Cada 5 de septiembre se celebra en nuestro país el día del scout y la buena acción, una fecha que nació en 1928 en conmemoración del mensaje radial que brindó el General Severo Toranzo, presidente de los scouts argentinos. En este marco la historia de Matias Alvarez permite conocer desde adentro que significa crecer y sostener el vínculo con el escultismo a lo largo de los años.
Hay un momento que Matías “Timo” Álvarez elige por encima de todos los demás. Si pudiera volver a un solo día de los que vivió durante sus casi 30 años dentro del movimiento Scout, volvería al fuego de la ley. Una ceremonia que se realiza la noche anterior a la promesa, un espacio de reflexión que con el paso del tiempo, quedó entre los recuerdos que más aprecia. “Yo creo que ese sería el momento que más atesoro en mi corazón”, dijo Alvarez.
En ese recorrido recuerda con mucha emoción a cada uno de sus dirigentes. “Nunca pensé en dejar Scout”, mencionó Alvarez, cuando intenta explicar qué lo hizo permanecer durante tanto tiempo, no habla primero de las actividades ni de los campamentos. Habla de las personas, del grupo humano, de los vínculos y de la posibilidad de construir relaciones que se sostienen con el tiempo.
Sin embargo, su historia comenzó mucho antes de llegar a ese fuego. En 1996, cuando apenas tenía 7 años, ingresó al Grupo Scout Nuestra Señora de Luján como Lobato, uno de los grupos para los más pequeños. La idea surgió de su papá, quien quiso acercarlo a una actividad vinculada a la naturaleza pero terminó encontrando allí un segundo hogar.
Allí hizo su promesa y permaneció durante un año, hasta que un campamento cambió el rumbo de su recorrido. Se cruzó con un compañero de la escuela que pertenecía a otro grupo Scout y decidió cambiarse. Así llegó a Nuestra Señora de Fátima, el grupo donde permanece hasta el día de hoy, ubicado en República del Líbano 3270, correspondiente al distrito 2 de la zona 14 del cual es jefe.
Su mirada sobre el presente de Olavarría está atravesada por una preocupación ya que la ciudad llegó a contar con seis grupos Scout en su casco urbano y actualmente quedan dos. La disminución no tiene una sola explicación, pero Timo señala una dificultad central: cada vez resulta más complejo encontrar adultos que puedan comprometerse con una actividad voluntaria de manera sostenida. Los horarios laborales y las obligaciones cotidianas terminan condicionando la posibilidad de mantener los grupos.
Por eso, cuando habla de lo que cambió en él, no encuentra una respuesta sencilla. “Es complicadísimo”, dice. Creció dentro del movimiento y no conoce una vida adulta completamente alejada de la actividad Scout. Lo que sí puede reconocer es aquello que considera central: la educación en valores, la idea de ser buenos ciudadanos y buenas personas y la posibilidad de entender que siempre existe alguien a quien se puede ayudar.
Desde entonces pasaron alrededor de tres décadas. En ese periodo de tiempo, atravesó las cuatro ramas del movimiento y fue creciendo junto con ellas. En la Manada, que es desde los 7 y los 11 años, llegaron los primeros juegos, los campamentos y el contacto con la naturaleza, de la mano del universo de El Libro de la Selva. Los personajes de la historia, como Akela, Baloo, Bagheera y Kaa, acompañan a los niños y niñas durante esta primera etapa y sirven como referencia para sus aprendizajes.
Entre los 11 y los 14 años llega la Unidad Scout, etapa en la que toman protagonismo las técnicas como los nudos, las construcciones, las carpas y los campamentos. Los Caminantes, de 14 a 18 años, se enfocan en proyectos que refuerzan el trabajo en equipo y las experiencias vinculadas con la comunidad. Finalmente, en la última rama llamada Rovers, que va desde los 18 años, profundizan en la construcción de un proyecto personal.
Una de esas experiencias todavía aparece entre sus recuerdos más importantes. Es su participación en el Encuentro Nacional de Rama Rover en Ciudad de La Punta, San Luis. “Fueron días de aventura y trabajo comunitario ya que participamos de actividades con merenderos, plantamos árboles, realizamos caminatas y kayak” destacó Alvarez. La experiencia terminó de reunir dos aspectos que Timo considera inseparables del movimiento Scout que es el contacto con la naturaleza y la posibilidad de hacer algo por los demás.
Con el paso de los años también cambió su lugar dentro del grupo. El chico que alguna vez llegó para probar una actividad nueva hoy se convirtió en educador y fue responsable de distintas ramas hasta llegar a caminantes.
En su grupo actualmente son 14 las personas que sostienen las actividades de manera voluntaria. Cada uno debe encontrar la forma de compatibilizar los sábados, los campamentos y complementar con el trabajo y la vida personal. Para Timo, ese esfuerzo tiene un sentido que va mucho más allá de una actividad de fin de semana. “Poner el tiempo de uno a disposición de otra persona es mágico”, afirmó.
Treinta años después de aquel primer día en la “manada”, Timo sigue llegando al grupo cada sábado. Ya no es el lobato que aprende, sino el adulto que acompaña. Ya no está solamente alrededor del fuego para escuchar una reflexión, sino también para ayudar a que otros puedan atravesar sus propios caminos. Con el objetivo de que el grupo scout se mantenga en el tiempo.
