Cristian Darío Iturralde tiene 26 años, convive con Araceli y es papá de Santiago, de 5. El destino le puso un obstáculo demasiado duro y entendió tras una larga pelea que la vida realmente es el tesoro más valioso que tiene una persona.
De aquella madrugada del 28 de diciembre de 2007 cuando un automóvil lo arrolló en Sarmiento y Circunvalación (regresaba de trabajar en Cerro Negro) hasta hoy, Cristian aprendió que “hay que disfrutar la vida” y asegura que no guarda rencores por lo que pasó.
Los primeros días en el Hospital Municipal fueron decisivos para su salud, luego lo trasladaron a la clínica Bazterrica aún con riesgo de vida y allí pasó más de siete meses. Tenía desplazamiento de pelvis, quebraduras, lesiones internas que lo pusieron al borde de la muerte.
Ocho meses más tarde se siente más vivo que nunca, está en familia, mima a su hijo, casi como algo natural dice que ya tuvo “15 operaciones” y que todavía queda la de los codos. Pero a esta altura no anda con vueltas: “tengo más coraje”, desafía.
“Me desperté un día en el Hospital y casi no entendía nada, pero nunca tuve miedo, de verdad (“salvo cuando lo trasladaron en avión”, lo deschaba su mujer)”, asegura con los ojos bien abiertos y enseguida acota: “eso sí, el primer día que estuve lúcido miré para abajo, era para ver si tenía las dos piernas”.
Cuenta que su familia le fue escribiendo un diario “día por día de todo lo que pasé” y cree que ese accidente que lindó lo fatal fue por “una negligencia de todas las que ocurren a diario en la ciudad”.
Y sabe bien que hoy habla como un sobreviviente del tránsito: “en la ciudad se maneja muy mal, no se respetan las señales ni a la gente”.
No quiere que pase inadvertido que “en Olavarría me salvaron la vida, los médicos y los enfermeros”.
Es que fue aquí donde la mano de los doctores actuó sin margen de error. Encima eran días en los que el tomógrafo no funcionaba y hubo que arriesgar más de la cuenta.
“Fue difícil soportar los tutores de la pelvis hasta que dieron con la dosis de morfina, llegaron a inyectarme ocho ampollas”.
“Es cierto lo que dicen muchos, el apoyo familiar es fundamental, sería imposible de otra manera, es así. Por ahí te bajoneás pero hay que ir para adelante. La familia, los afectos, es todo”, reconoce.
A los tres meses le sacaron los tutores (los fierros para fijar la pelvis). Cuando llegó a Buenos Aires un traumatólogo “me dijo de una que iba a estar dos años para volver a caminar y lo que no iba a poder hacer más, me lo dijo todo y quedé solo”. Fue a un mes del accidente y el momento más duro para Cristian.
Ahora cuenta con orgullo que en menos de un año volvió a Olavarría, “voy a caminar y tengo que seguir la rehabilitación, pero estoy en mi casa con los que quiero. Los que me vieron hasta ahora no lo pueden creer”.
Pero éste es otro Cristian: “el de antes pensaba otra cosa, que tenía que trabajar todo el día para vivir, eso y nada más. Lo que me pasó me hizo cambiar y es bueno compartirlo con la gente, hay otras cosas que la vida misma a veces no nos deja ver”.
Asegura: “no tengo rencor ni tampoco tendría problema para conocer a la persona que me atropelló”.
El próximo domingo a las 9:00 ofrecerán una misa de agradecimiento en la capilla del Hospital, donde siguieron rezando por Cristian cuando lo trasladaron a Buenos Aires. Para él “es como el cierre de un capítulo y ahora queda la rehabilitación acá”.
El último mensaje y los agradecimientos quedan para el final.
“La vida vale, hay que conducir con conciencia y tener fuerza para salir de las malas.
“No tengo palabras de agradecimiento para todos los médicos y enfermeros del Hospital Municipal, acá me salvaron la vida.
“El otro día me aparecí en el Hospital, una doctora no lo podía creer, ahí estaba yo”.
