Walter Minor / Especial para infoeme
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Una de las satisfacciones más grandes que podemos tener cuando realizamos un trabajo de investigación extenso, es el de conocer una gran diversidad de personas. En el caso de mi libro SIN GALERA (*), esto no fue la excepción. Fuera de Olavarría, encontré las puertas abiertas de par en par en todos lados y en ese periplo foráneo conocí a uno de estos amigos que me sorprendió con su fanatismo casi desmedido hacia los hermanos Emiliozzi.
Pero además, este insobornable hincha de “los gringosâ€, es una persona bien informada y que aún hoy palpita aquellas carreras como si hubiesen ocurrido ayer nomás. Ni que decir cuando su mente se acopla con aquel Gran Premio de 1965, que –-según él- le provocó la amargura más grande de su vida y culminó con el encierro en su habitación para “hacer el dueloâ€.
Aquel Gran Premio de 1965 tuvo todos los condimentos. Loeffel y Cupeiro que corrían por el campeonato, el récord de las cuatro etapas ganadas por los Emiliozzi, más los tiempos increíbles logrados en algunos de los seis fragmentos y el triunfo asegurado que se escapó al final, pero que no alcanzó para sacarle a “la galera†otro título argentino
Alegría, tristeza, euforia, desazón, tensión, sufrimiento. Muchos sentimientos encontrados estuvieron amalgamados en ese final de año que culminó con el nuevo éxito logrado a través de una frustración. Por este motivo que comento, no tuve ninguna duda en pedirle al amigo Jorge Luis Briozzo que me relatara aquella carrera desde su óptica, poniendo el sentimiento personal ante cada alternativa que se suscitaba.
Mi única actividad en este maravilloso viaje por el TC histórico es la presentación en sociedad de Jorge, autor de esta joyita de colección.: la primera de cuatro entregas en la que les prometo que van a tener la sensación de ser transportados a la carrera más emocionante realizada por los hermanos Emiliozzi.
(*) El libro Sin Galera (la historia de los hermanos Emiliozzi antes del TC) se puede comprar en Balcarce 2874 (Olavarría), o llamar al teléfono (02284) 15585506.
Un hincha completamente fanático vuelve a “tocar†aquella sinfonía incompleta
Por Jorge Luis BRIOZZO
Me presento; soy Jorge Luis Briozzo, Ingeniero Civil, de 62 años; desde chico sentí pasión por los autos y aquel TC original (a mi entender EL TC), tal como lo era todavía el de 1965; que en ese momento era el documento de identidad automovilístico de nuestro querido País y competía mano a mano con el fútbol. Y ese entusiasmo no me vino de mi Padre sino de mi Tío materno, que ya desde la década del 40 seguía las carreras de TC, autos especiales, Fórmula 1, campañas de Juan Manuel Fangio, José Froilán González (su ídolo), etc.
Yo lo visitaba a menudo y ya por 1962 leía sus ejemplares de El Gráfico, que así me iban introduciendo en aquellas carreras de TC. A fines de 1964 yo ya las seguía por mi cuenta, pero sólo a través de diarios, revistas y, luego de un tiempo, también por radio y algún programa de TV por la noche; recién a partir de 1966 iría frecuentemente al Autódromo de Bs.As.
Gran Premio de 1965, primera etapa.
No tardaron Dante y Torcuato Emiliozzi en conquistarme; puedo decir sin dudas que encajaban perfectamente en lo que yo estaba asimilando en el colegio y mi familia: me mostraban; dentro de un marco de humildad; al estudio, trabajo y esfuerzo que se necesitan para lograr un objetivo: el tratar siempre de hacerlo mejor, repetirlo si no salió bien, etc. De estas siembras uno cosechaba los resultados con el nivel de éxito correspondiente.
Había por entonces una total coherencia entre el pensamiento de mis Padres, mis Maestros y los buenos ejemplos como los de estos inigualables hermanos, que aparecían así como una prolongación familiar y escolar, pero desde el ámbito deportivo y públicamente. Lo que nunca logró conmigo el fútbol lo consiguieron rápidamente ellos, pero dado que tengo la edad de la Galera; obviamente no pude acompañarlos desde sus comienzos y primeros grandes éxitos.
• LOS EMILIOZZI DURANTE EL AÑO 1965 EN TC
Resumo ahora, para dar un marco de referencia y comprender mejor aquel Gran Premio, cómo venía ese año 1965 para Dante y Torcuato:
1. Con el clásico motor Ford 59 AB Dante acopia puntos decisivos en poco tiempo durante la primera mitad del año: en la Vuelta de Firmat gana con calor, algo de barro y la ayuda de una circunstancia favorable: fue la rotura de un neumático del joven Luis Di Palma (al final, segundo); en Necochea gana a casi 205 km/h, por gran margen y gracias al resistente motor. Luego logra tres segundos puestos en Santa Fe (rueda a rueda con el ganador Marcos Ciani); Bahía Blanca y Pergamino detrás de Jorge Cupeiro con el Chevytú, que ya se definía claramente como el gran desafiante de ese año para suceder a Dante Emiliozzi como campeón.
2. Párrafo aparte para el Gran Premio Internacional Dos Océanos, un hito que no se repitió jamás y que, con el triunfo de La Galera, permitió a Dante sumar los 30 puntos que otorgaba al ganador y que serían decisivos en este campeonato; con el agregado de la favorable circunstancia que agregaron los pobres o nulos resultados de sus rivales más peligrosos. Sin duda esa carrera única merece una crónica aparte similar a ésta.
Dante entrevistado. Atrás Torcuato.
3. Es así que, Dante llegaba al invierno de 1965 con 66 puntos en el campeonato; lo seguía Álzaga: 29; Cupeiro: 24; Löeffel: 21; Pairetti: 18; Casá: 15,50, mientras que mucho más atrás Bordeu: 4; Ángel Rienzi no tenía puntos todavía y estaba dedicado a terminar su nuevo auto con el motor F-100, que sería protagonista en la segunda parte del Campeonato.
Dante y Torcuato tenían en construcción un nuevo auto en los talleres Baufer, pero como no se llegaba a terminar durante 1965, prefirieron dejar de correr por tres meses para desarrollar y adaptar el motor F-100 a La Galera. Querían reaparecer en la Vuelta de Olavarría, mientras la impaciencia se adueñaba de hinchas extremos como yo, que veíamos cómo los dos Chevrolet 250 de Cupeiro y Löeffel más el F-100 de Rienzi ganaban carreras y sumaban de a 9 puntos.
Aclaro que se otorgaban 9, 6, 3 y 1 punto a los cuatro primeros en carreras de ruta; 3, 2, 1 y 0,5 punto para los mismos puestos en autódromos; si bien con La Galera y el 59 AB venían dando ventajas, se preveía que pasando al F-100 el campeonato se podría pelear.
4. Pero no fue fácil lograr la confiabilidad; a días de la primavera reaparecieron en Olavaria; el F-100 sonaba como una nueva música a la que nos deberíamos acostumbrar de aquí en más; pero no duraba. Las penurias con el F-100 continuaron en las Vueltas de Tres Arroyos, Mercedes y Junín con lo cual a mi impaciencia yo sumaba el desconcierto; a esta altura me preguntaba: ¿habrían hecho bien en dejar a mitad de año el noble Ford 59-AB que, al menos llegaba y sumaba puntos?
5. Pero sabía que el F-100 de ellos empujaba y sólo le faltaba llegar; logro que finalmente alcanzaron en la Vuelta de San Antonio de Areco. Allí dieron cátedra de preparación y manejo avisando claramente, a sus rivales e hinchas, que no se los debía descartar todavía.
6. Les ganaron a todos y en forma contundente; con lo cual yo recuperé la autoestima deportiva ante mis amigos tuercas, que me venían “castigando†desde hacía varios meses. Pero luego, en la Vuelta de Tandil, otra vez un abandono; en punta pero esta vez debido a falta de frenos.
7. El Campeonato, justo antes del Gran Premio, decía que Cupeiro y Emiliozzi sumaban 75 puntos (pero Cupeiro tenía más triunfos y de terminar el campeonato, así quedaba campeón) mientras que Löeffel tenía 57 y Rienzi 54, pero éste no correría por estar convaleciente de su vuelco espectacular en la reciente Vuelta de San Antonio de Areco.
Entonces el gran duelo era Cupeiro-Emiliozzi y en un segundo plano Löeffel obligado a ganar o llegar 2º en el G.P.; como condiciones necesarias pero no suficientes para ser el campeón; sin Rienzi eran los tres que matemáticamente contaban con posibilidades de llegar al título de 1965.
El Gran Premio, por su extensión, daba 30, 20, 10 y 5 puntos a los cuatro primeros en la general y 3, 2, 1 y 0,5 para los mismos puestos y por etapa, siempre y cuando no llegaran entre los cuatro primeros al final del G.P.
8. Pero, aún así, en ese caso sólo se permitía acumular como máximo 4 puntos (por una cuestión de lógica, un punto menos que quien llegase cuarto en la general que ganaba 5).
• MIS EXPECTATIVAS PERSONALES ANTE EL GRAN PREMIO
Esto se me presentaba apasionante pero también peligroso; aún con mis jóvenes 16 años, pero con genes de Ingeniero en desarrollo, yo hacía todo tipo de análisis día y noche preocupándome que el F-100 volara en pedazos por el aire durante la veloz 1º etapa. Por otra parte y para “compensarme†yo razonaba: “hace ya dos carreras que no se les rompe y para el G.P. seguro que lo descomprimen un pocoâ€. Para mí era vital sumar más puntos que Cupeiro ya en la 1º Etapa; volviendo a liderar el campeonato y poniéndose a cubierto por si después la carrera no fuese benigna para ninguno de los tres candidatos a campeón.
Además, me hacía un lugar para pensar que los Chevrolet de Cupeiro y Löeffel también podían llegar a sufrir en este veloz comienzo. Debo confesar que “mi prioridad†en ese momento era retener el campeonato y el peor Gran Premio que se me ocurría imaginar era que una vez finalizado, esos dos Chevrolet no sumaran puntos y Dante tampoco, debiendo así ceder el título ante Cupeiro, empatado en los 75 puntos como venía.
Y seguía razonando para mí que el moderno Chevytú todavía no había aprobado el examen de resistencia en un Gran Premio, pero bien claro tenía que podría ganar esta primera etapa y porqué no también la 2º. Por el lado de Löeffel estaba más tranquilo ya que, además de estar lejos en el puntaje, su estilo y temperamento no lo ayudarían en una carrera tan larga.
Tapa del diario La Razón.
Por las características del trazado de la primera etapa y de correrse sin lluvia ni viento de frente, se preveían promedios interesantes aún cuando muchos corredores aseguraban que “iban a cuidar†hasta la tercera etapa; a la mayoría yo no les creía y esa famosa expresión: “la carrera comienza en la 3° Etapa†a más de uno le sirvió de excusa luego de finalizadas la primera y la segunda. Pero ahora dejo de pensar y razonar tanto y “largo†el Gran Premio:
Comienzo el recuerdo contando que pude repetir con mi tío la fascinante noche que ya había experimentado un año antes, en ocasión del Gran Premio de 1964; ambos vivíamos cerca, en San Isidro y por segunda vez me llevó a ver pasar la caravana de corredores por Avenida del Libertador, luego de la largada simbólica frente a la Sede Central del Automóvil Club Argentino en Palermo. Decir que La Galera sonaba contundente, aún a los 70 km/h con los que calculo pasaron frente a nosotros, es una afirmación totalmente subjetiva que me permito hacer en mi condición de hincha incondicional e insobornable.
Fue difícil dormir después de ver y sentir aquello…
• PRIMERA ETAPA – 539 km
Al día siguiente el asombro durmió tan poco como yo y se levantó temprano; desde Luján y a las 7 de la mañana largó la Galera como una exhalación y se comenzó a escapar de todos. Para mi tranquilidad inicial Cupeiro largó fallando, con algún problema de bujías y fue superado por tiempo y en el camino por varios corredores. A los 90 km (Chivilcoy) ya Dante y Torcuato promediaban más de 216 km/h y le llevaban 1 minuto y medio a Pairetti !!!. Yo comenzaba mis oraciones…
Löeffel estaba a 3 minutos y medio y Cupeiro en la posición 23º; Galbato y Menditeguy insinuaban por momentos intenciones de querer seguirle el tren a la Galera, pero finalmente les resultó imposible.
Mis pensamientos seguían dando vueltas sobre cómo mantener el título de campeón.
Por 9 de Julio (197 km) Dante andaba a más de 217 km/h y delante de Menditeguy por casi 1 minuto y medio; Löeffel a más de 4 minutos y Cupeiro reanudaba con una marcha normal después de más de una detención por bujías y bobina que lo dejó 46º en el camino.
Dos preocupaciones que me solían aparecer cuando los Emiliozzi corrían a esas velocidades se debían a las probabilidades de atropellar animales sueltos en la ruta (además de pájaros) o de desbandar un neumático; ambas con riesgos de accidentes graves. Aunque confiaba ciegamente en la prolija preparación del auto, no me olvidaba que el primero en la ruta es quien encuentra a los animales desprevenidos; luego de él, quienes vienen atrás ya los encuentran atentos; lo que es casi decir: ya no los encuentran.
Clasificación de la primera etapa.
En Pehuajó (298 km) se mantenían los 217 km/h de promedio y Dante llevaba 3 minutos y medio a Galbato, que ese día sorprendía; Pairetti a casi 5 minutos, Löeffel a 5 minutos y medio, Casá a 6. Cupeiro ya estaba en 16º lugar, descontando diferencias a todos menos a La Galera, que se le seguía escapando.
Poco después, un pájaro astilló el medio parabrisas de Torcuato y luego otra ave pegó en el mismo lugar, abriendo un orificio y dejando el vidrio a punto de desprenderse. Más tarde, los Hermanos contarían que en esas condiciones se embolsaba mucho el aire y que Dante manejó sólo con la mano derecha durante unos minutos; mientras, con la izquierda le ayudaba a Torcuato a trabar el vidrio con una varilla de madera.
Cuando lograron contener precariamente los trozos de vidrio y Dante volvió a concentrarse totalmente en el manejo, se dio cuenta que estaban andando a sólo 180 km/h !!. Y aquí me permito reflexionar sobre los elevados niveles de confianza, tanto en el auto preparado por ellos mismos como en el control del piloto para animarse a semejantes operaciones mientras se corría a esas velocidades. Una Confianza Mutua, que unía aún más a Los Hermanos.
Casos como éste, resueltos con éxito, también ponían de manifiesto el título de Campeón que lucían merecidamente desde hacía tres años.
Yo agradezco que el azar no mandó los pájaros al medio parabrisas de Dante; alternativa que hubiera complicado enormemente su manejo y lo hubiera atrasado varios lugares en la clasificación. Ni hablar si cada pájaro elegía su exclusivo medio parabrisas…
Aún como ocurrió realmente, el ritmo de marcha ya no fue tan normal porque; según fuesen las ráfagas de un viento que venía de costado; se embolsaba más o menos el aire que en parte entraba a La Galera con las molestias imaginables.
Y hoy, como entonces, pienso: menos mal para los motores que el viento no venía de cola.
Al paso por Pellegrini (428 km) el promedio de la Galera había superado los 218 km/h y le llevaba más de 5 minutos y medio a Galbato, casi 8 a Pairetti y Löeffel; 9 y medio a Casá. Cupeiro subía a la 12º posición, pero a 15 minutos de Dante.
Si bien se venía palpitando por radio, el veloz arribo de Dante y Torcuato a Santa Rosa tomó por sorpresa a casi todos ya que, con su impresionante actuación, superaron todos los cálculos previsibles. Ganaron la etapa a 217,031 km/h; Galbato quedó segundo a casi 7 minutos; Löeffel tercero a más de 8 y Cupeiro llegó 15º, a casi 21 minutos. Y en total arribaron 67 corredores de los 101 que largaron en Luján.
Ambos hermanos bajaron del auto como si tal cosa; sin un solo gesto ampuloso como los que se ven actualmente en TC y varios deportes más, que parecen más propios de guerreros romanos que de deportistas. Ellos seguían mostrando su enorme humildad lo cual, en definitiva, no hacía otra cosa que resaltar aún más su grandeza.
Ya en el Parque Cerrado contaba Torcuato que estaba sordo “porque el viejito Valerga se olvidó de traernos algodones para los oídos a la largada de Lujánâ€. También contó que desde allí salieron a fondo hasta la primera información que recibieron de sus auxilios en 9 de Julio; el cuentavueltas llegaba a 6.000 revoluciones (unos 240 km/h!!!).
Ya enterados de la ventaja inicial, de ahí en más “bajaron†a 5.800 R.P.M. (poco más de 230 km/h) hasta que sucedieron los episodios con los pájaros y debieron cuidar un poco más.
Y yo pensaba: ya los 217 km/h son una hazaña en esos caminos angostos, con un Ford 1940, con la edad que tenían ambos, haciéndolo todo ellos, etc. Pero si no hubieran sufrido esos inconvenientes a lo mejor el promedio de la etapa subía todavía un par de km/h más, ya que corrieron nada menos que 200 km con el “parabrisas tuerto†hasta llegar a Santa Rosa.
Yo sentía una mezcla de asombro, alegría, orgullo, bastante tranquilidad por la diferencia con los rivales de campeonato y por si fuera poco, el saber que Dante ya sumaba 3 puntos más y retomaba el liderazgo en la tabla de posiciones del campeonato, al menos hasta aquí.
Y no era poca cosa…
Tenía una primera sensación que los factores externos parecían ponerse de acuerdo para no entorpecer el lucimiento de Los Emiliozzi en procura del Campeonato y el Gran Premio.
No obstante ello veía a Löeffel bien posicionado y amenazante ante cualquier problema que Dante pudiera sufrir. Por el contrario, Cupeiro perdía mucho tiempo en una 1° Etapa que, en los pronósticos, presentaba claramente al Chevytú como el competidor más temible.
Y me parecía que la cupé de Löeffel iba a resistir mejor que el moderno Chevytú de Cupeiro las durezas de las montañas, los pozos, badenes, lomos de burro y hasta algún golpe contra las piedras. No había referencias sobre ambos pilotos de actuaciones importantes en montaña, aunque durante 1965 y en el llano se pudieron identificar bien, tanto el manejo fino de Cupeiro como el temperamental y a veces casi “brutal†de Löeffel.
Dante tenía entonces a su primer rival bastante lejos con un auto que no se sabía si iba a soportar “lo duro†por venir; al segundo rival más cerca en la clasificación, con un auto duro como La Galera, pero conducido en forma temperamental e impulsiva. Y nada más contraindicado que esto último para correr un Gran Premio aspirando al título en juego.
En el colegio estábamos rindiendo los exámenes trimestrales finales de 4º año del secundario pero ese día se comentaba, por sobre cualquier otro tema, la hazaña mecánica y conductiva de los Emiliozzi.
Yo, además de hacerlo, rendía buenos exámenes orgulloso como nunca de mis ídolos!!!
