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"Hubo una vez un patio": el libro sobre la historia de dos hijos de desaparecidos

El trabajo busca reconstruir la historia de la familia Bonetto-Mobili a través de textos de los padres, recuerdos de amigos y familiares, fotos viejas y actuales. Ana Julia creció en Olavarría, junto a sus tíos. 

 

 

El 1° de febrero de 1977 las fuerzas de seguridad de la dictadura cívico-militar entraron a la casa de José Roberto Bonetto y Anna María Mobili en La Plata. Los golpearon, se los llevaron, pero dejaron a Martín (de quince meses) y a Ana Julia (de cuarenta días de vida) con los vecinos. Como pasaban las horas y Roberto y Anna no volvían (nunca iban a volver, como 30.000 detenidos-desaparecidos), les avisaron a los tíos de los chicos y ellos a los tíos paternos de Olavarría: decidieron que Martín, como reconocía a su familia, se quedara allí. Y a Ana Julia la llevaron a Olavarría “hasta que vuelvan Anna y Roberto”. Decisiones a las apuradas, en dictadura, sin tiempo para pensar.

 

“Un día le dije a Martín que como habíamos estado solamente dos meses los cuatro, sería precioso juntarnos en un espacio habitable donde estemos para siempre, una casa-libro”, dice Ana Julia a Página/12, y Martín asiente. Esa “casa-libro” es la (re)construcción de esa historia personal y familiar, pero que a la vez es parte de la historia de Argentina, y lo que plasmaron en Hubo una vez un patio (publicado por la editorial Planeta).

En esas páginas, de papel fotografía, buscan reconstruir la historia de la familia Bonetto-Mobili a través de textos de Roberto y Anna (cartas, notas, poesías –de donde tomaron el título-), recuerdos de amigos y familiares, fotos y objetos que les pertenecían, pero también fotos actuales, de las familias que Ana Julia y Martín armaron y para quienes también quieren recuperar esa trama familiar desgarrada por el Terrorismo de Estado, y reflexiones e intervenciones que fueron realizando durante estos años.

Para Ana Julia, esta memoria libresca es la posibilidad de construir un hogar metafórico donde los cuatro pueden compartir lo que la dictadura cívico-militar les negó al desaparecer a sus padres. A partir de capítulos que organizan ese recorrido (de las historias de Anna y Roberto, sus vidas en La Plata y Olavarría, las fiestas familiares, fotos y recortes de la identificación de los restos de Roberto), intentan fijar un caleidoscopio de fragmentos dispersos, que se articulan para completar los vacíos y las ausencias que atravesaron y atraviesan a miles de familias en nuestro país.

 

-¿Cómo surgió la idea de rearmar su historia en un libro?

Martín Bonetto: -Lo de libro-casa siempre lo decía ella. Yo quería juntar nuestro material de la parte artística de los cuatro en un mismo lugar. Después surgió la posibilidad de que hubiera un biógrafo y ahí se incluyera más texto. En un principio, yo lo pensaba como más fotográfico, de imágenes, con los textos de nuestros viejos y nada más. Los capítulos ordenan todo el material, ese caos que había.

Ana Julia Bonetto: -Que cada capítulo podría ser la puerta de una habitación que se abre, la pieza de esa Anna adolescente, o de ese Roberto niño, de Martincito con sus Playmobil en La Plata o mi pieza de Olavarría con los posters de Bon Jovi y Caniggia. También podría tener un sótano donde se escriban en las hojas-paredes, sobre las manchas de humedad, las partes más oscuras de todo esto. Y ventanas, donde aparezcan personas que conocieran a mamá y papá y los vayan contando. Y un parque donde correr, jugar, lastimarnos, y que nos volvieran a levantar. Nunca estuvimos tan cerca mi hermano y yo, y creo que eso a mamá y papá los pondría felices, porque más allá de que este libro sea para contar su historia, fue una gran excusa para vernos y maltratarnos como Dios manda, y así ser esos hermanos que también nos robaron. Aunque hoy el negacionismo quiera borrar la memoria, el aroma del limonero de nuestro patio será como esa memoria: no se borra, se multiplica por los 30.000 compañeros detenidos-desaparecidos presentes, ahora y siempre.

M. B.: -¡Yo tenía posters de Guns ´n´ Roses y me ponés los Playmobil! (risas)...

 

Fragmentos de una historia personal pero que los desborda, hunde sus raíces medio siglo atrás pero que ramifica sus consecuencias en el presente, en ellos y en muchos más: hace pocos días se identificaron los restos de doce personas del centro clandestino de detención de La Perla, en Córdoba. Martín y Ana Julia recibieron el llamado del Equipo Argentino de Antropología Forense en 2010, cuando identificaron los restos de su padre.

 

“La reconstrucción es un trabajo que no se termina nunca porque siempre aparece alguien, como un amigo mío que se jubiló y se fue a vivir a España, se vinculó con un grupo de exiliados y cuando mostró el libro me dijo que hay compañeros que los conocían. ¡No se termina más!”, sonríe Ana Julia.

Y cuenta algo de ese trabajo de reconstrucción que intentan en el libro: “Es ir despegando capas, qué eran en la militancia, qué eran como personas”, detalla la hija de Anna y Roberto, que es docente de Arte y Talleres Expresivos en colegios, junto a su hermano fotógrafo. “Si no sacamos capas todo era Montoneros. Quiero escarbar, dónde están, dónde están... Mi desesperación como hija era encontrar quiénes habían sido Anna y Roberto. Ese fue el trabajo que más me interesaba. Siempre queda tapado por la militancia, que es lo que los llevó a esto y los volvería a llevar, porque creo que lo hubieran elegido siempre.”

 

- Ustedes siempre supieron que eran hijos de desaparecidos, y Hubo una vez un patio es el resultado de búsquedas que seguramente llevan años. ¿En qué momento empezaron a investigar qué pasó con sus padres?

 

A. J. B.: - Siempre quise preguntar y preguntar, y medio que molestaba eso. Me decían para qué revolvés, hace mal, para qué querés saber... Te va pegando a medida que vas creciendo, y más cuando tenés tu propio hijo. Ahí me agarró una cosa de querer estar todo el tiempo, pegados. Después lo entendí, hice mucha terapia (risas). En la adolescencia empecé a querer parecerme a mi mamá, a mezclar el rock con Montoneros, a conocer gente que los había conocido. HIJOS se formó cuando todos teníamos 17, 18 años. Me fui a estudiar Bellas Artes a La Plata, sentía que era Cecilia Dopazo en Tango Feroz (risas). Entré a Bellas Artes, HIJOS, convivir con mi hermano por primera vez, fue muy movilizante. Volví a Olavarría, pero ya era distinta. Era la época en que empezaban los escraches, me metí en la Comisión por la Memoria, y me puse a militar, más que nada desde el arte. En las marchas armaba muñecos, estaba con el PO, o el MST, haciendo intervenciones. Es mi forma de mostrar lo que me había pasado.

M. B: -Yo creí que hasta el libro no, pero cuando empecé a reunir todas las cosas que había hecho estaba lo de HIJOS, una instalación que había hecho en la facultad, unas canciones que escribí... Siempre hubo preguntas o cuestionamientos que hice a través de algo más artístico, pero nunca estuve en ningún partido. No fui a la reunión de HIJOS en Arquitectura pero sí al campamento. Después me empezó a caer la ficha de dónde estaba y lo que significaba, pero tranquilo. Hasta que surgió lo del libro. A mí me tocó estar con la familia de mi mamá, y a ella con la de mi papá. Si hubiese estado en Olavarría habría sabido más cosas, porque quiero saber qué tengo de mi papá. Y capaz que Ana Julia quería saber más de mamá... De mi papá en La Plata no sabían nada.

 

-¿Cómo ven a los jóvenes en relación a la memoria? Porque pasó la pandemia, los celulares son muchas veces el centro de atención, y hay un proceso de deshistorización muy fuerte, en donde todo parece haber empezado cuando cada uno se entera de algo...

 

M. B. : -Hoy pasa todo por los celulares, y los pibes casi no leen. Por ahí es culpa mía también, yo leo poco... Me parece que estamos bastante jodidos, porque encima no soy el mejor para señalar con el dedo, pero los amigos de mi hijo no tienen mucha idea de todo lo del libro. ¡Ninguno le dijo que bueno que tu viejo sacó un libro! Por lo menos, con esto vamos a dejar una parte de la historia familiar, pero puede hacer que alguien se interese a partir de qué le pasó a dos hermanos y por qué los separaron. Más allá de que lo nuestro no sea un relato histórico del país, pero está atravesado por la historia.

 

A. J. B.: -Yo soy más optimista (risas). Todo esto pasa, en casa mi hijo agarra el libro y lo lee, quiere ver dónde aparece, hay partes que son fuertes, entonces lo vemos juntos. Creo que acompañando se puede ir a cualquier lado con los jóvenes. Hay muchísimos programas, como Jóvenes y Memoria, lo que se hace desde el arte como Teatro x la Identidad... Lo que pasa es que hay que ver qué llegada tiene. En la escuela trabajo siempre estos temas haciendo instalaciones, algo performático. Se enganchan en todo. Los pibes están disponibles, hay que ver de qué forma los convocás. Por ahí lo que está fallando es eso: de qué forma se convoca a estas nuevas generaciones. Y para mí es con la presencia, es estando, proponiendo cosas y generando el vínculo.

 

Nunca más, para siempre

En "Hubo una vez un patio" hay un fotomontaje en el que Martín combinó fotos reales para reunir, en una sola imagen, a los cuatro. Esa es la única en la que están juntos, porque nunca se tomaron una fotografía: Ana Julia nació a fines del ´76, cuando Anna y Roberto ya estaban en la clandestinidad, y una fotografía (que, además, había que revelar) podía delatarlos. Martín cuenta que lo hizo porque “al final del Juicio a las Juntas, Strassera dice señores jueces, Nunca Más. Y yo digo con el libro para siempre, porque ahora estamos para siempre. Nunca más, para siempre. Porque ahora estamos los cuatro juntos”, afirma, y Ana Julia agrega que “es un tema que me va a atravesar toda la vida, pero me siento en falta. Me sentía con mucha responsabilidad con este libro, porque no es solo la historia nuestra y de nuestros papás, sino también de un hecho histórico que atravesó todo el país, que lo sigue atravesando y que lo va a atravesar siempre. No me siento la vocera de eso, pero sí siento un compromiso”, concluye.

 

(Página/12) 

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