Aurora Alonso de Rocha / Archivo Histórico Municipal
Hasta el año del centenario de la Ciudad, 1967, su figura era poco relevante. Se festejaba con los mayores fastos la creación del Partido, el 22 de octubre de 1878 y al héroe de la Independencia Cnel. José de Olavarría. Alvaro Barros era casi un desconocido. Ni la plaza céntrica ni una de las calles que la circundaban llevaban su nombre ni había algún monumento en su homenaje, como era de rigor en las ciudades bonaerenses (por ejemplo, el de Levalle señalando la vastedad de la pampa en la gran plaza de Carhué).
La personalidad insobornable, que lo había llevado a hacer planteos en favor de los soldados indios y criollos, sus ideas sobre economía y política sostenidas en sus libros, ya que era un reconocido tratadista, y sus diferencias con el partido de Mitre, produjeron su alejamiento en un cargo lleno de honor pero de duro cumplimiento: primer gobernador de la provincia de Patagonia, en 1879, que significaba la residencia en el sur y la responsabilidad sobre una jurisdicción enorme y en parte desconocida, desde el mar a los Andes y desde Buenos Aires hasta la Antártida, con las islas, en medio de los conflictos irresueltos con Chile.
Alvaro Barros, el Cnel Supisiche y el Gral Levalle (el ya mencionado fundador de Carhué) habían recibido poco después de la fundación un solar urbano cada uno frente a la plaza central de Olavarría, sobre la calle Vte López entre Gral Paz y San Martín (entre los sitios de la antigua casa de Mujica y el Banco de Olavarría). Debían ocuparlo durante dos años introduciendo las mejoras que prescribía la ley: una construcción habitable, pozo de agua y letrina, manteniéndola permanentemente como vivienda. Recién entonces podían pedir la escrituración.
Sólo Levalle pudo vivir dos años en Olavarría, escrituró y años después le vendió al señor Rendón. Alvaro Barros había tenido que irse en 1879 al sur y al hacerlo había perdido la propiedad, pues las condiciones se cumplían con mucho rigor, tanto, que también perdió un predio que había dejado sembrado de trigo cerca del actual Regimiento, predio que había planeado hacer trabajar por un grupo de indios experimentando con nuevas variedades de cereales. Un hacendado de Azul consiguió más tarde comprarle a la Municipalidad la cosecha del que consideró el mejor trigo de la zona.
Cuando se retiró, parlamentario, escritor y militar con fama y sin fortuna, residió hasta su muerte en una modesta casa de la capital. En 1967 llegaron sus hijas ancianas y trajeron la urna con sus cenizas, que fueron enterradas al pie del monumento. El escultor porteño Ricardo Capurro es el autor, al igual que del diseño de las medallas que se acuñaron.
En ocasión de esos festejos se publicó el Ensayo Histórico de Olavarría, obra de los historiadores Cortés, Valverde y Arena, y a ellos se debe en parte la atención sobre las circunstancias del fundador y de los comienzos del pueblo, ese pequeño pueblo y fortín que resultó ser el corazón de una población que creció y cobró identidad.
En las escuelas, en la Universidad, la obra y la personalidad de Alvaro Barros merecen ser conocidas y valoradas. Será el mejor homenaje.
