“La vida sin amigos no tiene sentido de ser vivida”

Por Redacción

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Fotos y texto: Daniel Lovano

Ricardo Giles puede dar fe aquellos años cuando los pumas no eran Los Pumas, pero actuaban con la nobleza y el corazón que caracteriza a la selección argentina de rugby. Desde su puesto de apertura en Pucará fue figura la década del 40 y seguramente puso uno de los primeros eslabones en el genoma que después se transmitió a los Otaño, los Pichot, los Porta, los Hernández, los Travaglini, y tanto que hicieron historia con la camiseta celeste y blanca a raya horizontales.

Don Ricardo es un prócer viviente del rugby argentino, y este sábado al mediodía recibió el merecido reconocimiento del bautismo con su nombre para la cancha central del Parque Carlos Guerrero. Ese hombre pequeño, con la fragilidad de sus noventa, pero con la picardía de un adolescente, conformó con su entrañable compañero y amigo Guillermo Erhman una de las mejores parejas de centros que tuvo la selección argentina.



Emocionado, después de la ceremonia y antes del asado, reconoció que “era algo que no esperaba. Nunca imaginé que iba a tener esta distinción de la gente de Estudiantes; fue una verdadera sorpresa cuando me hablaron algo de lo que iba a pasar. La ceremonia me emocionó bastante, a mí, que he hecho un culto de la amistad”.

Para el acto estuvieron sus amigos de Pucará, con quienes había compartido la cena del viernes. “Les decía a mis amigos que vinieron de Buenos Aires que sin la amistad, sin amigos, la vida no tiene sentido. Para eso mejor no haberla vivido, y en ese sentido contar en este acto con ellos fue algo muy importante para mí” confesó.

El paso inexorable del tiempo lo pone ante una encrucijada cada vez que piensa comunicarse con algunos de los que compartieron la ovalada. “Me he mantenido permanentemente en contacto, unido a través del teléfono, pero cuando pasa un largo tiempo sin saber nada de ellos tengo miedo de llamarlos; tengo miedo de que sea uno más que haya pasado a ser uno menos. Cuando llamo a alguno trato de hablar antes con algún otro que lo haya visto anteriormente. Jorge Culotta es mi informante, de las vivencias y de las borradas”.

Los amigos y su espíritu inquieto los llevaron al rugby. “Cuando era chico jugaba a todo. Hice todos los deportes; a esa edad jugábamos hasta para ver quién escupía más lejos; la cuestión era jugar a algo y ganar. Me destaqué en varios deportes, que aprendí mirando. Era lindo copiar. Si fuera joven me encantaría verlo jugar a Messi y copiarlo, para en algo parecerme a él. Es un tocado por la varita mágica de Dios” subrayó.

Don Ricardo adora a Messi, y lo ubica en las antípodas de Maradona, en un momento de la charla que derivó en el rescate de su filosofía acerca del juego: “Messi, además de ser un fuera de serie, es un chico encantador. Maradona fue un extraordinario jugador de fútbol, lástima que sea tan poca persona; no se merece que Dios le haya dado ese don para jugar al fútbol. Pongo la televisión y busco hasta que encuentro a Messi y al Barcelona”.

“Si fuera árbitro echaría a esos jugadores que los soplan, se tiran al suelo y dan ocho vueltas, o se quedan tirados un largo rato, no los tolero. Yo no jugaría con gente como esa. Jamás me abracé con un compañero después de una conquista, y tengo la convicción de que lamentablemente hoy no se está jugando con el verdadero espíritu del rugby, que pone la amistad por encima de todo. Ya me falta ver que un jugador se tire y haga teatro dentro de una cancha” se quejó.

Con su amigo Ehrman estuvieron en la tapa de El Gráfico en el año 1949. Pedida una comparación entre aquel momento y este reconocimiento en el Parque Carlos Guerrero, lo primero que dijo fue que son dos cosas distintas. “En ese tiempo no le di la importancia que ahora le doy a esta tapa de El Gráfico. Ahora no creo que pase un día sin que la mire. Ese día fui a almorzar a mi casa paterna, y mi padre no sólo había comprado El Gráfico, sino que ya lo había enmarcado” recordó.



Dejó entre 1953 y 1954 y desde ese momento sólo volvió a jugar una vez al rugby. “Les contaba a los muchachos que después de mi retiro, al año, jugué un partido en la tercera de veteranos; era una división que le llamaban ‘la tercera de carne y vino’, porque el partido era una anécdota, motivado por el chupe y el asado (risas). Jugué con un compañero de equipo, y cuando intenté hacer una jugada que me hizo muy conocido en el ambiente del rugby, sentí un dolor en la cintura; quedé casi parado. Me dolía todo, no sé cómo terminé ese partido, y nunca más entre a una cancha de rugby”.

Llegó a Olavarría el 1de septiembre de 1959 y participó en el origen del rugby de Estudiantes. “Apareció acá un gordo, Zaforini se llamaba, que venía y se comía el mundo. Era viajante y nos impulsaba a tener rugby en Olavarría. Reconozco que mucha confianza no le tenía, pero tuvo el mérito de haber metido el bichito del rugby en Estudiantes y empujó a un grupo que tenía ganas de empezar y no sabía cómo” relató.

Con sus amigos de antaño y toda la gente del rugby de Estudiantes en ronda, siguiendo con una atención casi reverencial las palabras del viejo maestro, la charla se cerró con una anécdota que le une al más grande jugador de rugby argentino de todos los tiempos: “Tengo una camiseta que me regaló Hugo Porta después de un partido con Francia, cuando hizo todos los puntos. Esa tarde se rompían las camisetas de Los Pumas y nadie sabía explicar por qué; después se supo que cuando les pusieron los números en caliente se pasaron con la temperatura. Bueno… lo concreto es que fui al vestuario y Porta me regaló la suya, rota y toda. Encontré una modista acá que hizo una maravilla; ni yo encuentro donde la zurció y ahí está, con el mismo barro de aquella tarde, como jugó ese día”.