“Pochito” Urban: “Teníamos una empresa familiar y eso se está destruyendo”

“Pochito” Urban: “Teníamos una empresa familiar y eso se está destruyendo”

Tres décadas de labor ininterrumpido, una iniciativa que surgió por las vueltas de la vida y que lo remontó a ser el personaje reconocido y querido del pueblo. Hoy todo eso se encuentra casi pendiendo de un hilo. “Toqué fondo”, reconoció.

Es testigo y partícipe activo del crecimiento del pueblo, al punto que una de las paredes de su bloquera anuncia el ingreso a Sierra Chica y le da la bienvenida al ocasional pasajero. La historia de su vida tiene todos los ribetes, con todos los requisitos y matices para retratarlos en una obra. Desde aquel que “cirujeaba” en el cerro Luciano Fortabat hasta aquel que prácticamente frenaba la rotonda de Vezza D´Oglio y Legorburu debido a la carga constante de camiones. Hoy todo eso parece lejano, más lejano aún si se toma en cuenta su presente.

 

Infoeme dialogó a solas con Juan Carlos Urban, más conocido como “pochito”, quien relató una realidad, como mínimo, desconocida y es la que lo ubica en las puertas de no saber cómo seguir adelante con su tradicional empresa dedicada a la venta y fabricación de bloques para la construcción. “Estoy complicado, toqué fondo”, se sinceró.

 

Estoy trabajando hasta con un brazo menos, ¿mañana qué?

 

“Después de 30 años, te diría que estoy como empecé”, inició su relato desde la parte trasera del local. A sus espaldas una imagen de Helios Eseverri decora una de las paredes. “Era un capo el viejo”, soltó. “Que dios lo tenga en la gloria”, dijo más de una vez, mientras pedía que le dé una mano, pero ahora desde el más allá.

 

Fue precisamente el fallecido ex intendente quien lo ayudó en varias ocasiones. Primero con micro emprendimientos y luego con terrenos en Sierra Chica, que posteriormente comenzaría a vestir más y más viviendas que fueron levantadas con los bloques de “Pochito”.

 

El inicio del emprendimiento también tiene todos los condimentos, al punto de que su primera máquina para hacer bloques fue un acuerdo mano a mano por un centro musical que le había regalado a su mujer. Pero la ocasión del encuentro fue otra y es más urgente.

 

 

 

“El brazo o el negocio”

Sin dudas uno de los puntos que hizo reconocida la bloquera era ver cómo trabajaban en ella todos los integrantes de la familia, sin importar sexo o edad. Todos sus hijos y parejas trabajaron allí, por ello recuerda con cierta nostalgia que hubo una época en la que eran 14 los que allí trabajaban juntos y los bloques se contaban por miles y miles.

 

Hoy una montañita de arena de unos pocos centímetros sobre la esquina es la imagen cabal de su presente. En la vereda de en frente solo hay unos ladrillos y próximamente tendrá un cartel de venta. “Tengo que vender algo, ese es el objetivo”, relató mientras daba cuenta que la misma suerte correrá un auto.

 

“La semana pasada le dije a la última de mis hijas que no venga más. Le dije, hija papá hasta acá llegó. Me vino casi 30 lucas de luz el bimestre pasado, este me vino igual pero con la bloquera parada. No tengo arena, no tengo cemento”, continuó. “Este es un rubro en el que sabes si a la gente le va bien, si el país está funcionando, el tipo que le sobra el manguito viene”, completó.

 

Para colmo de males, uno de sus brazos dijo basta. Estremece ver la forma en la que se retuerce su brazo derecho antes de llegar al codo. Sin embargo, afirma que no puede parar. Gestiones realizadas por el propio intendente Ezequiel Galli, sobre quien se despachó en elogios en cuanto a la calidad “humana”, le habían facilitado los trámites para la intervención quirúrgica, pero decidió frenar todo para no tener que cerrar, así sea por unos pocos días, su comercio.

 

Fue en 2010 cuando protagonizó un accidente que le ocasionó severas lesiones, entre ellas una fractura en ese brazo que aún hoy exhibe clavos y prótesis. Ahora todo se agudizó aún más. “Vos tenés que palear arena todos los días, y allá se fue a parar el brazo”, narró. “Se sabía que iba a pasar”, asumió.

 

 

“Estoy perdiendo la dignidad”

 

“Lo más doloroso para mí es que estoy perdiendo la dignidad, lo que recuperé hace 30 años cuando el viejo Eseverri me dio la dignidad de pasar de ser cartonero y botellero a darme un microemprendimiento. Ahora lo estoy perdiendo, no es porque me estoy fundiendo, porque todos nos podemos fundir en la vida, es porque tuve que echar a mis hijos”, soltó y su cara cambió. Sus ojos lo delataron y fue el pucho el salvavidas que encontró para cortar el diálogo por algunos segundos.

 

“Esto me lo ayudaron a formar mis hijos, y tuve que decirles a mi hijo “lo siento papá hasta acá llegó”. Te sentís una mierda en el sentido que ellos te ayudaron a formar esto. Todos los hijos que tengo laburaron acá, para qué valió la pena tanto sacrificio”, continuó.

 

“Teníamos una empresa familiar y se está destruyendo, tal es así que lo que se está destruyendo también son los asados del fin de semana, cada cual tiene su trabajo, su familia, quedó recelo de tener que decirle hijo no vengas más. El domingo ya no es lo mismo, hermano. No es así, para un tipo que está en los 60, no podes entrar a la recta final así”, siguió y las quejas y lamentos caen igual o más fuerte que la lluvia que acompañó el encuentro.  

 

 

“Vender algo, no tengo otro objetivo”, enfatizó cuando se le preguntó acerca de cómo sigue todo ahora, buscando correrlo un poco del lugar donde se había depositado la conversación por varios minutos. El proyecto de ampliación quedó trunco, es más, ahora se viene el proceso inverso. No sólo es la venta del terreno de la esquina de en frente, sino que hace unas semanas perdió otra porción de tierra de manera inesperada, cuando alguien llegó con la documentación que acreditaba esa propiedad.

 

“Me estoy fundiendo laburando”, finalizó. Tal es así que a la par de la bloquera, ahora le quiere sumar una casa de comidas, y ver si así puede revertir la situación.

 

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