Por Walter Minor / Especial
Mail: walterhistorias@gmail.com – Blog: http://historiasdeolavarria.blogspot.com
Desde muy chico tuve inquietud por desarmar cosas. Aparentemente era para volver a armarlas o usar partes para “otros inventosâ€, pero al crecer me enteré que era solo por curiosidad, para saber como funcionaba todo lo que iba desmantelando.
Esta locura que me acompaña hasta hoy, hizo que un cierto día viera como “víctima†atractiva a una muy vieja y enorme radio valvular, que pertenecía a mis abuelos, para extraerle un parlante de grandes dimensiones.
Digamos que este elemento de madera con patas trabajadas tenía el tamaño de una cocina, pero con mayor altura y peso. Un armatoste.
Quité la tapa cobertora, que no tenía tornillos ni bisagras (suelta) y me encontré que todo el interior estaba repleto de revistas y periódicos de antaño. Separé las de moldes y cocina y me quedé con algunos diarios capitalinos y un gran libro editado en Olavarría en 1947, el cuál en su interior tenía un recorte con una historia real, nuestra, de 1875, que no decía a que periódico o revista pertenecía.
De todo lo que aparté aquella vez, solo me quedó ese libro de los 80 años de Olavarría, que protegí con tapas de cuerina, pero al que nunca le quité el recorte que acunaba en sus hojas. Hoy, después de guardarlo como un recuerdo que me devuelve a mis abuelos de tanto en tanto, creí que era un lindo momento para “sacarlo a pasear†para que sea la llave que cierre la última nota del año.
UN MUCHACHO VALIENTE
Sucedió en Olavarría en los últimos días de 1875
Por Amadeo Ronco
El siguiente relato fue hecho por don Félix Caro, hijo de don Pedro Caro - uno de los primeros pobladores de Olavarría y de quien se haÂce mención en el mismo- al profesor Amadeo Ronco. Este lo escribió con el propósito de que sirviera de lección en las escuelas:
Sucedió en los últimos días del año 1875. En aquella época, el fortín de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires, era una de las avanzadas de la civilización, defendido apenas por una reducida guarnición de veinte milicos mal armados. En los alÂrededores, muchos cristianos habían levantado sus casas, de material algunas y de barro y paja las demás.
En días tranquilos, los indios se llegaban hasta la poblaÂción, como una prueba de amistad hacia los blancos, con quieÂnes comerciaban y hasta intervenían en sus fiestas, sobre todo cuando abundaba el alcohol.
Un domingo, en una reunión de “cuadrerasâ€, un pampa fue engañado por un cristiano. El indio se dio cuenta y, medio borracho como estaba, tras proferir una blasfemia, gritó: “¡Mañana vas comer tierra!â€. La expresión alarmó a los circunstantes, pues “comer tierra†significaba la llegada de un malón. Y se averiguó que unos mil salvajes, capitaneados por el cacique Catriel, se disponían al ataque.
Pronto circuló la noticia entre los que vivían alejados y poco a poco fueron llegando al fortín familias enteras llevando consigo todo lo que podían cargar.
A una legua, más o menos, hacia el sur del arroyo Tapalqué, un tal Pascasio Chaves había levantado su modesto ranÂcho, donde vivía con su mujer, dos o tres hijos y Jenaro, muchaÂcho de unos trece años que, habiendo quedado huérfano, desde muy chico, fue apadrinado por don Pascasio. Enterado del peligro que corría, Chaves recogió lo que pudo y se fue con todos los suyos para el fortín; ya estaban en lugar seguro, cuando se dio un golpe en la frente, diciéndole a su esposa:
- Negra, ¿sabes que me he olvidado la plata en el rancho?
- ¿Y dónde la dejaste?
- Donde la ponemos siembre, en el alero...
- ¿Qué pensás hacer ahora? ¡No vas a ir a buscarla!
- No, yo no; pero voy a mandar a Jenaro.
- ¿Y si lo agarran los indios?
- ¿A Jenaro? ¡Ni lo pienses! Es muy vivo el muchacho, capaz de jugarle una mala pasada al mismo mandinga...
A la mañana siguiente, anÂtes de la salida del sol, JenaÂro montaba en pelo el picazo rabicano de su padrino, pareÂjero sin rivales en la comarÂca.
Los pocos que estaban enterados de lo que sucedía despidieron al muchacho deseándole buena suerte.
Jenaro llegó sin inconveÂnientes al rancho de don Pascasió, recogió el dinero, lo guardó en un pañuelo que ató a la correa con que ceñía sus pantalones e inició el camino de regreso.
Galopaba tranquilo el picazo y el muchacho pensaba en la gran satisfacción que proporcionaría a su padrino, cuanÂdo a unas diez o doce cuadras vio aparecer un grupo de jiÂnetes. No pudiendo distinguir si eran blancos o indios, torció el rumbo hacia lo de don Pedro Caro, quien, seguro en su casa de material, no había tenido necesidad de ampararse en el fuerte.
- Buenos días, don Pedro dijo el muchacho al llegar; usted, que tiene anteojo de larga
vista, ¿puede decirme si aquellos son cristianos o pampas?
Don Pedro entró en la casa y volvió al cabo de un minuto; después de enfocar detenidamente con el anteojo, dijo a Jenaro:
- ¿Para dónde vas, muchacho?
- Para el fuerte – contestó Jenaro; y brevemente relató el motivo de su presencia allí.
- Mira, es mejor que te quedes...
- ¿Por qué, don Pedro?
- Son indios y de “plumeroâ€; es mejor que no te mueÂvas de aquí - insistió don PeÂdro, pues los indios - enemigos de los blancos llevaban pluma en el extremo de sus lanÂzas, para diferenciarse de los amigos, que ostentaban un banderín.
- ¿Conque de “plumeroâ€, no? - dijo Jenaro, como haÂblando consigo mismo.
- Si; no te vayas... Mira que son muchos...
- No importa, tengo buen caballo. Hasta la vista, don Pedro y muchas gracias - gritó el muchacho, al mismo tiempo que apretaba los talones contra los ijares del picazo y echaba el cuerpo hacia adelante.
El caballo inició una veloz carrera; pero Jenaro había calculado mal las distancias y el pelotón de salvajes le cerraba el paso. Advertido a tiemÂpo de la imposibilidad de lleÂgar al fuerte, se detuvo, observó a los enemigos y volviendo grupas se alejó de ellos, con lo que también se alejaba del refugio.
El momento era difícil, más el muchacho, tal vez por la inconsciencia de sus escasos años y no dando a la situación toda la gravedad que tenía, paró en seco, se volvió y golpeándose la boca con la mano, empezó a gritar a la manera de los indios. Cuando estos se acercaban peligrosamente, castigaba otra vez a su valiente picazo, alejándose de sus perseguidores. La escena se repitió varias veces, exasperando a los impotentes pampas, cuyos caballos eran menos veloces que el de Jenaro.
Cansado ya de divertirse a expensas de los salvajes, enfiló hacia lo de don Pedro; poco le faltaba para llegar a la casa, cuando vio que le cortaba el camino un indio; que montaba un petiso gateado, viejo y flaco, llevando de diestro un bayo, hermoso ejemplar que había robado en una hacienda vecina.
El pampa aprovechó la escasa distancia que los separaba para bolear el caballo de Jenaro; pero, con todo, el picazo, baqueano para “correr a lo guanacoâ€, se alejaba del petiso. Viendo que el cristiano se le escapaba, el indio se apeó para montar el animal que llevaba de tiro. La escena fue rápida; lleva más tiempo relatarlo: Jenaro corría con la cabeza vuelta hacia su perseguidor y en cuanto vio que se apeaba, también él bajó de su caballo, sacó un cuchillito del cinto, cortó de un solo tajo el tiento de las boleadoras que maneaban al picazo y de un salto volvió a montar, justo a tiempo para salvarse de una muerte segura, pues el salvaje se acercaba con la lanza para atravesarle el cuerpo.
Después que se hubo alejado bastante, y seguro ya de su triunfo, volvió el busto y empezó a gritar golpeándose la boca, mofándose así de su burÂlado enemigo, que se unió a los demás perseguidores.
No pudiendo refugiarse en lo de Caro, se dirigió a lo de los hermanos Colombo, dos italianos que tenían casa de material, segura contra las primitivas armas de los indígenas.
No obstante la invulnerabilidad de las paredes de ladrillos, los hermanos Colombo y sus peones estaban intranquilos y una gran confusión reinaba en la casa cuando llegó Jenaro; pero luego que les hubo contaÂdo lo sucedido y animados por el valiente muchacho, todos se aprestaron a la defensa, por si los salvajes intentaban un asalto.
Los indios - cuarenta o cincuenta - no se atrevieron a ponerse a tiro; efectuaron vaÂrios parlamentos y por fin reÂsolvieron sitiar la casa, para lo cual formaron una gran rueda alrededor de ella, sin perderla de vista un solo instante.
La salvación de los cristianos dependía de la cantidad de víveres y municiones que tuvieran, pues no podían confiar en que los escasos soldados del fortín acudieran en su ayuda. Cuatro días, con sus respectivas noches, estuvieron los indios rondando la casa. El ánimo de los dueños de la finca y de sus peones se resentía; sólo conservaba su sangre fría aquel muchacho valiente, quien a pesar de sus escasos años poseía la seÂriedad necesaria para invitarlos a rezar una oración a veces o la agudeza espiritual para hacer una broma cuando lo creía oportuno.
La cuarta noche fue terrible; algunas flechas cayeron soÂbre la casa, prueba evidente de que los indios se habían acercado aprovechando la oscuridad; el temor de sufrir una muerte cruel anonadaba a los ocupantes; por momentos, hasta el misÂmo Jenaro se sentía deprimido. Hicieron varios disparos con sus precarias armas de fuego de corto alcance, sin saber si habían dado en el blanco; pero debían economizar las municiones. Las horas parecían interminables; todos ansiaban ardientemente la llegada del nuevo día, pues a la luz del sol los pampas no se atrevían a aproximarse. Uno de los peones sufrió un ataque de nervios y hubo que atarlo para evitar que se lastimase.
Así transcurrió aquella noche angustiosa, hasta que la esÂcasa luz del alba llevó a los sitiados una doble alegría, pues con la aparición del sol oyóse a lo lejos la estridente voz de un clarín que ahuyentó a los indios; era la voz amiga de las fuerÂzas nacionales que, al viento la bandera argentina, llegaban desÂde Las Flores en auxilio de los habitantes del pago de Olavarría.
A MIS AMIGOS LECTORES
¡GRACIAS POR TODO!
Cuando empecé con el blog, allá por marzo de este año, no tenía idea de cómo era un espacio en Facebook, no sabía lo que era Twitter y por lógica no entendía como se armaba un blog. Con todos estos enigmas a cuestas, jamás creí que escribiendo historias iba a tener, en tan poco tiempo, tantos amigos que me acompañaran.
Para dar una referencia, digamos que una página de historia de nivel nacional y con personas conocidas, apenas llega a los mil visitantes mensuales, mientras este, que es un espacio solo local, logró, gracias a ustedes, alcanzar en el últimos trimestre las casi 2000 visitas por mes, superando esa cifra en octubre, para terminar el año con más de 12.400 entradas por contador (16.889 según estadísticas de blogger) y 32 seguidores, aunque a pesar de esforzarme por arreglar ese gadget, solo logro que aparezcan 25 y de a ráfagas los 32 completos. Lejos (positivamente) de lo que pude imaginar.
Algunas personas que por cuestiones laborales viven en el exterior, me han escrito diciendo que toman estos relatos como un vehículo que los ayuda a seguir transitando por su ciudad natal aún a la distancia.
Quienes viven aquí se identificaron con esta forma de moverse en “Historias de Olavarria†donde cualquier tema es tratado abiertamente, con el único compromiso de llegar lo más cerca de la verdad posible.
Pero lo sorprendente, es que gente que no tiene nada que ver con la ciudad, también se hizo seguidora del blog e incluso algunos han escrito en él.
Además de todo el apoyo afectivo, este año recibí dos estupendas colaboraciones de los olavarrienses Elba Otaviano y Rolando Hess. Elba con una hermosa historia de vida con su papá en Sierras Bayas y Rolando con tres entregas imperdibles sobre los Alemanes del Volga. Después vino el magistral relato de las cuatro etapas del Gran Premio de TC de 1965 contado como si fuese un cuento por el amigo capitalino Jorge Luis Briozzo y en los últimos meses me sorprendió César Carestía, otro amigo de Tapalqué que lleva en sus venas sangre nativa y narró la dolorosa historia de su abuela Basilia, a quien luego de asesinarle a los padres la destalonaron para evitar que huyera y así usarla de servidumbre. Basilia era nativa y un conocido terrateniente, en base a esa sangre, fundó su estancia en el sitio que ocupaban.
La verdad es que las expectativas que tuve en este sitio fueron superadas largamente. Pero nada se hace solo. Siempre hay amigos que ponen ese granito de arena tan necesario para empezar y el paso inicial fue dado en el diario digital INFOEME, porque con ellos empecé a escribir estas historias, desde el día que Marcelo Oliván me pidiera el resumen de un reportaje que había hecho en Bolívar para mi libro SIN GALERA. Hoy pasados algunos años, el vínculo sigue intacto y comparto algunas historias de los domingos (no todas), con este mismo medio, que dirigido por Emilio Moriones acompañado por Jorge Scotton, Josefina Bargas y un pequeño grupo de periodistas, continúa siendo, para mí, el diario amigo.
Pero lo más importante para cualquier aprendiz de escriba es EL LECTOR.
Si nadie se tomara el tiempo para ver lo que publico, el espacio ocupado no tendría sentido. Si nadie me aportara datos de sitios o me llamara para decirme que encontró algo, o que tienen un tío que sabe “un montón†de historias, o que de forma privada me señalen algún error; escribir no me serviría de nada.
Sin querer se logró una agradable forma de comunicación. Sentirme muy acompañado a lo largo de estos nueve meses fue el motivo por el que no abandoné esta empresa que me consume bastante tiempo y por ahora no tiene ningún rédito económico.
Y por culpa de ustedes, es que al final de este 2011, me vuelvo vanidoso y me atribuyo el desmedido mérito de pensar que a través de las cuarenta historias que escribí durante este lapso, les pude dar a todos quienes me acompañaron, una pequeña retribución por los buenos momentos que me ofrecieron.
Que tengan un 2012 lleno de alegrías, con proyectos y sueños consumados.
Espero que podamos seguir charlando, que me relaten sus conocimientos y que sigamos encontrando más historias para nuestra Olavarría.
Gracias por todo.
