Marcelo Oliván / infoeme.com
Un Gobierno nuevo tiene ventajas y desventajas, para propios y para extraños.
Para los propios es el momento de la oportunidad, de instalarse en puestos que no están ocupados desde hace siglos y para siempre, de aplicar políticas, de entrar a tallar. Para ellos, también, es la hora de los riesgos y de los errores, de la carga de una administración que otros manejaban de taquito y que puede venirse debajo de un día para otro.
Para los ciudadanos, es aire fresco. O una macana tras otra, según el tino, la pericia y la vocación del recién llegado.
Y es una fortuna para los observadores externos. A los periodistas les gusta presentarse como tales –analistas objetivos-, aunque a veces sean interventores en el campo de lo real. Un Gobierno –municipal, provincial o nacional- nuevo es el equivalente a un experimento en tiempo real: se lo puede ver nacer, crecer, superar problemas o trabarse en escollos, intentar soluciones, consolidarse o languidecer.
Una administración poniéndose en marcha -si bien no de la nada, sí al menos desde su propio riesgo y novedad- en una ciudad como Olavarría, es un fenómeno no siempre visto, ni muchas veces repetido.
Los dos caminos: el oficial, a la derecha, y el lateral por la
banquina, para poder pasar, a la izquierda.
Distinto que los Ejecutivos provinciales y nacionales, donde los límites legales a las reelecciones y el desgaste de la política de alto vuelo impiden la construcción de liderazgos permanentes, en los municipios la cercanía entre el administrador y el ciudadano facilita el surgimiento de caudillos de largo aliento. Y si estos referentes sintonizan con el pensamiento generalizado de una sociedad, se transforman en caudillos imbatibles.
Por eso, cuando una gestión municipal comienza, conviene verla en detenimiento. Como sucede con la de José Eseverri, cada paso tiene múltiples implicancias. Como en un juego de espejos, cada medida no solamente modifica el problema que se ataca sino que rebota sobre la gente, pega en la calle, reajusta las alianzas, se ajusta a la gente o se separa de la expectativa, y transfigura al referente o al grupo que tomó la decisión.
Lo que es seguro es que una vez que se echa a correr, un Gobierno no es nunca como en el papel.
Un campo de diferencias
Fue visible en el piquete de 226 y 51, este jueves, que los productores rurales no protestaban solamente por el aumento de las retenciones a la soja. Como en todo reclamo sectorial movilizador, el detonante sólo promueve los primeros pasos, pero para cuando los manifestantes llegan al piquete las consignas originales están teñidas por otras, escritas en el camino, repetidas de boca en boca.
Para los productores, la suba de las retenciones en la soja es la derivación de las imposiciones en la carne. En Olavarría, por caso, no hay tantos sojeros: hasta los propios directivos de la Sociedad Rural admiten que las tierras del partido son de medio pelo para abajo, apenas aptas para la cría rudimentaria y que la Providencia no se acordó de Olavarría para bendecirla con tierras aptas para el cultivo “más allá de algunas cuantas hectáreas altas”.
“Los que estamos acá, la verdad, no somos todos sojeros”, repetía uno de los ruralistas más politizados de la protesta, con pasado muy reciente como funcionario de Felipe Solá: “si mirás bien vas a ver que acá hay de todo y que el mensaje es mucho más amplio: el Gobierno haría bien en darse cuenta que acá la señal es otra, que cuando tanta gente se moviliza algo anda muy mal”, cerró gesticulando con las manos, pero en un lenguaje más llano que el que gustaba usar en sus épocas de dirigente partidario local.
La protesta y el reclamo de lo productores al Intendente:
"¿por qué no mandó a Vitale o no nos recibió un rato para apoyarnos?".
En ese prospecto político, el agro local masculla varias broncas, pero a poco de hablar con el sector, se hilvanan algunas que apuntan a lo local. En el listado que le apuntaron al Intendente el jueves hubo de todo, gradualmente: primero que no estuvo –encima con el contraste que le crearon el saladillense Carlos Gorosito y el azuleño Omar Duclós, ambos sumados a los piquetes agrarios-, más tarde que “ni siquiera mandó a (el jefe de Gabinete, Héctor) Vitale”, luego lo que dijo para apartarse de la protesta y al final hasta el estado de los caminos rurales.
La puesta del Intendente en la mira no fue casual: todo el sector del agro está enfrentado con el kirchnerismo, y busca entre todos los motivos los que sirvan para pegarle a sus referentes.
Pero el tema de los caminos rurales es real, y conviene analizarlo por partes, para evitar por igual los desperdicios y las exageraciones.
Los caminos entoscados en el partido de Olavarría están, de verdad, en un estado lamentable. Ir por la prolongación Sur de Ituzaingó hacia Muñoz es una pesadilla que luego de dos viajes afloja los dientes y a cualquier camioneta.
Varios tramos están así, y hasta los ganaderos eseverristas (que los hay, también) admiten que los trabajos no pueden demorarse más, aunque eximen al Intendente de cualquier responsabilidad. “La seca del verano no se la pueden achacar a José: con él o sin él la tierra se volaba lo mismo”, defienden.
Sea o no de esa manera, el estado de la red vial es áspero y el jueves fue un caballito de batalla soterrado, que los productores largaban a cabalgar en el corte cuando la prensa los conversaba sobre la tirantez con el Municipio.
¿Tienen razón, justo en un tema que el oficialismo debió resolver contra reloj esta semana, adjudicando las zonas de mantenimiento al advertir que un descontento se sumaba al otro? A simple vista, sí, que estamos hablando de la vista de un pueblerino, periodista politizado pero inexperto en especializaciones rurales.
La voz de Juan, un neutral: "es cierto que los caminos están muy mal,
pero a mí me parece que si hay agua, no hay que pasar, ni en 4X4".
Este viernes, para ilustrar la queja rural, este cronista entró a transitar la zona sur de la Ituzaingó, el camino que pasa frente a la Escuela Nº 15 y que va “para Blanca”, hasta el tramos del Camino de los Chilenos, que sirve para la exageración de los productores: “lo inauguró Don Helios hace poco y ya no sirve más: hay que hacerlo todo de nuevo” resumieron en el piquete algunos, parodiando al peón grandilocuente y sin límites de los cuentos criollos.
La fortuna de esa cobertura hizo aparecer, lento en una camioneta Ford F 100 con cúpula, a don Juan Melaragno, lo más parecido a un baqueano experto que se podía encontrar a esa hora y en ese lugar.
El testimonio de Juan es inapelable: “mi hija es maestra y la nombraron en la escuela de Muñoz hace una semana, así que estuve varios días yendo y viniendo hasta allá, por la prolongación Sur de la Ituzaingó –le dijo a infoeme.com poniendo cara de angustia, o de dolor físico-. Y la verdad es que aflojé toda la camioneta con las toscas”.
Siguiendo ese relato, el estado crítico de la red vial queda demostrado. Juan dio más detalles mostrándole al cronista en segundos lo que este cronista no hubiera visto en todo un día: “¿ves las huellas que marcaron en las banquinas? –dijo señalando los charcos largos de los costados del camino-. Eso quiere decir que el paisano ya no puede pasar por arriba del camino, de tanta piedra que hay, y hace huella pasando por las banquinas porque el vehículo no golpea tanto; hay lugares donde directamente se ha hecho huella en el pasto”.
Este cronista trata de certificar, entonces, lo que parece inapelable:
-Entonces es cierto que no se hizo nada y que los caminos han quedado hechos un desastre...
-Sí, pero hay una cosa, pibe... A mí me parece que los días de lluvia, por más 4X4 que tengas, no se puede pasar. Yo los veo. Está bien que son vehículos nuevos y todo, pero pasan a todo lo que da, con el agua por acá a los costados (hace señas como alguien que se peinara hacia atrás cabellos muy largos y empapados). Y así no hay camino ni entoscado que resista nada. Te queda todo destrozado enseguida. Yo creo que los días con mucha lluvia no se puede andar...
Agregarle algo más a semejante testimonio del llano es gastar letra sin sentido. A los caminos hay que mantenerlos, y también hay que cuidarlos.
A otro lado con la música
Puestos en este espacio del desarrollo del Gobierno local, pocas áreas como la de Cultura son tan reveladoras de la distancia que separa los discursos y las buenas intenciones de la política real, esa que combina problemas, soluciones, recursos y funcionarios.
Tal vez junto con algunos aspectos de las modificaciones en políticas de salud que afectan a la atención de pacientes ya enfermos y en políticas sociales sobre los Centros de Día, las políticas culturales referidas a las Escuelas Municipales de Música son el indicador del enorme trecho que va del dicho al hecho.
Las Escuelas de Música han sido objeto de vapuleo oficial desde la asunción de José Eseverri. Desde antes del 10 de diciembre no la vienen pasando bien, y eso ya es mucho si se comprende que ese mes es el inicio de la angustia de los docentes musicales: por régimen, se les suspende la contratación hasta marzo o abril, cuando son nuevamente sacado del cono de sombras estival y devueltos a la luz de un trabajo público.
Hasta el momento el director de la Escuela era el eximio guitarrista Valentín Reiners, a quien le cupo la ingrata tarea de contener hacia abajo el reclamo de los profesores, cosa que hizo de buena fe, mientras hacia arriba le postergaban indefinidamente una reunión con el Intendente, que nunca lo recibió. De hecho, el propio mandatario había dado señales de que el ciclo del actual formato de escuelas iba a ser sustituido: “quiero cultura en los barrios, y no solamente en el centro”, le dijo hace semanas a este diario on-line, cuando se veía venir el pulgar abajo a la actual conducción.
Dos indicios marcaron en los días de la semana que pasó que algo viene sucediendo puertas adentro, y que una parte importante del plantel no está conforme con la propuesta que cerró el Gobierno.
Uno estuvo dado por las declaraciones del músico y docente de las Escuelas Roberto Peyrano (una autoridad en la percusión local) en la última edición de la revista local “El Ventilador”. Allí dijo, sobre el secretario de Cultura Eduardo Rodríguez: “no lo entiendo”. Y agregó otro dato, lapidario: “hace veinte años que estoy en la Escuela Municipal, y cada año es como si empezáramos de nuevo”.
El otro dato era la demora en recibir a Reiners: al audiencia se venía postergado indefinidamente y nunca tuvo lugar.
Detrás de los dos datos la novedad era imparable, y no tenía que ver demasiado con el traslado de las Escuelas a los barrios. Aunque el Municipio no lo ha anunciado ni la decisión fue del todo formal, Reiniers ya no forma parte de la dirección de la Escuela de Música. En cuanto la situación política del Ejecutivo deje un respiro en la tanda de cambios, renuncias y nombramientos, la decisión se hará pública.
Sin que tuviera una previa, en una de las reuniones escuchó que en su lugar estará el fagotista Diego Lurbe, secundado por Claudia Cortés, también integrante del Quinteto de Vientos. Lurbe es un músico y docente de indiscutido talento, pero para entender su posicionamiento dentro de la estructura institucional y geográfica de la cultura local hay que hacer un breve racconto.
Así como otras ciudades de la zona apuntalan como política y vidriera cultural central de sus Municipios el teatro, o las escuelas de enseñanza populares, o las artes plásticas, Olavarría ha elegido en los últimos años (eseverrismo) dos áreas donde se invierte dinero en sostener emprendimientos artísticos: las orquestas sinfónicas (o de cámara, o clásicas) y la Muestra de Cine “Lucas Demare”.
Esas dos variantes (microcéntricas en cuanto a región, teatreras en cuanto a sede) están en la punta de las prioridades comunales. Lurbe (y en menor medida Cortés) provienen de la variante musical de esos territorios. Y acumula varios emprendimentos: dirige la Orquesta, maneja la Orquesta Escuela, integra el Quinteto de Vientos y ahora es el referente de las Escuelas Municipales.
El resto de los músicos que venían esperando una respuesta para el régimen de contrataciones no recibió el mensaje como lo que les habían adelantado.
Reiners, ya fuera de la Escuela. Con él se irán al
menos cuatro músicos de alto nivel docente.
La oferta de cierre para los músicos será mantener algunos niveles salariales escasos (“nos dijeron que van pagar 250 pesos mensuales por una tarea que el Municipio de Lamadrid paga cerca de 600, con lo cual nos damos cuenta de que acá la Cultura les importa lo mismo que nada”, refunfuñaron ante el sondeo de infoeme.com). Y sólo varía el hecho de que “nos van a dar obra social”.
Pero lo que más enojó a algunos es que “eso de que iban a llevar la cultura a los barrios al final fue puro verso: Diego (Lurbe) es un músico bárbaro pero no me van a decir que él va a sacar los talleres del micocentro”.
¿A qué se refiere, entonces, Peyrano cuando dice que “a Eduardo Rodríguez no lo entiendo”? El baterista ya se cansó de las políticas culturales de las Escuelas y está a punto de dejar dos décadas de trabajo en esos sistemas de enseñanza, con lo cual pasará a un espacio donde puede dar su propia clínica de percusión y hacerse menos problemas. Reiners hace rato –aún antes de que lo desplazaran- había decidido tomar otros rumbos.
Lo que hay detrás de la pregunta de Peyrano es otra cosa: ¿no estaban peleados a muerte Eduardo Rodríguez y Carlos Orlando, el director de Cultura que comparte un espacio similar? Los músicos de la Escuela tomaron el nombramiento de Claudia Cortés (esposa de Orlando) al frente de la Escuela como una muestra de que la pelea entre ambos no existe, y es sólo un montaje para demorar las soluciones que les reclaman desde abajo: “esos dos son Pimpinela, están peleados desde hace muchísimo tiempo y la situación no se corta: ya no se les puede creer”.
Junto con Reiners y Peyrano el éxodo seguirá tras la “mejora” que anunciará el Municipio: están con un pie afuera de las escuelas municipales Adriana Saravia, Esteban Landoni y Luciano Bascones.
Pero aún los disconformes con el resultado de los pedidos de cambios, no dan otros nombres aptos para ocupar el lugar que en breve tendrá Lurbe. El problema, en ese contexto, no es solamente la concentración del recurso en los mismos lugares: es la falta de funcionarios de recambio. Sin ellos, la aplicación de políticas en el centro o en los barrios es sólo una quimera.
