Tarde para lamentos

Las tres historias están cruzadas por la ira. Todas terminaron a los tiros. Dos terminaron en muerte, una casi.

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Mauro Szeta, especial para Infoeme

En apenas dos días, las historias de María Verónica Ambertín, la de Lilian Bargas, y la de Julio César Aldecoa, se rozan, se parecen en mucho.

Ambertín fue noticia por reventar a balazos un auto en una cochera de Recoleta. Con su detención, salió a la luz que tenía 27 denuncias de su ex por amenazas, y que la habían echado del barrio San Diego de Moreno por violenta, por haber baleado a 15 vecinos. Nunca la habían detenido, y algo peor, nunca la habían asistido psiquiátricamente, para sacarla del circuito, aunque sea de forma provisoria.

Lilian Bargas, era para los vecinos “la loca del barrio”. La mujer, que se jactaba de ser buzo táctico de la Marina, gendarme y hasta policía secreta, salió una tarde de su casa, se cruzó con la vecina de al lado, Carmen Zorzoli, y la mató de tres balazos. El pretexto: una discusión por los perros.

Después nos enteramos que Bargas “era esquizofrénica” y que hasta su propia hermana le tenía miedo. En este caso, hubo denuncias, para sacarla del circuito a tiempo. Nadie hizo nada. Bargas terminó ejecutando a tiros limpios a una vecina que simplemente cometió un delito gravísimo: “estar ahí”.

En el caso de Aldecoa, la historia es parecida. Fue empleado del municipio de Lobería y lo echaron. Desde que se quedó sin trabajo empezó con las amenazas, y un funcionario municipal, lo terminó mordiendo. Buscó la ocasión ideal, eligió a la presa de su ira, y accionó. A balazos y a hachazos limpios, mató al intendente Hugo Rodríguez y al funcionario Jorge Álvarez. Lo detuvieron, y así evitaron que un pueblo completo lo terminara linchando.

Los tres acusados habían dado señales. Nadie los sacó del circuito a tiempo. Ahora es tarde para lamentos.

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