Un asesinato absurdo

Por Redacción

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Mauro Szeta, especial para Infoeme

El crimen de Jano Fernández a la salida del boliche Fantástico de Once es un asesinato absurdo, carente de motivos, un típico caso donde el que mata, mata por matar.

Se trató ni más ni menos que de una cacería orquestada para matar a cualquier persona. Le tocó a Jano pudo ser otro chico.

La patota salió a la calle con decisión criminal, con ganas de matar. El que manejaba el auto llevaba un bate de beisbol que pesa 940 gramos y que puede impactar una pelota a 140 kilómetros por hora. A la víctima la eligieron al azar. Se justificaron el crimen proponiéndole pelea. La típica arenga de “si te la aguantás, vení”, declaró un testigo.

Jano, ni siquiera llegó a contestar y lo molieron a palos. Primero lo tumbaron y cuando lo tuvieron indefenso en el piso, lo remataron con tres golpes de bate a la nuca. Lo destrozaron. Su papá dio un ejemplo gráfico y doloroso: “Ni la cabeza pude acariciarle en el cajón. Estos asesinos, lo destrozaron”, describió.

Uno de los tres acusados -eran compañeros repositores en un hipermercado- se quebró en su lugar de trabajo. No soportó la culpa y largó la confesión: “me mandé una cagada”, dijo al día siguiente del homicidio. Después contó todo con lujo de detalles. Del otro lado, sus compañeros de trabajo, primero, no le creyeron. Más tarde, un testigo valiente, fue a la policía con lo que escuchó de la confesión y el caso empezó a resolverse en tiempo breve.

Uno de los detenidos, Leonel Bufaño, el del bate, el dueño del auto, fue capturado cuando paseaba el perro, como si nada le importara. Está casado y su mujer espera un bebé. Sí, espera un bebé. Su papá le pidió perdón al papá de Jano. Jorge Fernández le contestó: “no me pida perdón a mí. Pidale perdón a la sociedad por el hijo que crió”. Otro sospechoso, Hernán Mendieta, el cómplice activo -participó con Bufaño de la paliza- fue detenido cerca de su casa. Néstor Horisberger, alias Papelito, se entregó en la comisaría.

Según los videos de la causa, “Papelito” fue el que menos participó de todo. Vio lo que pasaba, se tomó la cabeza, pero nunca atinó a parar a sus compañeros de salvajada criminal. Es más, se fue con ellos, raudo en el auto. La familia de Jano no quiere distinciones, quiere la misma pena para los tres.

Pero hay más, tan cierto es que pudo ser cualquier otro chico y no Jano, la víctima de semejante crimen, que ahora se sabe que antes de matar, los patoteros atacaron a otro pibe que sobrevivió de milagro.

La definición la acercó un perito de la causa. El que asesinó a Jano tenía ganas de matar. Eso explica todo. Puro hambre criminal. Increíble y temerario, pero pasa, y no hay que ocultarlo.