Emilio Moriones / Infoeme
Fotos interiores: gentileza Cristian Baliño
Tiene un álbum con fotos del atentado. Los diarios hispanos del día después. Un video. Hacía quince días nomás que vivía en Nueva York cuando el terrorismo dio su peor golpe de la historia. El 11 de septiembre de 2001 el mundo puso sus ojos en las torres más altas del World Trade Center y las vio derrumbarse. Y allí estaba él, testigo de ese desastre hace ya una década.
Cristian Baliño (38) nació en San Jorge pero a los 18 años se radicó en Olavarría. Con 28 recién cumplidos el 24 de agosto de 2001 viajó a Estados Unidos y se instaló en Queens, a sólo “tres minutos†de New York City, sin saber que dos semanas más tarde estaría en el centro del terror. Igual se quedó cuatro años, es el lugar donde él quisiera estar aún hoy. Este sábado, a horas de que se cumplan diez años del atentado a las Torres Gemelas, rememoró el 11-S y cómo cambió todo desde ese momento.
“Hacía muy poco que me había recibido de profesor de Educación Física y contactado por un amigo decidí ir a probar suerteâ€, contó para meterse en el contexto de un momento de su vida. “Trabajaba en un negocio de productos orgánicosâ€, recordó.
Estaba trabajando cuando se inició el atentado. “Había entrado a las nueve de la mañana y cinco minutos después fue el primer impacto contra una de las torres. Escuché lo que pasaba por radio, salimos afuera y vimos el humo que salía en lo alto de la torre. Al principio se creía que había sido un accidente interno. A las 9:15 fue el segundo impacto, ahí sí se alarmó toda la ciudad y nos enteramos que era un atentadoâ€, relató.
“No entendía nada, era un inmigrante y hacía poco tiempo que estaba, no entendía lo que pasaba, estaba completamente desorientado y veía todo extraño. Lo tome al principio como algo lejano hasta que caí. Mi familia me contactó enseguida, muy preocupada.
“A la semana cayó otro avión en el barrio donde vivía (en Queens se encuentra el aeropuerto La Guardia, de donde salen vuelos de cabotaje). Aumentó el caos y mi familia se preocupó muchoâ€, narró.
Cristian aún conserva las imágenes y sensaciones de ese 11 de septiembre como si el tiempo no hubiera pasado. “Ese día hacía calor, me impresionó la gente caminando a sus casas, no había medios de transporte y cruzaban los puestos caminando. Me impresionó el silencio de la gente. Iban con la cabeza gacha, miraban los televisores de los comercios y seguían camino. Me llamaba la atención la frialdadâ€.
“Los inmigrantes, al otro día nomás, vendían sus pertenencias y dejaban el país. No pensé demasiado, me quería quedar y me quedé, quise afrontar la situación pero todos los días escuchaba en los medios los comunicados en los que leían los listados de las personas fallecidasâ€. El dolor se mezclaba con la tristeza y la impotencia.
Cuando llegó a Cristian le había llamado la atención la gran cantidad de personas de origen musulmán, pakistaní y árabe. “A los pocos días del atentado su presencia fue disminuyendo considerablementeâ€, comentó.
Frente al local donde trabajaba había un kiosco que era de unos árabes. Un mediodía llegó el equipo SWAT y un helicóptero porque al parecer estaban involucrados en el ataque. Rodearon todo el lugar. “Ese día sentimos pánico de verdad. Los días siguientes nos fuimos enterando con retraso que todos los días se lograban frustrar diferentes ataques con explosivos en trenes y debajo de los puentesâ€, continuó su relato.
“El tema del ántrax (una bacteria letal que circulaba en cartas y encomiendas) también fue traumático. Ninguno de los que vivíamos en el edificio quería recoger las cartas que llegaban en los días siguientes al atentadoâ€. La suma de todos los miedos en la potencia americana. Así se vivía.
Desde el 11-S Cristian se ha propuesto no revolver entre los recuerdos. “No miro nada de lo que pasó, me hace mal. Lo único que me traje fueron recuerdos fotográficos de la ‘zona cero’ (el lugar del derrumbe de las torres), pero en la actualidad trato de evitar mirarlos. Para mí Nueva York sigue siendo una materia pendiente, es mi lugar en el mundo, amo ese lugar, allí pasé los mejores cuatro años de mi vidaâ€, asegura pese a todo lo que vivió al llegar.
Cristian volvió en 2005 a Olavarría por una lesión en su rodilla que lo obligó a regresar para operarse. No pudo volver a Nueva York. En 2001 había ingresado sólo con su pasaporte, pero después de la caída de las Torres los ingresos se volvieron más rigurosos y cambiaron las leyes para entrar al país.
En realidad, todo cambió después del 11 de septiembre que sacudió al mundo.
