Un libro reconstruirá el reencuentro entre Estela e Ignacio

Los periodistas María Seoane y Roberto Caballero relatan en su libro la historia de Ignacio Montoya Carlotto y el encuentro con su abuela.

Aquí un adelanto del texto:

Vive en un lugar donde los satélites se pierden. Son tantas las calles y avenidas que llevan el nombre Fortabat en la ciudad de Olavarría que el GPS enloquece. El barrio Loma Negra queda en las afueras, a unos veinte minutos en auto desde el centro. La empresa cementera omnipresente se deja ver desde la ruta 51 como única referencia. Por suerte unos brazos se agitan a lo lejos. Las facciones se van volviendo reconocibles. No cabe duda. Es el hijo de Laura Carlotto y de Walmir "Puño" Montoya.

Es El Nieto de Estela.

Sabe que ella es la condición humana misma. Su larga marcha hasta él es la de todas las abuelas que buscan a sus nietos para nombrarlos. Siente que La Abuela es un ser universal que le pertenece a la vastedad doliente del mundo. Y que allí donde haya un derecho a la identidad violada, Estela será invocada como el nombre propio de la memoria.

Desde que recuperó su identidad, Ignacio Montoya Carlotto, el Guido de su abuela, sabe definitivamente cuál es su origen y quién es, pero todavía está aprendiendo a reconocerse en un espejo que hace pocos meses no existía en su imaginación. La suya era una vida apacible, la de un músico y profesor de piano bonaerense, cuando la confirmación del ADN y su lazo filial con la titular de Abuelas de Plaza de Mayo le alteró buena parte de las referencias con las que se ubicaba en el ancho mundo. La certeza de la tragedia que vivió su familia a manos del terrorismo de Estado, y la felicidad por el reencuentro con los otros sobrevivientes, le llegaron juntas. El duelo y la fiesta no suelen ir de la mano. Esta vez, sin embargo, las paralelas del dolor y la alegría se cruzaron en un instante. Y ya nada fue igual. Desde entonces, El Nieto vive a los saltos.

Al día siguiente de la conferencia de prensa que conmovió al país entero, entró en el despacho que la presidenta Cristina Kirchner tiene en la Quinta de Olivos. Dice que se sorprendió porque ella lo abrazó apenas atravesó la puerta y se pusieron a lagrimear juntos. Los presidentes son personajes catódicos. Se los aprende a ver por televisión. No se los toca demasiado, en realidad, no se los toca nunca, porque cuando eso ocurre pueden temblar, como temblaba Cristina aquella tarde del abrazo. Completaban la escena Estela, su pareja Celeste y su banda de amigos de toda la vida: Esteban, Valentín, Ingrid y Paula. Después se sumaron Máximo Kirchner, líder de La Cámpora, el diputado Andrés Larroque y el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini. En una hora y media, la Presidenta le relató la vida de sus padres, Puño y Laura, la historia de los Ardura, y la de los Montoya.

El Nieto volvió a ver a la Presidenta un día después del cumpleaños de Estela. Estaba haciendo un raid por radios y canales promocionando un recital de su orquesta en el teatro ND Ateneo, cuando sonó el teléfono. El llamado era de Olivos. Suspendió todo. Llegó a la Quinta con su abuela, su prima Sabrina, el marido y el hijo de ella. Cristina aprovechó para entregarle el legajo policial de Puño y el expediente de YPF de su abuelo. El secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda, le habló de reparación. Estela le preguntó a Cristina por qué no había ido al festejo de las Abuelas en el Teatro Argentino de La Plata. La Presidenta le respondió que ese lugar le recordaba mucho a Néstor y la entristecía. Que no lo tomara a mal, le pidió. Estela terminó consolándola. Para Ignacio, fue una postal de familia. De madre e hija. La Presidenta tiene un parecido a Laura. El pelo. La edad. La manera de hablar. En determinado momento, también la vio a Cristina, muy cansada, diciendo: "Ya está, yo hice todo lo que tenía que hacer. Dejé a mi marido en esto".

"¿Qué hago acá?", se preguntó él. En menos de una semana, había pasado de profesor de piano a nieto de Estela de Carlotto. Del barrio Loma Negra a la Quinta de Olivos. De sus clases y alumnos a charlas íntimas y humanas con la Presidenta de la Nación.

El lunes intentó volver al conservatorio. Nadie hablaba de música. El tema era él. Pensaba en cómo retornar a la normalidad cuando Estela lo llamó. Era para decirle que Rafael Correa, el presidente de Ecuador, contento por la noticia del hallazgo, los invitaba a conocer Galápagos. Y él, que quería estar con su abuela para recuperar el tiempo robado, comprendió aquel día que su abuela no es una abuela común, de las que hacen tortas y van al club de jubilados. Ella es una abuela que habla con presidentes. Así fue cómo Ignacio, cuya única salida del país en 36 años había sido a Uruguay, se subió a un avión de línea y aterrizó en Ecuador, de la mano de Estela, como "Guido".

Del presidente Correa lo impactaron su verborragia, lo que sabía de historia argentina y latinoamericana y el respeto con el que habló de Néstor Kirchner. De Estela, la seguridad con la que se maneja ante cualquier situación. No sabrá hacer tucos, pensó, pero se desplaza como una embajadora, con una sonrisa que ilumina todo. Al revés de Atila, por donde ella pasa, todo florece.

Veinte días más tarde, lo invitaron a ver al papa Francisco. No quería ir. El Nieto no es creyente. No le parecía bien gastar dinero en un viaje a Roma. Mejor, que lo donaran a los pobres. Además, no le había gustado la oposición de Bergoglio al matrimonio igualitario. Su abuela fue persuasiva: "Si no querés ir, no vayas. Yo te digo lo que pienso. Te voy a dar mis argumentos...". El objetivo era la apertura de los archivos del Vaticano para seguir buscando nietos apropiados. Iban a viajar todos los Carlotto. Seguirían los festejos por el reencuentro. Pero la finalidad era una. Seguir la lucha, sumar al Papa, lograr que la Iglesia local abriera los libros de bautismo para ayudar a encontrar a los 400 nietos que siguen viviendo en manos de sus captores y en la mentira.

El Nieto terminó cediendo. Era llamado a la acción. Alguna vez había fantaseado con conocer al Papa. Fue cuando tomó la comunión en Colonia San Miguel. Después se le pasó. Pero preparó el viaje hurgando en aquellas sensaciones místicas vividas durante el catecismo.

Luego de aquella conferencia de prensa que dio la vuelta al mundo, uno de los rugbiers uruguayos sobreviviente a la tragedia de los Andes, le regaló un rosario: "Es el que llevaba cuando nos caímos. Quiero que lo tengas vos". Ignacio se lo metió en el bolsillo y agradeció el gesto. Mientras preparaba las valijas con Celeste, recordó que su suegra se lo había pedido como regalo. Como él no tenía intención de conservarlo, se le ocurrió llevar el rosario a Roma para que el Papa lo bendijera. Tres horas después del despegue, cuando sobrevolaban Brasil, el avión se convirtió en una coctelera. La gente gritaba. Celeste le preguntó si había traído el rosario: "Está en la bodega", le respondió él. Se miraron a los ojos, se tomaron las manos. Recién suspiraron cuando llegaron a Italia.

De su sentimiento religioso, subsistía casi nada. Pero quedó cautivado por el estilo austero y simpático del papa Francisco. En un momento, el pontífice salió del salón. Él mismo fue a buscar sillas. Él mismo las acomodó sin el protocolo vaticano.

—Estoy muy contento de que usted esté acá. Para mí, es un grandísimo ejemplo —fue lo primero que le dijo a Estela, mientras le daba un afectuoso beso en la mejilla.

—No, no. Soy solo una abuela que busca, nada más—respondió ella.

—No, no es así.

Enseguida, Francisco comenzó a bajarles línea: "La Iglesia se tiene que acercar a la gente. Nosotros estamos para servir. Esto arrancó así. Esta historia arrancó con un tipo en un pesebre que dio la vida por los demás. ¿Entonces por qué no vamos a hacer lo mismo nosotros? Dos mil años después, hacemos todo al revés".

El Nieto pensó que si un cura le hubiera hablado así, con ese despojo por lo material, cuando tomó la comunión, no se habría alejado del catolicismo. La tercera guerra mundial, las hambrunas, los miedos. La agenda de Francisco podría ser resumida así. Después habló Estela. Fue directa. Le pidió colaboración. El Papa fue expeditivo en su respuesta: "Sí, cuenten conmigo. Nosotros tenemos que hacer lo necesario para que eso pase. Tienen mi apoyo. Todo lo que tengamos nosotros a mano para poder ayudarlas, va a estar a mano".

Ya sobre el final, Francisco tomó de la oreja al Nieto:

—Hay que tener muchos pantalones para hacer lo que vos hiciste.

—No, acá lo hicieron todo las Abuelas —se excusó él.

—Vos también hiciste lo tuyo.

Y comenzó la ronda de regalos. La mayoría, rosarios bendecidos. Ignacio se acordó del que le había dado el rugbier.

Le contó la historia al Papa. También la anécdota de la turbulencia y el susto que pasaron. Francisco le dijo "Uff, dámelo". Francisco no lo bendijo ligeramente. Tomó el rosario, se puso de espaldas, murmuró cosas inaudibles, movió las manos. Fueron largos minutos. Cuando se dio vuelta, le dijo:

—Ya está. Guardalo.

Tenía los ojos negros.

Todavía lo guarda. En su casa y como reliquia. A su suegra le dio otro.

"El nieto", de María Seoane y Roberto Caballero (Sudamericana).

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