El asesinato de Tomás Dameno en Lincoln no pudo evitarse. Si todas las pruebas concluyen que el asesino fue su ex padrastro, Adalberto Cuello, estamos en presencia de un crimen intrafamiliar casi imposible de prevenir.
No se trataría de un caso de inseguridad típico sino más bien de una venganza perpetrada por un psicópata que odiaba a su ex mujer y también a Tomás, el hijo de ella.
Si bien el final fue el mismo hay diferencias para destacar en relación al caso Candela. Esta vez, se habló poco, se especuló todo. Las autoridades dijeron poco o casi nada; los papás del nene no hablaron y el fiscal fue prudente. Está claro ahora que, desde el arranque, Adalberto Cuello, el ex padrastro del nene estaba bajo sospecha. No lo anunciaron, no lo difundieron.
Al propio Cuello lo dejaron caminar como si nada, hasta le hicieron creer que colaboraba con la causa, y al final, lo capturaron adentro de un patrullero cuando en teoría colaboraba con diligencias policiales.
La historia que se cuenta entre Tomás, su mamá Susana y Cuello es de horror puro. La mamá relató que Cuello le juró venganza desde que se separaron. “Te voy a pegar donde más te dueleâ€, le habría dicho él a ella.
También se dijo que tras la ruptura de pareja, Cuello le mandó a la mamá de Tomás, todos sus objetos de valor destrozados. “Despechado, Cuello le mandó a la mamá de Tomás el osito de peluche preferido y sus fotos destruidasâ€, contó una fuente con acceso al expediente.
Así las cosas, a pesar de la rápida denuncia de la mamá, a pesar del rápido alerta general, a pesar del rápido hallazgo del cuerpo, a pesar de la rápida detención del acusado, el crimen no pudo evitarse. Es cierto, difícilmente haya podido evitarse, pero el final duele muchísimo igual. Perturba de sólo pensarlo.
