Marcela Guerci / Antropóloga egresada de la Unicén (*)
Cuando Colón llegó a este continente originó varios nombres. Se llamó Indias Occidentales al territorio, que luego pasó a denominarse América, indios a sus habitantes autóctonos y proceso de colonización a la instalación de los europeos en el resto del planeta desde ese momento hasta fines del siglo XIX.
Hace pocos días encontré escrita en un pizarrón de escuela esta aparente descripción inofensiva y neutral sobre lo que nombra.: “¿Quiénes habitaban originalmente el continente americano? Los indios. Algunos cazaban y pescaban. Otros recolectaban. Otros eran agricultores. Otros vivían en casas de piedra”.
Consideré oportuno llamar la atención sobre las cargas discriminatorias que el texto contenía y me encontré con que, a pesar del trabajo sistemático de rectificación y reparación que organizaciones y profesionales llevamos a cabo durante más de una década, los docentes en general viven encapsulados en el tiempo y en la autoridad discursiva de los manuales.
Y se aferran a que el indio está bien nombrado, que es pasado y que en todo caso se puede reemplazar por los sucedáneos ‘indígenas o aborígenesÂ’, como si ambas alternativas no portaran las mismas significaciones descalificadoras y de violencia indirecta.
Los procesos de colonización que expandieron de visiones de mundo europeas hacia el continente americano –y siglos después a todo el mundo- convergieron en la premisa evolucionista de infundir la cultura del conquistador a los grupos étnicos autóctonos de territorios conquistados, llave que permitía la justificación de la apropiación de todos los recursos existentes, incluidas la tierra y la vida humana.
En el sostenimiento de que su cultura era a todas luces superior a otra cualquiera, los conquistadores y sus descendientes criollos juzgaron oportuno asegurar no sólo el componente étnico europeo -mediante una eugenesia amparada en el genocidio- sino también los modelos estructurales de ultramar para ordenar la realidad –mediante el etnocidio-.
De allí la denominación homogénea de “indios, indígenas y/o aborígenes” para los conquistados en América, Asia, Africa y Oceanía, común denominador que tiene un único punto de origen y de validación universal y que señalan el lugar de inferioridad atribuido a otros no europeos.
Esta demarcación aparece como ‘naturalÂ’, correspondiendo con leyes naturales –y si hace falta, divinas- y garantizando de ipso las jerarquías sociales, representadas en el acceso o no a la tierra y en las demás instauraciones del poder.
Desde aquí, el pacto o contrato para fundar una sociedad soslayará y eliminará a la población autóctona por considerarla ‘simpleÂ’ o falta de desarrollo intelectual, ‘atrasadaÂ’ o carente de respuestas superadoras para responder a los condicionamientos del medio, ‘instintivaÂ’ o inmersa en estímulos y reacciones biológicos, ‘salvajeÂ’ o imposible de ser domesticada/educada, ‘belicosaÂ’ o portadora de agresividad inmanente, ‘bárbaraÂ’ o ignorante de la religión verdadera, ‘promiscuaÂ’ o librada a la reproducción sexual sin tabúes y ‘haraganaÂ’ o no dispuesta a producir bienes; es decir, desprovista de civilización, principio sine qua non en la estructuración de un orden.
Esto la deja afuera –sin apelaciones de su parte- de la elaboración y de la toma de decisiones sobre su futuro.
El dominio, así planteado taxativamente, impulsa todas las políticas puestas en marcha por los gobiernos coloniales y postcoloniales, desarraigando lo propio de las etnias originales y estableciendo lo propugnado por Occidente.
Sin embargo, la descalificación y la marginación de los grupos originarios son claves en las estrategias de construcción del poder.
En la medida que se enuncia lo ‘incorrectoÂ’, ‘anormalÂ’ o no deseado, se afirma lo ‘correctoÂ’, ‘normalÂ’ o deseado. La existencia de un contraste dialéctico –supuesto de hecho, objetivo- permite la legitimación de un orden que, sin su opuesto, debería explicarse a sí mismo y validarse por lo que es, exponiendo sus propias dimensiones contradictorias o desventajosas.
Aproximándonos a los estudios de la lógica, una de las estrategias para asignar valor absoluto de credibilidad a una posición discutible es lo que se denomina falacia ad hominem, por la cual el argumentador construye primero un oponente (aquél con quien confronta) y luego no refuta las ideas que éste afirma, sino que ataca a su persona o a cuestiones personales no relacionadas con el tema de debate; un ejemplo claro sería: “¡qué va a hablar éste de marxismo si es cura!”.
Sumada a otra falacia, la de la falsa generalización, en donde las características o propiedades aisladas o individuales se trasladan a la totalidad (“todos los hombres/indios son iguales”), opera para que la población autóctona sea estigmatizada, demonizada y excluida de la ‘verdaderaÂ’ sociedad.
Por ello no existen los mapuche reclamando históricamente por sus tierras y por no ser contaminados por las aguas cloacales de magníficos hoteles cinco estrellas en Calafate, no existen los collas desarraigados de la precordillera andina que padecen los efectos letales de las minas de oro explotadas por extranjeros, no existen los wichi ni los tobas diezmados por el desmonte y las progresistas y útiles plantaciones de soja, no hay guaraníes desalojados por las represas y esclavizados en las plantaciones de tabaco.
En todo caso, nos han dejado algunas guardas y símbolos para reproducir en cacharros de cerámica para el comercio de artesanías. Ellos no son personas, sólo manchas que afean el paisaje de una Argentina turística y abierta, eso sí, al primer mundo.
(*) Licenciada en Antropología Social. Docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional del Centro. Integrante del Proincom (Programa de Investigaciones en Comunicación). Doctoranda en Historia. Coautora del libro “El Cantón Tapalqué Viejo. Contextos, recursos y explotación de una tierra sin escrituras”.
