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“El loco del martillo”, el asesino que pasó 43 años preso y decía ser inocente

Lo condenaron por matar a martillazos a tres mujeres. Pasó 36 de sus 43 años preso en el pena del Sierra Chica. Fue la persona que más años pasó tras las rejas hasta que lo superó Robledo Puch.

Por Marcelo Metayer, de la redacción de DIB

En 1963 Arturo Illia es elegido presidente de Argentina, muere Juan XXIII, Valentina Tereshkova se convierte en la primera mujer en el espacio, es asesinado John Fitzgerald Kennedy en Estados Unidos y The Beatles lanza su primer longplay. En ese año convulsionado, también, son asesinadas tres mujeres del Gran Buenos aires a martillazos. El criminal entraba a sus casas cuando dormían, las golpeaba, robaba y huía. Por el caso fue arrestado Raúl Aníbal González Higonet, quien fue llamado “El loco del martillo”. Lo condenaron en 1967 a reclusión indeterminada. Pasó 43 años en prisión, de los cuales 36 estuvo en el penal de Sierra Chica y murió solo un año y medio después de salir. Fue el criminal que estuvo preso más tiempo en Argentina hasta que fue superado por Carlos Eduardo Robledo Puch, pero siempre afirmó que era inocente.

Todo empezó en enero. El 14, “El loco del martillo” entró en la casa de Emilia Ortiz. Mientras dormía, la atacó a martillazos hasta que se desvaneció. De la casa se llevó unas pocas cosas. Después siguieron ocho ataques más, siempre con las víctimas desmayadas a golpes, hasta que en marzo “El loco” fue más allá. El viernes 8 mató a Rosa de Grosso, en Lomas del Mirador; el 22, a Virginia González, en la misma localidad, y el 23 a Nelly Fernández, en San Justo.

En ese momento se desató la psicosis en todo el país. Las mujeres se encerraron en sus casas y varios hombres estuvieron a punto de ser linchados porque se sospechó que eran “El loco del martillo”. Las fábricas autorizaron al personal femenino a salir antes para no tener que caminar de noche por la calle. La Policía difundió un identikit: es una persona joven, con el pelo enrulado, que usa bigote.

Hasta que el 25 de marzo de 1963 fue detenido González Higonet, que ya tenía antecedentes por robos y había pasado cinco años preso en el penal de Rawson. Era alto, flaco, con rulos y usaba bigote. En un baldío ubicado junto a la casucha en que vivía se encontró el martillo ensangrentado con el que había atacado a sus víctimas. Horas después, el homicida confesó con lujo de detalles. “Sólo quería robar. Las maté para no dejar testigos”, dijo.

La conmoción fue tremenda. Una revista tituló “Crímenes y amores del Loco del Martillo”. Suponían que odiaba a las mujeres porque había sido abandonado por su novia, pero él aseguró: “Nunca tuve novia”.

 

 

“Un simulador”

La crónica publicada por La Nación al día siguiente de la detención afirmaba: “Su cara presenta protuberancias óseas que la tornan ruda y su prestancia es la de un tipo hosco, introvertido. El pelo negro y duro apenas peinado echado íntegramente hacia atrás acentúa la impresión desagradable. Los gestos no denotaban remordimiento alguno. Trataba de no abrir los ojos, justificándose con un supuesto solapado cansancio. Su aspecto no era el de un loco, pero sí de un sujeto sádico, con plena noción de lo que hace. Un simulador frío y calculista”.

En otro diario se leía: “El drama de la madre del vampiro humano conmueve. Como una estampa de la Madre Dolorosa, la señora Elisa no puede creer la tragedia que ha desatado su malviviente hijo”.

El 12 de abril de 1967 Aníbal González Higonet fue condenado a reclusión perpetua por homicidio simple, robo y lesiones graves. Tenía 30 años.

 

Cuatro décadas no alcanzaron

Aquí empieza la segunda parte de esta historia. Porque “El loco del martillo” cumplió un triste récord. Fue el preso que más tiempo pasó entre rejas: nada menos que 43 años. Luego lo superaría otro asesino famoso: Robledo Puch.

De los 43 años en prisión, 36 los pasó en el penal de Sierra Chica. Hasta allá lo iba a visitar Elsa, una de sus hermanas. A fines de los 90 fue trasladado a Olmos y los últimos cinco años estuvo en la Unidad 12 de Gorina, de régimen semiabierto.

Muchas veces, durante esa larguísima espera, afirmó que era inocente, que no había matado a esas mujeres, que aquella confesión en que la que aseguraba que “no quise matar pero estaba muy necesitado y sólo buscaba la oportunidad para llevarme algo de valor” había sido arrancada de sus labios bajo la tortura policial.

El caso es que “El loco del martillo” nunca tuvo recursos para que se reviera su caso. En la reclusión perpetua, a partir de los 25 años de encierro, se suele pedir una junta médica para que evalúe si el preso está en condiciones de salir. Pero no tenía cómo pagarle a un abogado.

Los distintos juzgados por los que pasó la causa le rechazaron el pedido de libertad condicional desde el año 1983. Hasta que Ariel García Furfaru, un abogado mucho más joven que él que lo conoció en prisión, se interesó en su caso e insistió. Finalmente, la jueza platense Claudia Matilde Marengo, titular del Juzgado de Ejecución Penal Número 1, decidió otorgarle el beneficio de la libertad condicional, que se concretó el 23 de marzo de 2006, cuando González Higonet dejó el penal de Gorina para dirigirse a la casa de su hermana Elsa, en La Matanza. Marzo, el mismo mes de los brutales crímenes.

Según dicen, cuando salió de la cárcel “caminaba encorvado, sus lentes estaban pegados con cinta adhesiva y se apoyaba en un palo de escoba que usaba como bastón”.

El loco del martillo”, viejo y arruinado después de décadas a la sombra, no pudo adaptarse la vida de la libertad. Todo le llamaba la atención: el sol, los autos, la ropa. “Tengo ganas de darle un sopapo a alguno para volver a la cárcel. Allá tenía morfi todos los días”, confesó en una de las entrevistas que dio en aquellos días.

González Higonet murió el 23 de noviembre de 2007, apenas 20 meses después de haber recuperado la libertad. Hasta el último momento dijo que era inocente.

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