Sólo una de cada diez personas con VIH tiene un empleo formal en la Provincia

Por Redacción

--------------------------
Tras quince años como enfermero en una clínica privada, Osvaldo Segovia perdió de pronto su empleo por una extraña reducción de personal que sólo parecía afectarlo a él. Debieron pasar tres años hasta que pudo entender la verdadera razón de su despido. Fue en 2001 al enterarse de que estaba enfermo con VIH. Desde entonces, pese a ser un excelente profesional, Osvaldo no ha logrado volver a tener un trabajo en blanco. Cada vez que se somete a un chequeo médico preocupacional surge alguna excusa por la cual resulta que su perfil no es el buscado.

Lejos de constituir una rareza, el caso de Osvaldo es más bien la norma entre quienes viven hoy con VIH en nuestra provincia. Un estudio que será presentado la semana que viene ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestra que apenas el 14% de ellos posee un empleo formal en territorio bonaerense, y que casi la mitad no llega a cubrir con sus ingresos la canasta básica de 1.186 pesos del Indec.

La investigación -realizada por la Red Bonaerense de Personas Viviendo con VIH/Sida- indica también que el 35% de quienes sufren esta enfermedad subsiste de trabajos no registrados, que otro 35% de ellos depende de una pensión, y que el resto vive gracias a un subsidio por desempleo o la ayuda de su familia.

La profunda discriminación que revela el estudio no se limita sin embargo al mundo del trabajo. “La ves en la guardia del hospital, en la mirada del chofer de colectivo al que le entregás el pase para viajar, en el barrio, en la familia, en la pareja...”, enumera Osvaldo. Y Marcela Alsina, que lleva 23 años viviendo con la enfermedad, le da la razón porque sabe bien de lo que habla. De hecho, lo supo desde el primer momento.



“Cuando me dieron el diagnóstico yo trabajaba en una empresa con otras doscientas mujeres. Todas las mañanas desayunábamos juntas. Un día una de ellas se me acercó para decirme que sabían que tenía VIH y que les daba miedo estar conmigo. Ese mismo día decidí renunciar a mi trabajo. A mí no me echaron los empleadores sino los empleados, mis propias compañeras”, relata la titular de la Red Bonaerense de Personas Viviendo con VIH/Sida y principal responsable del estudio sobre discriminación laboral.

Mientras que el último informe de ONUSIDA, difundido días atrás, muestra cómo por primera vez en la historia las políticas sanitarias empiezan a torcerle el brazo a la enfermedad, quienes la sufren no logran escapar del profundo drama social del prejuicio y la discriminación.

Una doble ilegalidad

“El mecanismo de la discriminación laboral es muy simple en estos casos -explica Patricia Pérez, la presidenta de la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con Sida (ICW)-: “cuando vas a hacerte un chequeo preocupacional, el médico de la empresa te entrega unos papeles para que firmes, y entre esos papeles desliza inocentemente un consentimiento informado para un test de VIH. Si no lo firmás, no te toman; si lo firmás y resulta que el test da positivo, buscan entonces alguna excusa para no contratarte”.

“Pero como las empresas temen ser demandas por discriminación, no sólo nunca te dicen el verdadero motivo para no contratarte, sino que tampoco te avisan que estás enfermo; por lo cual incurren en un doble acto de ilegalidad, un doble acto de irresponsabilidad criminal”, sostiene Pérez, cuya organización viene trabajando junto a la OIT para ponerle freno a este tipo de situaciones.

Una ocultación de su diagnóstico en un examen laboral de rutina fue precisamente lo que sufrió Osvaldo Segovia al perder su último empleo formal. Luego vinieron las excusas. “Seguí buscando trabajo pero siempre pasaba lo mismo: al llegar el momento del preocupacional y quedar en evidencia que era positivo me decían cualquier cosa para no tomarme: que no daba con el perfil; que habían resuelto reducir la toma del personal... Tarde o temprano te deprimís y dejás de buscar”, dice.



“Los resultados del estudio no nos sorprendieron para nada -reconoce Marcela Alsina-. Sabíamos bien con qué íbamos a encontrarnos porque los vemos todos los días y es uno de los problemas más grandes que tenemos hoy las personas que vivimos con esta enfermedad. Incluso compañeros nuestros con una enorme preparación quedan excluidos del sistema laboral”, asegura la presidenta de la Red.

“Lo que muestra el estudio en la provincia de Buenos Aires está sucediendo en muchos lugares del mundo y es uno de los grandes problemas que debemos enfrentar hoy”, coincide Patricia Pérez desde ICW, una organización que viene realizando campañas mundiales para ponerle freno. Con esa meta, una de las medidas que impulsa es apelar a la responsabilidad social empresaria para que los empleadores dejen de exigir chequeos médicos de rutina a sus empleados.

“Sin el pan y sin la torta”

Ni chequeos de rutina, ni estudios preocupacionales... para Diego Thill Caselli, el principal obstáculo para conseguir un trabajo en blanco es la propia pensión que recibe del gobierno nacional por estar enfermo. Cuando el año pasado, después de mucho tiempo, tuvo la oportunidad de que lo blanquearan como empleado de una zapatería de La Plata, Diego se vio ante una disyuntiva común entre quienes tienen VIH y terminó renunciando a ella.

“Las dueñas del comercio estaban chochas conmigo y yo quería seguir trabajando con ellas, pero no podían arriesgarse a tenerme en negro; así que me plantearon regularizar mi situación. Y aunque me hubiera encantado, no pude aceptar porque hubiera perdido automáticamente mi pensión. Y la pensión es lo único que me garantiza contar siempre con una obra social, algo muy importante en mi caso”, explica Diego.

“Es algo que nos pasa muy seguido -afirma la presidenta de la Red Bonaerense de Personas con VIH/Sida-. Por ahí tenés la posibilidad de ingresar a un puesto en blanco, pero eso implica perder la pensión. Y por más que el sueldo que te ofrecen sea mucho mejor, la pensión es lo que te garantiza la continuidad de una obra social. Entonces empezás a pensar que si llegaran a despedirte, te quedarías sin el pan y sin la torta. Sin duda es una de las razones por la que existe tanta precariedad laboral entre nosotros”.

“Es realmente una locura que el propio Estado te condene a trabajar en negro y, de alguna forma también, a vivir en la pobreza. Porque lo cierto es que nadie puede arreglárselas con los 900 pesos de la pensión. Para eso que nos suban la pensión o, mejor todavía, que nos den la posibilidad de conservarla pero con un trabajo digno”, dice Diego Thill, quien subsiste prestando servicios de mensajería por su cuenta.

“La medicina ha avanzado tanto que hoy podés llegar a viejo con esta enfermedad si te cuidas -dice Osvaldo-. Pero cuidarte no pasa sólo por tomar la medicación, también tenés que alimentarte bien, cumplir con los controles médicos y mantener el ánimo arriba... todas cosas bastante difíciles de lograr cuando pasan los años y seguís sin conseguir trabajo”.

Fuente: El Día