Vino en abundancia, una estafa inconclusa

Por Redacción

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Walter Minor / Especial para Infoeme
walterhistorias@gmail.com

Entre las cosas que forman parte de una historia pueblerina en aquellos primeros años de formación, nunca faltaron los acontecimientos que se transformaron luego en anécdotas, sino que más bien proliferaron.

La escasez de recursos de todo tipo aportaban las improvisaciones más disparatadas. Tampoco estaban ausentes las creencias populares, las leyendas colectivas, como “La luz mala”, “la llorona” o “el hombre perro”, por citar algunos ejemplos.

Otras actividades que aportaron también gran cantidad de casos para el recuerdo, se mantienen hasta hoy, como el curanderismo. Pero la que seguirá perteneciendo al folklore del país y durará hasta los últimos días del planeta, porque será imposible que se combata esta plaga, son los estafadores u oportunistas.

Estos personajes, cuya característica principal es vivir de la ignorancia ajena y levantar la mayor cantidad de billetes realizando el menor esfuerzo, siempre tuvieron esa rara “virtud” de mantenerse totalmente inmutables y calmos mientras realizan el famoso “cuento del tío”, lo que hace que su interlocutor, que al principio tenía dudas, se enganche definitivamente en un “verso” bien armado.

Así se “vendieron” varios de aquellos altos buzones rojos, que primero habitaron la ciudad de Buenos Aires y luego se extendieron al interior, o los billetes de lotería con el premio mayor, que varios ilusos compraron, sin pensar que antes de saberse el número debía haber un sorteo.

También se negociaron grandes construcciones a precios ínfimos o fabulosos fueron los comercios vendidos con magistral cartera de clientes que luego no aparecieron. No faltó tampoco la legión de ilusos que les compraron a estos fabricantes de ilusiones, nada menos que un tranvía.

En fin. Olavarría no estuvo exento del ataque “porteño” y sufrió varios embates como los comentados anteriormente. Uno de ellos es el que hoy vamos a desarrollar y que pretendió convertir a nuestra ciudad en zona de viñedos, peroooo... sin plantaciones de uvas, ni gran trabajo de elaboración.

Olavarría en 1905

Allá por el año 1905, nuestra ciudad era todavía un pueblo en formación, al que se le auguraba un gran futuro, pero aún le faltaba ese envión necesario que recién se produciría bastante tiempo después.


Aspecto de Olavarría en la primera década del siglo 20.

Hacía apenas un año que había sufrido una catastrófica inundación y ese era el principal problema a resolver por las autoridades. El lugar contaba con varios almacenes y fondas distribuidas casi todas en el pequeño radio urbano, que todavía cobijaba una gran variedad de ranchitos. El infaltable boliche barrial proveía de comestibles a las zonas casi despobladas fuera del radio céntrico, englobando una composición comercial más bien escasa y concentrada.

Muy dispersos los habitantes entre la ciudad y zonas rurales y de tan pequeño que era lo que había, provocaba que todos se conocieran y supieran cada cosa que pasaba en la aldea.

Pastizales por doquier, barro en las calles, zonas bajas en pleno centro y el famoso cañadón que cercaba el radio céntrico cada vez que caía mas lluvia de lo habitual, transformándolo en una peligrosa isla que hacía de prisión hasta que el agua se escurriera a las pocas horas.

Pueblo Nuevo era el único barrio que tenía una cierta densidad poblacional y prácticamente el único capacitado para tener dicho título fuera de la pequeña urbanización.

El molino “La Clara” era la gran presentación industrial, ya que las cementeras no se habían instalado y las caleras todavía no eran negocios de gran rentabilidad en aquellos momentos. Todas las riquezas estaban presentes, pero se hacía necesario dejar pasar el tiempo para que maduraran y llegaran a tener la evolución que luego lograría.

Por estos motivos que detallo, es que cualquier nuevo emprendimiento que permitiese obtener ventajas económicas y además, era recibido con los brazos abiertos por quienes tenía gran avidez de amasar rápidamente una fortuna.

Años sin autos en las calles, pero con una estación de trenes muy activa que traía y alejaba toda clase de personajes venidos de todas partes, muy especialmente de la Capital Federal.

Agosto de 1905

Con esta pintura del pueblo, nos metemos en el año 1905, para desarrollar la historia de un engaño que fue comentado durante muchos años y que dejó muy mal parados a los crédulos que invirtieron en él.

El vino fue siempre la bebida por excelencia y un rubro que jamás arrojó pérdidas. No solo consumida por los adictos al alcohol, sino que se presenta como agasajo principal para el visitante y más familiarmente, es el líquido vital que acompaña y empuja la comida cuando el apetito llama a la mesa. De esta forma, se convierte en un producto de consumo diario, como pocos.


1900: Viñedo en Victorica. (Foto colección Pereyra Cazanave).

El inconveniente es que para producir vino en cantidad, son necesarias una serie de variables que nuestra zona no ofrece. El cultivo de vides, por ejemplo, debe hacerse en un clima propicio y a gran escala para así obtener la materia prima, de lo contrario, los costos se elevarían perdiendo rentabilidad. También el estacionamiento, la temperatura y hasta el control diario debe ser favorable para una buena elaboración, caso contrario, también se podría lograr la bebida, pero a pequeña escala y sin gran rinde económico.

En definitiva: hay que trabajar mucho y en condiciones ideales para poder imaginarse un buen destino económico, máxime si esto que comentamos ocurría en los albores del siglo 20.

Todo empezó cuando en agosto de 1905 descendió del tren uno de estos típicos personajes porteños con “la cara como piedra”, como se los denomina vulgarmente, que venía decidido a llevarse un buen fajo de billetes a costillas de “Los gauchos del interior”.
La cuestión es que en abrir y cerrar de ojos, este hombre emprendedor y pujante, se granjeó la amistad de todos los almaceneros de la zona, quienes les abrieron las puertas de par en par y andaban detrás de él sin perderle pisada.

Resulta que el gran atractivo del desconocido comerciante, que decía representar a grandes firmas capitalinas, era que ofrecía, nada menos, que un extracto para fabricar grandes cantidades de vino… ¡sí señor!... nada de viñedos, personal de trabajo, bodegas cosechas y todas esas cosas. Solo había que vaciar parte de la pócima milagrosa, echarle agua en abundancia y negocio redondo… algo así como un jugo de nuestros tiempos.


Estación de trenes. La gran aportadora de personajes.

Con 10 litros de extracto mágico se podrían obtener 200 litros de vino… ¡impresionante!!!, máxime si se tiene en cuenta que esos 10 litros sólo le costaban al comerciante 28 pesos con 50 centavos, ¡ y todo sin gastos operativos!!!

No quedó ningún almacenero que quisiera quedar fuera de esta joya financiera. Todos pagaban por adelantado el producto que los llenaría de plata en poco tiempo y ya se frotaban las manos imaginando como invertirían una fortuna que todavía no tenían.

Hubo quienes intentaron pagar un sobreprecio y monopolizar la fabricación, con la idea de proveer a todo el país con el brebaje, con la ambición desmedida de hacer fortuna en solitario.

Fraude descubierto

A los comerciantes los encegueció la posibilidad de dinero fácil, pero un muchacho que no entraba en estos negociados, y que era un poco más desconfiado que el resto, empezó a dudar de esta fácil manera de obtener divisas y decidió seguir al delincuente hasta el hotel dónde se alojaba, sabiendo que este había comprado fuera de la zona urbana, una gran cantidad de damajuanas de vino barato.

Llegado al hotel, vio como el dueño atendía al foráneo de forma diferencial, ya que también era el futuro abastecedor de dicho local, por lo cual era tratado como un rey.

El muchacho haciéndose el distraído llegó hasta la puerta donde habitaba el falso comerciante y después de un momento, abrió la puerta de improviso, encontrando al fabulador con “las manos en la masa”.

El porteño le estaba echando al vino de poca calidad, un colorante que lo hacía más denso, aparentando una mayor concentración al obtener un tono más subido. Cada una de esas damajuanas de 10 litros que él compraba por centavos, las vendía a 28,50 pesos y ya las tenía rotuladas como “Extracto de vino”

La estafa salió a la luz y en pocos momentos el hotel se llenó de comerciantes que querían hacer justicia por mano propia con el comerciante mágico. Finalmente las cosas no llegaron a mayores y con la devolución del dinero se calmó el ánimo de los exaltados. La vergüenza evitó la denuncia policial y el porteño aprovechó esto para subirse al primer tren y escapar raudamente hacia la ciudad de Lamadrid, donde al estar alertados los pobladores de aquel punto, fue detenido de inmediato, cuando quiso repetir el engaño.

Pintoresco el suceso que “nos privó” de ser una ciudad vitivinícola, actividad que tal vez hubiese competido con el agro y el cemento en el día de hoy.

Una ironía que demuestra que la ambición desmedida puede producir también ceguera, como les ocurrió a los comerciantes de nuestra ciudad hace más de 100 años.