas anteriores; pero el motor no se abrió. El plan para lo que faltaba era como cuidar el auto y tanto como lo permitiera la evolución de la clasificación general durante esta última etapa recordando que, al largarla, Dante le ganaba a Casá por 42 minutos.

El comienzo fue previsible; Dante y Casá muy moderados y pensando en cuidar sus dos primeros puestos en el Gran Premio; Bordeu, que por fin contaba con La Coloradita sin problemas, salió por la etapa y para avanzar todo lo que pudiera en la general. Por Carlos Paz (72 km) promediaba 123 km/h; le llevaba 2 minutos a Viale del Carril, más de 3 a Manzano y Gimeno, 4 minutos a Casá y 6 a Los Emiliozzi (que sólo perdían 2 minutos con Casá).

Por Copina (112 km) Bordeu se escapaba; Gimeno lo seguía a casi 4 minutos, Viale a más de 4, Manzano a 5; Casá sexto a casi 7 minutos y Dante séptimo a 10 (y a 3 de Casá).

Se corría el 6º parcial por un lado y el Gran Premio por otro; que todavía tenía algunos puestos que podían ser disputados pero cuyo resultado final: 1ºEmiliozzi; 2ºCasá se iba consolidando con cada km recorrido.

En el ascenso hasta 2.000 metros de altura y luego de Mina Clavero, Dante y Casá siguieron prácticamente a ritmos idénticos, manteniendo las diferencias y corriendo ambos entre 10 y 15 minutos detrás de Bordeu. A La Coloradita ese día nadie quería o podía seguirle el ritmo; promediaba 78 km/h en plenas sierras cordobesas, manejada por un Juan Manuel inspirado.

Por Concarán (284 km) ya se corría en la Provincia de San Luis; habían pasado tres horas de etapa y con solamente 96 km/h de promedio.

Bordeu seguía escapado de todos; a 9 minutos lo seguía Manzano; Gimeno y Viale a 10; Casá quinto a 12 minutos y Dante a menos de 15, manteniendo controlado a Casá que sólo reducía tres de los 42 minutos de desventaja con respecto a Dante que había al inicio de la etapa.

Del recorrido de la etapa no se había cumplido todavía un tercio pero iban 3 horas de carrera! Esto para mí ya resultaba interminable; las tres horas eran toda una carrera en un domingo cualquiera del TC en ese año.

Y en esta 6º etapa esas 3 horas representaban recién 284 de los 1.042 km que la componían. Los minutos que transcurrían entre los pasos de Bordeu que daban por radio hasta cada paso de La Galera parecían horas…

Me preguntaba hasta qué punto yo debía pensar que Dante estaba cuidando y a partir de cuál otro que su ritmo se debía a la aparición de algún problema. Pero lo cierto era que La Galera seguía ganando cómoda en la clasificación general y finalmente esa evidencia me respondía.

En Naschel (326 km), Bordeu le ganaba a Gimeno por casi 11 minutos y a 102 km/h de promedio; Viale del Carril corría a 12 minutos; cuarto Casá a 14 y quinto Dante a 16 y medio.

Parecía muy grande la diferencia pero téngase en cuenta que era con respecto a Bordeu, que estaba en “otra” carrera y por quien Los Emiliozzi no debían preocuparse en absoluto; como tampoco lo debían hacer por Gimeno y Viale.

Era más evidente que nunca que, con Casá bajo control, ellos corrían contra sí mismos y cuidando hasta el último detalle aún más que de costumbre; bien atentos para escuchar cualquier ruido fuera del normal, para notar cualquier vibración distinta y vigilando que todas las agujas del instrumental se mantengan mirando donde debían.

En San José del Morro (369 km) seguía Bordeu ganándole a Gimeno por 9 minutos y medio; Viale a 13; Casá a 17 minutos y Dante a 18. El promedio apenas subía a casi 106 km/h.

Estábamos en casi 4 horas de marcha para La Galera y faltaban 673 km todavía…

Analizando entre líneas, ¡¡los Hermanos habían neutralizado dos de los tres minutos que antes les llevaba Casá!! Tenían muy claro quién de los rivales debía ser vigilado.

En Villa Mercedes (417 km) Bordeu ya le llevaba 12 minutos y medio a Gimeno; 17 y medio a Viale (que se mantenía tercero en la general); Manzano a 20 minutos; Casá a 20 y medio y Dante manteniendo diferencias con él.

Destaco que Juan Manuel Bordeu anduvo en estos últimos 50 km a 230 km/h!!!, con lo cual se demostraba a sí mismo y también demostraba a quienes seguíamos la carrera, que tenía “La Coloradita” a punto y que, sin los problemas que había padecido, muy probablemente hubiera estado entre Emiliozzi y Casá en la general.

La sensación de estar todo bajo control en los dos F-100 era ya evidente y se notaba claramente que Casá y Emiliozzi no se dejaban tentar por la velocidad que invitaban a desarrollar ciertos sectores de buen pavimento y lo demostraban los muchos minutos que les sacó Bordeu en ese veloz tramo.

Algo más adelante, entrando nuevamente en la Provincia de Córdoba y cerca de Sampacho OCURRIÓ LO TAN TEMIDO:

El angustioso “llamando el avión; llamando el avión” me hizo correr frío por la espalda; si había algo que yo no quería escuchar esa mañana era un llamado urgente del avión. Y antes que éste había habido otros que, en principio me alarmaban pero siempre resultaban por motivos ajenos a los olavarrienses.

Esta vez el tono me decía que nada bueno iba a traer. Y justamente esta vez era por los Emiliozzi. No por una pinchadura o desbande de neumático ni por un parabrisas roto.

El block del motor F-100 de la Galera había sido herido de muerte por una biela, a su vez liberada por uno de sus tornillos, que se rompió mientras Dante y Torcuato cuidaban todo al máximo y la exigencia de sus rivales era mínima.

La magnitud de la rotura impedía pensar siquiera en una reparación y las señas de ambos indicando el fatídico “no va más” no demoraron demasiado en ser transmitidas desde todos los aviones transmisores.

Faltaban “solamente y nada menos” que 600 km para terminar; luego de ir ganando desde el arranque y durante 4.400 km. “No hay derecho; no puede ser” repetía yo una, diez, cien veces.

Con aquellos pocos y añorados años de mi adolescencia, la bronca no me dejaba llorar ni la tristeza maldecir. No sabía mucho todavía sobre injusticias pero sentía que, por lo menos, ésta sí lo era.

Me costaba mucho desahogar “algo”; antes que eso prefería consolarme en silencio con las cinco etapas anteriores, los records, el cuarto campeonato, el no haberse accidentado y el buen año 1966 que se podía pronosticar, más aún cuando saliera a las rutas el nuevo auto de Baufer, etc., etc…, para un rato después repetir otra vez: NO PUEDE SER…

También recordaba que, sólo 35 días antes, el campeonato parecía inalcanzable para Los Emiliozzi. Por los varios abandonos seguidos que tuvieron cuando comenzaban a correr con el F-100, los 9 puntos que les llevaba Cupeiro y las amenazas cercanas de Rienzi y Löeffel.

Volviendo al Gran Premio, lo que quedaba por correr luego del abandono me producía indiferencia y prácticamente escuché muy poco más de la radio; como si la competencia se hubiera detenido. Me parecía que lo que transmitía la radio era de otra carrera y en buena medida lo sigo sintiendo en la actualidad, porque efectivamente la carrera ya no fue la misma.

Pero, hoy continúo el relato:

Se neutralizó la etapa en Río Cuarto para atravesar esa ciudad; allí Bordeu era el único protagonista de una carrera y todos los demás de otra. Segundo ahora era el también balcarceño Erverto Rodríguez y Eduardo Casá corría tercero a 23 minutos, repentinamente con el Gran Premio en sus bolsillos.

Se completaba así una triple fiesta para Balcarce y sus representantes. Pero nada lograría eclipsar en Río Cuarto el comentario de lo que era La Noticia: ¡¡¡se habían quedado Los Emiliozzi!!!

En Venado Tuerto (775 km) La Coloradita de Bordeu ganaba por 24 minutos a Rodríguez y 45 minutos a Casá!!!, quien ya no pensaba más que en llegar como fuese posible y seguramente se pellizcaba varias veces para comprobar que no estaba soñando...

Viale del Carril con el Falcon fue otro injusto abandono que esta fatídica etapa se cobró y que dejó el camino libre a José Manzano para pasar a ser el escolta de Casá en el Gran Premio. Nada menos que el primero y el segundo puesto de un Gran Premio heredados en los últimos kilómetros por dos roturas de motores.

Otro análisis entre líneas y ayudado por las matemáticas, me dice que en el tramo entre Río Cuarto y Venado Tuerto, Bordeu promediaba 186 km/h y Casá 144!!!. Aquello de las “dos carreras” era toda una verdad y bien ratificada en los números.

Más adelante, en el tramo entre Venado Tuerto y Chacabuco, Bordeu promediaba 180 km/h y después 190 km/h entre esta ciudad y el final en Carmen de Areco.

Ganaba la etapa holgadamente el gran “Maneco” Bordeu y a 146 km/h de promedio; con ello lograba el tercer puesto en el Gran Premio, luego del ganador Casá y su escolta Manzano. Nótese que al comienzo de la 6º etapa Bordeu estaba 8º en la general.

Rodríguez, escolta de Bordeu en la etapa tardó 27 minutos más; Casá llegó 4º a 1 hora 9 minutos del ganador!.

Yo pensaba: así las cosas, Dante podría haber ganado el Gran Premio aún si hubiera llegado en la 6º etapa a 1 hora y 50 minutos de Bordeu…con lo cual hubiese podido terminarla en el 10º puesto…

Destaco, como entonces, la merecida buena actuación de Bordeu, todavía con el Chevrolet 4 bancadas, corriendo la etapa a “todo o nada” después de varios problemas sufridos días antes.

Las casi 40 horas de carrera a un promedio de “sólo” 126 km/h para Casá resumían un duro Gran Premio. Y el 12º y último clasificado tardaba 10 hora más…

Por muchos años SAMPACHO no fue “buena palabra” para mí, ya que recordaba esa población como inevitable y eternamente asociada al abandono; pero, 25 años después y ya Ingeniero, justamente me tocó trabajar en forma periódica por esa zona durante 14 años.

Intenté entonces imaginar “en el lugar” lo que pudo haber sido aquel momento y al mismo tiempo pude conocer personas muy agradables de aquella localidad y otras vecinas.

Hoy Sampacho (“tierra que se mueve”, según los indios) no sólo me recuerda “el abandono”; también está definitivamente asociada a años de lindos trabajos y acompañado por la buena gente del sur de Córdoba.

Y el tiempo siguió redondeando las filosas aristas que había dejado este episodio deportivo en aquel joven, que sigue dentro de mí en algún rincón. Cada tanto hojeaba los archivos gráficos con nostalgia y la admiración intacta por aquellos hombres del verdadero TC y los desafíos que asumían, enmarcados y amenazados por las enormes falencias de seguridad de la época.

Pero durante estas últimas semanas reviví como nunca cada detalle; removí sentimientos y hasta volví a pasar en pocos días del asombro a la pena; pero ahora con la sabiduría y comprensión que a esta altura dan la vida y la profesión. Sabiendo aquello de la resistencia a la “fatiga” de un simple tornillo de biela; que siempre hay uno que se rompe antes que los otros; que pudo haber tenido una falla de fabricación, que bien pudo haber ocurrido en la 1º etapa provocando el peor resultado y afortunadamente no fue así…

Aquel joven de 16 años pensaba sólo en la “mala suerte” de Los Emiliozzi y la maldecía; este Ingeniero luego pensó en las “circunstancias”, que se agregan a todo lo que uno es y hace. Lo que ya uno no alcanza a manejar y depende de otros; pero lo puede perjudicar.

Tuve la fortuna y el honor de conocer a Irma Emiliozzi y pude una tarde con ella compartir historias. Ella nos relata en su valioso libro: “Los Emiliozzi-Testimonios y Recuerdos” que su padre Torcuato antes de largar la 6º etapa tenía todos los repuestos para poder cambiar bielas, pistones, cigüeñal, etc.

Y no lo hizo; lo cual, analizando cómo venía todo; con la ventaja que llevaban y podían administrar, era completamente lógico. Lo lamentó siempre después de este Gran Premio y es comprensible que así fuera, por su rigurosa responsabilidad y el nivel de autoexigencia en lo que hacía.

Pero yo hoy me atrevo a pensar:

Y… si habiendo cambiado todo, el motor igualmente se rompía, ya sea por defectos de armado dado el poco tiempo autorizado para reparar, el cansancio acumulado por varios días de carrera, por omitir detalles, falla de algún material nuevo que se coloque o imprevistos que pudieran surgir teniendo todo desarmado, ¿qué estaríamos diciendo hoy en estos recuerdos y cuánto más se hubieran lamentado Los Hermanos por haber cambiado lo que había andado bien durante 5 etapas?

En los días que he escrito estas páginas, casi 46 años después, pude comprobar una vez más en mí lo profundo de aquella injusta frustración, ya que volví a leer todas las crónicas, a palpitar cada paso por un control, a calcular promedios y controlar diferencias de tiempo.

Podría decir que en algún rincón hasta sentía inútilmente la ilusión de leer que esta vez sí ganaban y en todas las oportunidades anteriores que había repasado estos diarios y revistas me había equivocado o lo había soñado. Pero no; esto fue así y al menos en esta vida nada lo cambiará.

Escuché muchas veces decir: “Dios es tuerca; Dios es Argentino”… y no sé si lo será pero, posiblemente ahora que tiene cerca a ambos Hermanos y a Casá, nos esté preparando otro final para este Gran Premio. El que debió ser pero que no pudo tener, por causa de las imperfecciones y limitaciones que los humanos llevamos en esta vida.

Quién sabe…; a lo mejor nos dan la sorpresa.

Y entonces el automovilismo sería más justo.

Para finalizar, quiero referirme a algo que se me ocurrió cuando comencé a trabajar en estos relatos y que también sirvió para el título. Se trata de una analogía entre este Gran Premio y una Sinfonía Inconclusa; o sea, una obra musical extensa a la que le faltó la composición de uno o más movimientos, que son las partes en las que se divide.

Pero aún en una pieza musical de este tipo, los movimientos que sí se completaron y la componen tienen personalidad propia; se pueden escuchar y disfrutar individualmente, sin pensar necesariamente en la obra total y menos aún, sentir angustia porque quedó incompleta.

Esta “Sinfonía Deportiva” en 6 movimientos, que Los Hermanos Emiliozzi se propusieron componer, tuvo finalmente los 5 primeros con armonía y belleza propia; que podemos cada tanto evocar y disfrutar por separado. Y que no pierden contenido ni valor por el carácter inconcluso de la obra total.

El “sexto movimiento” no pudo ser terminado y con él tampoco la “Sinfonía”; pero personalmente nada me impedirá continuar paladeando cada tanto los otros cinco, de a uno, de a dos, etc., admirando sus “Compositores y Ejecutantes”, su “Orquesta”, sus colaboradores y sus estrategias. Al mismo tiempo, además, repasando y valorando sus ejemplos e intentando seguirlos. Cuenten conmigo, siempre y sin condiciones, para todo eso.

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