Todo es un torbellino en la improvisada sala de maquillaje del Centro Cultural San José: pinceles, espejos, pinturas; el termo y el mate que no pueden faltar; gente que va, gente que viene; gente que viste, gente que ajusta; gente que calza, gente que acomoda cascos. Es el backstage que transcurre durante unos cuantos minutos antes de las dos horas en las que se convertirán en esas figuras pétreas que ni siquiera se verán parpadear.
Cada uno con sus tiempos, es el tiempo transcurrido más o menos entre las 16 y las 17 de este sábado, la hora de inicio de la 13ª edición del Festival Internacional de Estatuas Vivientes que se desarrollará a lo largo del fin de semana en Olavarría.
Marcelo González es entrerriano de Gualeguaychú y ya son varias sus visitas a Olavarría para tomar parte de este evento. “Me convocan siempre y es un placer volver a compartir estos momentos. A mí m genera una adrenalina estar aquí y es un cable a tierra que me permite cortar con el trabajo diario que uno tiene. Yo soy trabajador docente de una escuela rural, que tiene la caracterización de albergue para niños de nivel primario” contó.
Sus inicios fueron hace 19 años: “Había una estatua viviente, que era Marcela Moreno. Ella convocó por radio que quería expandir este arte de estatuismo allá en la Ciudad, porque se sentía sola. La llamé por teléfono, le dije que ya no era tan jovencito y desde entonces estoy ejerciendo este arte”.
Desde afuera parece complicado tanto tiempo de inmovilidad. “Tiene su técnica de respiración, la relajación y el maestro después es el hacer y andar todos los años con esto, porque no solamente participamos de los encuentros, sino que salimos los fines de semana en la ciudad a eventos” explicó.
Andrés Arouxet es oriundo de Azul, vino de Tandil por segunda vez a este Festival, pero sus raíces están en Olavarría. “Soy actor hace muchos años: mimo, clown y otras disciplinas. A esta disciplina en particular la encontré hace 10 años y me hizo muy bien a nivel personal” confesó.
“Es encontrarme en otro lugar conmigo mismo, porque es una actividad que requiere de una meditación y una entrega al silencio y a la quietud, a lo que no estamos habituados en estos tiempos y a lo que no estuvimos habituados nunca. Y aparte de ser algo creativo, que lo creativo siempre sana, lo siento como algo muy personal. Es muy transformador cada vez que actúo” reflexionó.
Andrés llegó el año pasado con una estatua llamada “El Barrendero” y esta vez lo hace con el “Guerrero Samurai”. Cada figura tiene su sentido. “Este samurai combate los miedos de la gente, es una estatua psicomágica. La propuesta convida a que la gente pueda pensar en sus temores y que el guerrero cobre vida para combatir esos temores y que la gente se sienta liberada para combatir sus miedos” relató.
Cada personaje se hace con el vestuario y además es necesario una base cremosa, un maquillaje artístico acuarelable que viene para estatuas vivientes y sirve para cubrir la cara, manos y otras partes del cuerpo. Con agua, jabón y toallitas desmaquillantes todo sale.
Armar la estatua viviente puede llevar entre 15 y 20 minutos en el caso de Marcelo González. Pensarla, muchos años. “Al personaje primero hay que sentirlo, luego se va creando, una vez puesto uno le va encontrando detalles. Yo casualmente traigo un ser mitológico, casi un ángel, que hace 10 años que lo estoy craneando y surgió para ahora” dijo.
“Tiene una investigación y después imágenes e ideas en esa misma postura, buscarle la forma para que no se modifique la esencia del personaje que uno imaginó” añadió Marcelo.