Quiñihual, el pueblo de un sólo habitante

¿Cómo es vivir en un pueblo que es todo para uno mismo?

No hay un solo cartel en la ruta que indique cómo llegar ni menos dónde está Quiñinual. Sólo nuestra intuición al leer el mapa y la indicación de un puestero en la ruta 76: "No pasen la vía, antes de cruzarla, doblen a la izquierda, y ahí nomás, le pegan derecho", nos advirtió. Eso es lo único que tenemos.

El inmenso y conmovedor cordón serrano de Sierra de la Ventana nos marca el rumbo. Las filosas cimas son abrazadas por pequeños brotes de nubes apenas densas. Bandadas de pájaros surcan el cielo y los medulosos campos se disputan cuál de todos tiene el verde más fuerte. De a ratos, la canola nos ofrece manchas de amarillo y como si fueran promesas de historias maravillosas, algunos caminos rurales se pierden, en secreto, entre las sierras.

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Entonces vemos la vía, doblamos a la izquierda antes de cruzarla y le pegamos derecho: una avenida de tamariscos nos contiene, a los pocos kilómetros comenzamos a ver unos caseríos, una escuela abandonada, los galpones ferroviarios, y la estación, durmiendo en el pasado. Más allá, una esquina centenaria que se levanta como un fuerte, señorial, austero y emotivo: es el almacén de ramos generales.

Después de tanta travesía percibimos lo mismo que debieron sentir los gauchos que llegaban desde varias leguas: tranquilidad. El viento nos lleva hacia la entrada, pero antes echamos una mirada en lontananza a nuestro alrededor, donde mandan la inmensidad y la sensación de estar bajo una tormenta de silencio y soledad; estamos en Quiñihual. Después de tanta travesía percibimos lo mismo que debieron sentir los gauchos que llegaban desde varias leguas: tranquilidad. El viento nos lleva hacia la entrada, pero antes echamos una mirada en lontananza a nuestro alrededor, donde mandan la inmensidad y la sensación de estar bajo una tormenta de silencio y soledad; estamos en Quiñihual.

El almacén está cerrado porque es la hora de la siesta, sagrada. Sólo se oyen nuestros pasos. Golpeamos la puerta y aparece un hombre. Se llama Pedro Meyer y es, aunque cueste creerlo, el único habitante de Quiñihual y dueño del almacén, que también es el último mojón de humanidad de una amplia región serrana donde los hombres se cuentan con los dedos de una mano.

Entramos y las maderas del piso se hunden. El peso de la historia allí es aquí notable. Las estanterías se elevan hasta el techo. Con la elegancia de los tiempos idos, vemos damajuanas al lado de harina, detergente, una imagen de Jesús, libros, una balanza, algún veneno y antiguas remeras del club de Quiñihual, hoy cerrado.

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"Yo crecí en el almacén, de muy chico tuve que ayudarlo a mi padre. Antes acá había cuarenta personas sólo en el mostrador. Había mucho trabajo. El tren traía mucha gente, llegamos a tener seis empleados. Yo hice la primaria acá al lado, así que después de clases, tenía que ayudar", revela Pedro.

El recuerdo de aquellos años de tanto frenesí bolichero le afloja a Pedro las facciones del rostro de anacoreta criollo. Sentado a un costado de la ventana, con la procesión por dentro, empareja la emoción repasando con un viejo trapo el mostrador de su casa, el almacén, que es su pueblo.

"La gente de los campos sabe que tengo pan y vienen. De paso se toman una copa. Yo hago todo solo", cuenta. Un grupo de italianos le ofreció una casa y campos por el almacén, pero les dijo que no; prefirió seguir siendo el único y último habitante de Quiñihual. Su mujer vive en Pigüé y una vez al día Pedro sube una loma, único lugar con señal de teléfono, y habla con su amor. Ande por donde ande, un perro lo sigue; ambos le hacen frente a esta soledad serrana tan compañera. Si hay un lugar en el mundo en donde un hombre es feliz, es aquí, en este pedazo de patria llamado Quiñihual.

Fuente: Por Leandro Vesco / El Federal

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