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Un gigante al que nada le hace sombra

La historia del ombú más célebre del paisaje urbano olavarriense, ubicado en el frente de la casa de la familia Alessio, sobre la avenida Del Valle.

Imponente, siempre solitario en medio de la inmensa llanura, el ombú es el símbolo de una región que nunca tuvo árboles hasta la llegada del colonizador y sin embargo no es tan sencillo encontrarlo en el paisaje pampeano, mucho menos en las ciudades que fueron apareciendo desde mediados del siglo XIX. 

Su silueta ha enriquecido el lienzo de los más célebres pintores costumbristas de esta parte del mundo, están en tantos y tantos almanaques de Molina Campos, la escuela lo ha presentado (tal vez se lo siga presentado) como parte indisoluble de una identidad cultural y no es para nada extraño sospechar que algunos olavarrienses no han visto un ombú en sus vidas o su imponencia les ha resultado inadvertida.

 

Es enorme, su sombra es generosa como la que más. Tiene el tronco grueso, llega a medir hasta 15 metros, sus hojas pueden alcanzar unos 20 centímetros, esconde su edad porque al no ser un árbol sino una hierba no posee anillos de crecimiento leñoso y por su alto contenido de agua ni el fuego puede con él.

 

Esta maravilla de la botánica, ícono de la Pampa Húmeda, regala una vista bellísima en la avenida Del Valle al 3800. Para los que nunca vieron, o pensaron que nunca habían visto un ombú, ese árbol de una base gigantesca, del que salen unos troncos híper generosos que conforman una copa que trepa hacia el cielo varios metros por encima del chalet de la familia Alessio, es un ombú. 

 

Eva, la dueña de casa, atiende el timbre y no da crédito ante la propuesta de hablar de su ombú. Luego de la sorpresa reconoce que hacía rato estaba con ganas de escribir algo sobre lo que es casi un integrante más de la familia desde hace medio siglo.

 

“Algunos dicen que este ombú estaba antes de que empezáramos a levantar la casa, pero no es cierto. Lo plantó mi marido en 1972 y tengo fotos de cuando estábamos levantando la casa y el ombú no estaba” recuerda con absoluta  precisión.

 

“La idea de poner esta planta fue de mi marido, que se llamaba Benito Alessio, asesorado por el ingeniero Mario Garrone, que fue quien diseñó la casa y nos sugirió la plantación de un montón de especies” cuenta Eva. 

 

“Cuando nosotros vinimos a vivir había dos robles, que deben ser centenarios y después pusimos un poco de todo: árboles, arbustos, florales. Hay un castaño, dos alcanforeros, un gingko biloba, había dos eucaliptos. Algunas flores y arbustos con el tiempo se han marchitado o se han ido secando. El jardín necesita mucho cuidado; a eso lo hacía mi marido y un jardinero que está bastante menos viejo que yo” bromea Eva, con la deliciosa lucidez de sus casi 88 primaveras.

 

Benito tenía obsesión con esa hierba que se roba la imagen del frente desde antes de que se plasmara el plano de la casa sobre una lámina de papel. 

 

“A mi marido siempre le gustó el ombú. Fuimos a un vivero en Buenos Aires, Campana Hermanos que estaba en San Justo mejor dicho, y ahí compramos este ombú, que venía en una lata, no tendría más de 60 centímetros de altura y era como si fueran 4 brotes que después pasaron a ser las ramas principales” recuerda.

 

El frente sin este regalo de la naturaleza no lo imagina. “¿Quién los saca, cómo se puede sacar?” se pregunta. “Es un lindo árbol y los que son gigantes también son los cinco tilos que están en la vereda, que se pusieron cuando la ingeniera Graciela Rosetti estaba a cargo de Parques y Paseos en la Municipalidad. Hizo una campaña antes de la inundación del ‘80 que se llamó ‘Plantemos árboles’ y para las avenidas les correspondieron los tilos, que en los veranos a muchas personas les hace alergia, pero tienen un aroma que a mí me gusta mucho” resalta Eva y acota que “nunca se podaron”. 

 

El paso de los años le lleva a sospechar que “plantamos el ombú en el lugar más inapropiado posible. Nosotros teníamos el riego subterráneo y ahí había una boca de riego. Perdía un poco de agua, así que este ombú tuvo riego permanente, por eso vino como vino”.

 

“Nunca pensamos que se iba a hacer de semejante tamaño y hemos tenido muchos problemas con las raíces; por ejemplo con los caños de agua y los desagües de la cloaca que pasan por debajo del ombú y eso provoca miles de problemas. Cada tanto hay que sacarlos, limpiarlos” se consuela.

 

Su ombú no está verde todo el año, pero está más verde que cualquier otra planta no perenne. “Las hojas son las últimas en caer y las primeras en salir y con las hojas caen unas semillas que son como un racimo de uvas, pegajosas, complicadas” plantea Eva.

 

Y antes de cerrar la charla revela que su hierba asombrosa tiene descendencia: “Hay otro ombú gigante en la cancha de golf de Estudiantes, que es un retoño de este y lo plantó mi marido junto con el ingeniero Giles -que era  muy amigo del ingeniero Garrone- cuando estaba en la comisión de golf”.

 

Se entusiasma Eva cuando habla de las obras de Prilidiano Pueyrredón que tienen como epicentro al ombú, un cuadro llamado ‘Paisaje de la Costa”, otro bautizado “Un alto en el campo”, el “Costa del Río de la Plata” o “Un domingo en los suburbios de San Isidro”, “El alto de San Isidro”, un cuadro pintado en 1865 que forma parte de la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat.

 

Son una invitación a la contemplación, aunque no tanto como pararse frente a este gigante que muchos al pasar se han preguntado de qué se trata y es nada menos que una síntesis de la identidad pampeana.

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