Guerrero en el Paraguay, sobreviviente en la vida

Por Redacción

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Walter Minor / Especial para Infoeme
walterhistorias@gmail.com

La “Guerra de la Triple Alianza”, o “guerra del Paraguay”, que en realidad fue Contra El Paraguay, es la más antipopular y criminal que se perpetró contra un pueblo latino en toda la historia.

Los hechos verdaderos se mantuvieron ocultos, hasta que en 1986, un gran historiador revisionista (quizá el primero), llamado José María Rosa, hizo un magnífico relevamiento documental y dejó expuestos los verdaderos sucesos.

Allá, por la década del 60 del siglo 19, el pueblo Paraguayo era el único que poseía un desarrollo productivo que le permitía la total autonomía económica en América y además el único también que no había contraído deuda externa.

Esto no convenía en grado alguno a los intereses británicos que pregonaban el liberalismo, porque mediante este sistema podían vender el excedente de sus manufacturas y endeudar a otros países. El modelo Paraguayo planteaba el riego de que pudiese ser tomado por otros y ahí se terminaría el gran negocio del Reino.

Argentina y Brasil tenían deudas con Inglaterra y el gobierno de Mitre le debía al Brasil la intervención de su ejército para destituir a Juan Manuel de Rosas en 1852. Y como esos favores y deudas se deben pagar algún día, este era el momento.

El problema radicaba en que Uruguay era un país aliado a los paraguayos y resultaba un estorbo para los planes bélicos. La situación fue solucionada fácilmente en 1863 cuando Venancio Flores, un liberal apoyado por el gobierno de Bartolomé Mitre, derrocó al presidente Uruguayo e instauró un mando acorde a las ambiciones de Gran Bretaña, Brasil y Argentina.

Al saber que la armada Brasileña había intervenido en el atropello, el Gobierno paraguayo le declaró la guerra al Brasil. Argentina, mientras tanto, se había declarado mentirosamente neutral y deja la afirmación en claro cuando le niega el paso a los paraguayos por Corrientes para perseguir al enemigo. Dolido por la falsedad de Bartolomé Mitre, El gobierno de Solano López también le declara la guerra a la Argentina.

Mitre esconde ese documento y hace ver el paso paraguayo por Corrientes como una invasión, cosa que hasta los propios correntinos se negaron a admitir.

En mayo de 1865 Brasil, la Argentina y Uruguay firman el Tratado de la Triple Alianza, en el que se fijaban los objetivos de la guerra y las condiciones de rendición que se le impondrían al Paraguay.

Mitre entonces alardeó: “En 24 horas en los cuarteles, en 15 días en campaña, en 3 meses en la Asunción”. Y nunca estuvo más equivocado porque aquella carnicería contra los hermanos paraguayos duraría casi 5 años.

Tal fue la impopularidad de esta Guerra, que provocó levantamientos en Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis. Los trabajadores correntinos se negaron a construir embarcaciones para los aliados, los entrerrianos se sublevaron y los combatientes fueron reclutados a la fuerza y llevados engrillados para que no escapasen.

Solo Mitre y el gobierno porteño querían aquella guerra, mientras que el desicivo Justo J. de Urquiza fue sobornado por el banco de Maúa para no mover sus tropas en favor del Paraguay, a pesar de que el propio pueblo entrerriano lo pedía.

También intelectuales como Juan Bautista Alberdi y José Hernández apoyaban al Paraguay.

Para los paraguayos, la guerra era una causa nacional. Todo el pueblo participaba activamente de la defensa, mientras que los aliados eran pagos o forzados a combatir.

Esta larga Guerra le costo al paraguay la pérdida de su autonomía y la extinción del 80 por ciento de la población masculina de entre 12 y 60 años. Para Argentina, la vida de 50.000 soldados y una pérdida de más de 500 millones de pesos.

El gran beneficiado fue Inglaterra, financista de aquella acción mediante empréstitos que multiplicaron enormemente las deudas externas de Argentina y Brasil. Además de ello se quitó de encima al molesto paraguay, por lo que hizo un gran negocio en base a una multitud de cadáveres Latinos.

Otros beneficiados fueron los comerciantes y ganaderos porteños y entrerrianos cercanos al poder, que hicieron grandes negocios abasteciendo a las tropas aliadas.

Brasil finalmente saqueó Asunción, instaló un gobierno títere y se quedó con partes del territorio.

El regreso de las tropas a Buenos Aires, en 1871, provocó una impresionante epidemia de fiebre amarilla contraída por los soldados en la guerra. Aquella peste dejó un saldo de trece mil muertos.

Parte del costo monetario de una guerra inútil

Para la guerra en sí (1866-1868)

1866: $ 5.891.414,10
1867: $ 7.771.030,43
1869: $ 3.647.952,50
Total $ 17.510.397,03

Para reprimir levantamientos internos de las Provincias Argentinas que se oponían a la Guerra contra el Paraguay (1866-1868)

1866: $ 43.319,39
1867: $ 1.540.916,26
1869: $ 4.248.200,36
Total $ 5.832.436,01


Cadáveres paraguayos en una guerra que no debió ser.

Cabe acotar que el 27 de mayo de 1865, al iniciarse las acciones bélicas, fue aprobado por ley un empréstito de 2.500.000 libras esterlinas en condiciones muy desventajosas, pues además del alto interés de la misma, el endoso prohibía por un tiempo estipulado volver a negociar un nuevo empréstito

A pesar del endeudamiento, las muertes y la inutilidad de aquella guerra para nuestro país, al finalizar la misma Mitre y Sarmiento se vanagloriaron de que finalmente, con esta acción, se imponía el librecambismo. O para decirlo mejor, la pretensión Inglesa de seguirnos exprimiendo.

Terrible, ¿verdad?...

Entre los soldados que formaron parte de aquella guerra nefasta, hubo gente que habitó en nuestro partido. Tal vez el más conocido por haber aparecido varias veces en la prensa y ser un personaje de la ciudad, fue el Sargento Cabañas, del que hoy haremos una pequeña semblanza

EL SARGENTO CARLOS CABAÑAS

Nadie supo nunca cómo apareció por Olavarría este hombre de figura fornida y sonrisa continua, el caso es que Carlos Cabañas se fue convirtiendo de a poco en un personaje necesario para la vida cotidiana de la floreciente ciudad.

Vaya a saber quién decide el grado de necesidad, la importancia de este tipo de personajes, y las virtudes que lo hacen tan indispensable, aún sin tener ninguna condición para que eso suceda. El caso es que Cabañas perteneció a esa extraña raza de individuos que forman el curioso patrimonio de cualquier localidad.


Francisco Solano López, presidente paraguayo.

En nuestro personaje de rasgos chinescos sobresalía una sonrisa ancha que lo acompañaba siempre. Los dientes blancos y perfectos redoblaban imaginariamente la amplitud de aquella boca, que parecía aún más grande de lo que ya era.

Había luchado en el Paraguay desde 1865 a 1870. Varias veces escapó de una muerte casi segura y de ello hablaban en silencio las variadas cicatrices que le cosían todo el cuerpo.

Poseía un amplio repertorio de relatos rescatados de aquella trayectoria, que, al ser contados a cada momento, hicieron que el ex Sargento consiguiera el atractivo que lo transformaría en persona imprescindible.

Tenía la particularidad de saludar a las personas a la usanza de cada familia, como se estilaba en aquel tiempo de inmigración constante. Esto lo hacía mezclando palabras en Italiano, Francés o Español, según fuese la ocasión.


Niños y ancianos defendiendo su país.

Era muy habitual verlo pasar cada mañana con una ristra de achuras que conseguía en el matadero municipal y que él, en su infinita bondad, compartía con la gente de extrema pobreza que habitaba los suburbios olavarrienses. A sus espaldas, una jauría de perros se amontonaba esperando la ración, entre ladridos ensordecedores y aullidos de dolor causados por algún mordisco.

El Sargento formaba parte importante del paisaje y los habitantes fueron quienes así lo decidieron.

Para1912, Carlos Cabañas ya era un anciano y lo poco que podía obtener no le alcanzaba para vivir dignamente. Justamente a él que había sido el mayor sustento de los pobres durante mucho tiempo.

La Guerra de la Triple Alianza le había dado ciertos derechos que jamás le fueron reconocidos. Tenía en su poder comprobantes de haber estado en el sitio de conflicto, uno de los cuales le fue otorgado por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires en enero de 1870, con la firma del propio gobernador Emilio Castro y su secretario Malaver.

En ese documento se establecía que “el Senado y la Cámara de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, reunidos en asamblea general, han acordado con fecha 16 de diciembre de 1869, una medalla a los jefes, oficiales y soldados de la Guardia Nacional de la Provincia, que terminan la campaña contra el gobierno de Paraguay”

Claro que Cabañas seguía teniendo el diploma y la medalla… ¡pero también tenía hambre!!!... y ese hambre lo debió saciar el gobierno con una pensión que nunca le dio, a pesar de presentar varias veces la documentación pertinente.

Cuando estuvo acosado por la necesidad extrema, Cabañas vendió unas chacras que tenía en la localidad de Lincoln a través de un político. La tierra no valía demasiado en ese entonces, por lo que los 200 pesos que recibió sólo lo aliviaron por un corto período.

Quienes conocieron a este pícaro veterano de guerra, contaban que tenía la contradictoria virtud de “robar pidiendo”. Algo así como decir… ¡Buenas tardes Don XX!!!!... que lindos zapallitos tiene…me llevo uno…. Y ahí nomás, sonriente como siempre, lo cortaba y se lo llevaba para resistir un día más, dejando sin defensa al dueño del producto.

Cierta vez fue invitado a Buenos Aires para desfilar en el centenario de la Patria (1910) y el anciano destapó el viejo baúl para extraer un gastado uniforme militar de sargento. Luego de eso viajó a mostrarse orgulloso con los restos de lo que fuera a los comienzos del conflicto una inmensa tropa.


Iglesia paraguaya destruida por bombardeo brasileño.

Cuentan también que en esa ocasión fue obligado a bañarse y que muchos aseguraron socarronamente que con esa acción se iba a enfermar… y aunque había sido una broma, el caso es que el Sargento Cabañas enfermó realmente.

Aquel viejo servidor de la patria, mal pagado por esta, falleció casi centenario y solo. El afecto de la gente fue tal vez el único bálsamo que encontró su alma para tener un poquito de felicidad cada día.

La condición de veterano de guerra no movilizó un solo sentimiento de las autoridades cuando debieron colaborar con él. Aquel enfrentamiento que costó la vida a 50.000 soldados argentinos no sirvió para conmover a una clase política que siempre tuvo la deplorable “virtud” de abandonar a sus servidores reales.

Carlos Cabañas, tal vez merecía un recuerdo, porque sin tener ninguna condición sobresaliente, demostró que, afectivamente, una persona puede ser indispensable dentro de la sociedad, aún sin ser indispensable.