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Tomando el Camino de los Pueblos, pasando los solares del Regimiento, atravesando la vía que bordea a la histórica Estancia La Magda y bordeando el Autódromo Sudamericano –que hospeda competencias automovilísticas de turismo carretera y otras categorías de primer nivel- se llega a la apacible localidad de Sierra Chica. Famoso por ser el asentamiento de una de las prisiones más antiguas del país, este pueblo es mucho más bello de lo que su actividad penitenciaria permitiría suponer.
Antiguo edificio de la delegación municipal. En la actualidad se lo está acondicionando para trasladar el Museo de la Piedra.
Región pacificada luego de 1855, año en el que se produjo la batalla homónima entre los pueblos originarios comandados por el cacique Catriel y los blancos de Mitre, Sierra Chica comenzó a ser conocida en la segunda mitad del siglo XIX por sus yacimientos de piedra. Lo particular de esta localidad es que no se trata de cualquier piedra: es granito (básicamente negro y colorado) y se brinda generosamente a ras del terreno.
Lago de cantera en Sierra Chica. En la foto se pueden apreciar las paredes del granito colorado que abunda en la región.
Pero la piedra, por más buena que sea, necesita de quien la sepa extraer y moldear para que pueda ser utilizada. Ello motivó el viaje –en 1876- de una familia desde el norte de Italia hasta el centro de la Pampa Húmeda, hasta esas sierras que parecían prometer algo. Ese año llegaron los Gregorini, en 1881 se descubren los primeros yacimientos de granito y en 1882 se funda el pueblo. La llegada de estos lombardos y el descubrimiento del granito inauguraron la industria minera de la región. La familia Gregorini propició el arribo de más inmigrantes italianos iniciando un oficio novedoso en la zona: el del picapedrero. El duro granito, destinado a adoquinar las ciudades más importantes de un país cada vez más urbano, necesitaba ser trabajado. Así se conformó una de las primeras comunidades mineras de la provincia de Buenos Aires.
Vista de la vieja casona Gregorini. Enteramente construida en piedra, se constituye en vestigio del pasado minero del pueblo por haber sido el hogar de la primera familia que -desde la Lombardía italiana- llegó al lugar para iniciar la explotación de la piedra.
Frente a la casona aún se encuentran restos de las primeras casas de los picapedreros, aquellos trabajadores que moldeaban el granito al golpe de grandes martillos llamados “marrones”.
Como vestigios de ese pasado picapedrero, Sierra Chica exhibe las ruinas de las casas de los primeros trabajadores que moldeaban la piedra al golpe del marrón; la vieja mansión Gregorini, construida íntegramente en piedra; y esa joyita arquitectónica que conforma la Iglesia de Santa Lucía. Levantada en 1932 a unos 200 metros sobre el nivel de mar, la capilla es de estilo neobarroco colonial. En ella, todos los meses de diciembre se realiza la procesión -que como parte de las fiestas patronales de Santa Lucía- agradece a la santa su protección a la vista de los picapedreros de las esquirlas de la piedra.
La Capilla de Santa Lucía, propiedad de la familia Gregorini, se abre todos los meses de diciembre para las fiestas patronales de la santa protectora de la vista de los picapedreros.
En la actualidad la actividad minera de Sierra Chica continúa. La producción de adoquines y cordones cuneta fue reemplazada por otro de los usos del granito. Es que una vez pulido, el granito se convierte en el mármol que ornamenta desde las escaleras de catedrales, como la de La Plata, a las mesadas de las cocina de cualquiera de nuestras casas. Completan el paisaje de este pueblo los lagos de cantera y el Parque La Hormiga, un espacio verde recuperado de la actividad minera en el que se destaca una formación rocosa granítica que se parece al cuerpo gigante de una hormiga. Si yo fuera usted y estuviese visitando Olavarría, pediría que me lleven a Sierra Chica. Vale la pena.
Formación granítica conocida como “La Hormiga” en el parque público que lleva el mismo nombre.